Los alebrijes que Hollywood encontró en Oaxaca
Dos jóvenes, 150 pesos y un sueño que no cruzó la frontera. De vender sus piezas en el mercado de Oaxaca a crear un taller que llevó el arte zapoteco al mundo.
Ellos tenían planes de emigrar al norte. Ella tenía 17 años y él 21 cuando vendían sus piezas en el mercado de Oaxaca por 150 pesos. Eran jóvenes, tenían pocas certezas y muchas ganas de salir adelante, y como tantos otros oaxaqueños de aquella época pensaron que quizá la única manera de construir una vida mejor estaba del otro lado de la frontera. Pero se quedaron. Y de aquella decisión, que entonces seguramente parecía más una apuesta desesperada que un proyecto de vida, nació el Taller de Jacobo y María Ángeles, una historia que hoy parece de película: aquellos muchachos que alguna vez vendieron sus tallas por 150 pesos terminaron creando un taller que ha dado trabajo a cientos de personas y llevando el arte zapoteco hasta colaboraciones con marcas como Mercedes-Benz.

Yo no sé ustedes, pero cada vez que vuelvo a ver Coco pienso que hay algo profundamente mexicano en eso de creer que los muertos no se van del todo, que siguen sentados a la mesa en nuestras fotografías, que alguien todavía prepara su platillo favorito, que una canción puede traerlos de vuelta y que, por si fuera poco, en algún lugar del camino puede aparecer un animal imposible que parece salido de un sueño, de una pesadilla o de una borrachera particularmente inspirada. Y resulta que algunos de esos seres fantásticos que vimos desfilar por la pantalla no nacieron en una computadora de Pixar, sino mucho antes, entre el copal, la madera, las manos de los artesanos y la imaginación de una familia de San Martín Tilcajete, Oaxaca.
En los Valles Centrales de Oaxaca existe un lugar donde los animales parecen tener permiso para ser todo lo que quieran: águilas que podrían haber salido de un códice, jaguares pintados como si hubieran pasado por un sueño psicodélico, perros, elefantes, monos y criaturas que no sabemos muy bien si pertenecen a este mundo o al otro. Es el taller de Jacobo y María Ángeles, una familia dedicada desde hace décadas a tallar y pintar alebrijes en madera de copal, y fue justamente ahí donde los creadores de Coco encontraron una parte de ese México fantástico que después llevarían al cine.
La historia comenzó en 2012, cuando el equipo de Pixar visitó el taller por primera vez. Y aquí viene una de esas historias que me encantan porque nadie, al menos al principio, parece saber que está viviendo algo importante: los recibieron como reciben a cualquiera que llega a conocer su trabajo, con hospitalidad, conversación y curiosidad, sin imaginar que aquellas visitas terminarían influyendo en una de las películas mexicanas más queridas que ha producido Hollywood. Después regresaron una y otra vez, entre 2013 y 2015, observando, preguntando, aprendiendo y tratando de entender no solamente el Día de Muertos, sino algo mucho más profundo: la manera en que en muchas comunidades mexicanas la vida y la muerte no son necesariamente territorios separados.
Porque los alebrijes de San Martín Tilcajete no son solamente objetos bonitos para poner en una repisa, aunque cualquiera que haya visto uno sabe que pueden ser absolutamente irresistibles. Detrás de ellos existe una tradición relacionada con los tonas y los nahuales, con animales protectores y espirituales vinculados al calendario zapoteco. La tradición cuenta que el tona es el animal protector y el nahual tiene una dimensión espiritual, y que al morir una persona ambos pueden acompañar su tránsito hacia el otro mundo. Es fácil entender entonces por qué aquella idea fascinó a los creadores de Coco: de pronto los alebrijes dejaban de ser simples criaturas coloridas para convertirse en acompañantes, guardianes y puentes entre los vivos y los muertos.
Y ahí aparece Dante, ese xoloitzcuintle medio torpe, medio adorable y completamente mexicano que terminó robándose una buena parte de la película. Jacobo cuenta que Dante nació de una mezcla de sus propios perros: Copal, Frijol y Orejas. Es decir, hasta el perro que acompaña a Miguel tiene una historia familiar. Y quizá eso sea lo más bonito de todo: que detrás de una criatura animada que millones de personas en el mundo reconocen hay perros reales, una casa real, una familia real y una comunidad que durante generaciones ha hecho de la madera una manera de contar quiénes somos.
También está la abuelita Elena, la inolvidable dueña de la chancla, esa arma mexicana de destrucción emocional que ninguna tecnología ha conseguido superar. El personaje estuvo inspirado en Estela Fabián, tía de Jacobo, una mujer que cocina diariamente para los trabajadores del taller y que, mientras prepara la comida, mantiene viva otra parte de la tradición: la de cocinar con productos de la tierra, de la milpa y de la comunidad. Me gusta pensar que mientras Pixar estaba construyendo una historia sobre la memoria, el taller estaba haciendo exactamente lo mismo todos los días, solo que sin cámaras, sin efectos especiales y sin una banda sonora de Hollywood: conservar la memoria a través de las manos, de la comida, de los animales, de las historias y del trabajo.
