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La herida del muro México-EUA

3 sept
3 min de lectura

El muro que no detiene migrantes, pero sí al desierto


Hay lugares donde la frontera es un río, una montaña, un cañón. Lugares donde el desierto lleva miles de años haciendo de frontera sin pedirle permiso a ningún presidente.


Y luego está Donald Trump, que al parecer considera que la naturaleza necesita ayuda.


En 2026, la administración Trump volvió a sacar la maquinaria pesada para ampliar la infraestructura fronteriza entre Estados Unidos y México. Y no en cualquier parte: en Big Bend, una de las regiones más remotas, silvestres y biodiversas de Texas, donde además se registran históricamente algunos de los niveles más bajos de cruces irregulares de toda la frontera. El sector representa apenas alrededor de 1.3% de las aprehensiones registradas en la frontera suroeste durante el año fiscal 2025.


Pero cuando se tiene un martillo, todo parece clavo. Y cuando se tiene un presupuesto de 46,500 millones de dólares para infraestructura fronteriza, aparentemente todo paisaje puede convertirse en obra pública.


El problema es que aquí no sólo está en juego un muro.


Está el desierto de Chihuahua. Está el Río Grande. Están los cañones, las especies endémicas, los corredores de fauna y los sitios arqueológicos. Están también los lugares que durante siglos fueron territorio de pueblos indígenas y que todavía conservan un significado cultural y religioso.


La administración federal ha recurrido a las facultades otorgadas por una ley de 2005 que permite al Departamento de Seguridad Nacional dejar sin efecto numerosas leyes ambientales cuando considera que son necesarias para construir infraestructura fronteriza. En febrero de 2026, el gobierno utilizó nuevamente esas facultades para abrir paso a un proyecto de aproximadamente 150 millas de barreras fronterizas en el oeste de Texas, incluyendo zonas cercanas a Big Bend.


Y aquí aparece la paradoja.


Se quiere levantar una barrera para impedir que crucen personas, pero esa misma barrera puede impedir que crucen animales.


La fauna no entiende de aduanas. Un puma no sabe que terminó México y empezó Estados Unidos. Un venado no trae pasaporte. Las aves no necesitan visa.

Las barreras fragmentan hábitats, alteran los desplazamientos de la fauna y pueden modificar los escurrimientos naturales del agua. En una región desértica, donde cada cauce y cada temporada de lluvia cuentan, levantar infraestructura sin considerar el comportamiento del terreno puede tener consecuencias que van mucho más allá de la línea fronteriza.


Y no estamos hablando de un paisaje vacío.


En Big Bend existen especies amenazadas como el vireo gorra negra, el murciélago mexicano de nariz larga, el pez gambusia de Big Bend, el pececillo plateado del Río Grande y el cactus erizo de Chisos. También hay sitios arqueológicos y paisajes culturales que, advierten especialistas, podrían resultar dañados por maquinaria pesada.


Por eso la resistencia no viene únicamente de los ambientalistas.


También están los vecinos.


También están los empresarios turísticos.


También están los sheriffs.


Y, sí, también hay republicanos.


Los alguaciles de Brewster, Culberson, Hudspeth, Presidio y Terrell —demócratas y republicanos— han cuestionado que una barrera continua sea una estrategia sensata en una región cuya propia geografía funciona como defensa natural.


En agosto, los bulldozers finalmente aparecieron en Big Bend National Park. Se comenzó a despejar terreno para un camino de patrullaje que podría acompañarse posteriormente con barreras vehiculares y sistemas de vigilancia.


La reacción fue inmediata.


El comisionado de Aduanas y Protección Fronteriza, Rodney Scott, ordenó una pausa de los trabajos después de la presión de residentes, empresarios, autoridades locales y organizaciones ambientalistas. La pausa se extendió posteriormente mientras avanzan los litigios.


Pero detener momentáneamente una excavadora no significa que el problema haya desaparecido.


Una organización vinculada con la comunidad lipan apache y una empresa de turismo presentaron una demanda para frenar la construcción. Argumentan que la obra puede destruir sitios arqueológicos y espacios de importancia religiosa y cultural que son, sencillamente, irreemplazables.


Y aquí es donde la historia deja de ser solamente sobre migración.


Porque México también debería estar mirando.


El desierto de Chihuahua no termina en el Río Grande. Los ecosistemas tampoco reconocen la frontera. Lo que ocurre de un lado repercute en el otro.


Y mientras desde Washington se dibujan líneas sobre los mapas, quienes conocen el territorio saben que debajo de esas líneas hay agua, especies, fósiles, plantas, caminos antiguos, restos arqueológicos y memoria.


Hay algo particularmente absurdo en querer convertir uno de los paisajes más extraordinarios del continente en una sucesión de carreteras, sensores, barreras y acero para detener a quienes cruzan una frontera.


El muro podrá detener personas.


Quizá.


Pero no detendrá el agua, no detendrá el cambio climático y no hará desaparecer la biodiversidad.


Y si termina cortando los corredores naturales de la fauna, destruyendo sitios arqueológicos o alterando los escurrimientos del desierto, tendremos una frontera muy segura para los humanos y bastante peligrosa para todo lo demás.


El desierto, por supuesto, no votó por Trump.


Pero tendrá que vivir con sus decisiones.



AP
AP

Krista Schlyer
Krista Schlyer



AP Damian Dovarganes
AP Damian Dovarganes



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