Y luego está Jacobo, porque si uno ve su fotografía y después mira al papá de Miguel en Coco, resulta difícil no sonreír ante el parecido. Él mismo cuenta que ese personaje está inspirado en él. Y quizá ahí está una de las cosas más entrañables de esta historia: Jacobo no necesitó inventarse para entrar al cine. Ya estaba ahí, con sus bigotes, sus manos de artesano, sus libros, sus pinturas, sus criaturas de colores y toda una vida dedicada a un oficio que aprendió desde niño.
Jacobo pertenece a una tercera generación de artesanos y comenzó a trabajar muy joven, después de que murió su padre cuando él tenía apenas 12 años. Lo que empezó como una manera de ayudar a su familia terminó convirtiéndose en una forma de vida y, con los años, en un proyecto que involucra a María, a sus hijos y a decenas de personas de la comunidad. Porque ésta también es una historia sobre el trabajo, y sobre esa palabra que a veces utilizamos demasiado poco cuando hablamos de arte popular: dignidad.
Hay algo que me conmueve particularmente de los artesanos mexicanos: durante años hemos tenido la costumbre de llamarles “artesanos” como si eso significara automáticamente que su trabajo es menor que el de un artista. Como si una persona que aprende a tallar la madera, a mezclar pigmentos, a reconocer las formas de un animal y a convertir un pedazo de copal en una criatura fantástica necesitara que alguien de fuera llegara a ponerle una etiqueta elegante para que nosotros entendiéramos su valor. Jacobo fue reconocido por instituciones internacionales y por Fomento Cultural Banamex, y sus piezas han aparecido en libros y exposiciones, pero probablemente el reconocimiento más inesperado llegó cuando millones de personas comenzaron a mirar esos seres que durante décadas habían salido de las manos de su comunidad.
Coco ganó el Óscar a Mejor Película Animada y a Mejor Canción Original, y llevó a millones de espectadores a mirar hacia México. Pero lo verdaderamente interesante, al menos para mí, no es que Pixar haya descubierto los alebrijes, sino que una película consiguió que muchísima gente que jamás había escuchado hablar de San Martín Tilcajete quisiera saber dónde estaba Oaxaca, qué era un xoloitzcuintle, por qué ponemos ofrendas a nuestros muertos y de dónde vienen esas criaturas imposibles que acompañan a Miguel en su viaje.
Jacobo lo resumió de una manera que me parece preciosa: Coco “ha dado una forma digna de ver al mexicano”. Y quizá esa sea la parte que más deberíamos quedarnos pensando, porque no se trata solamente de que una película extranjera haya utilizado elementos de nuestra cultura; se trata de que, por una vez, México apareció en la pantalla sin tener que ser explicado desde la violencia, la pobreza o el folclor de postal. Apareció con música, con humor, con familia, con muerte, con comida, con memoria, con contradicciones y con una imaginación desbordada que, por cierto, nosotros ya conocíamos.
Hay una escena que me habría gustado ver más allá de la película: esos años en los que los artistas de Pixar caminaban por el taller, miraban cómo se tallaba el copal, preguntaban por los animales, escuchaban las historias y seguramente descubrían que detrás de cada figura había mucho más que pintura. Porque así funcionan las verdaderas tradiciones: no se pueden aprender solamente leyendo un libro ni copiando una forma. Hay que sentarse, mirar, escuchar y dejar que alguien te cuente por qué ese animal está ahí.
Y al final, cuando uno sale del taller de Jacobo y María Ángeles, existe un ritual que me parece casi más poderoso que cualquier alebrije. Jacobo ofrece una bendición para quien se lleva una pieza: que el sol ilumine, que el viento guíe y que el agua y la tierra den lo necesario para que, dondequiera que uno vaya, el espíritu y el cuerpo permanezcan juntos y no sean atormentados por los miedos, las angustias o las envidias.
Qué cosa tan mexicana, pienso. Porque al final quizá eso es lo que hacemos con los objetos que amamos: les pedimos que nos acompañen.
Y quizá por eso Coco nos tocó tanto. Porque nos recordó algo que sabemos desde niños pero que se nos olvida cuando crecemos: que la memoria también necesita objetos, canciones, fotografías, olores, recetas y criaturas imposibles para mantenerse viva. Y que mientras nosotros pensábamos que los alebrijes eran parte de una película, en San Martín Tilcajete había familias que llevaban generaciones inventándolos, tallándolos y pintándolos, mucho antes de que Miguel cruzara al otro lado.
A veces Hollywood no inventa nada. A veces solamente llega tarde a una historia que México lleva siglos contando.


















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