Los mayas no predijeron el fin del mundo: estaban leyendo las estrellas
El calendario maya no anunciaba el fin del mundo: escondía un mapa del cielo
Durante años, el calendario maya quedó atrapado en una de las historias favoritas de la cultura popular: la supuesta profecía del fin del mundo para el 21 de diciembre de 2012. Pasó aquella fecha, el mundo siguió girando y la civilización maya, lejos de haber anunciado una catástrofe, volvió a aparecer ante los científicos como lo que probablemente fue: una sociedad con un conocimiento extraordinariamente sofisticado del tiempo y del cielo.
Ahora, una investigación ha dado una nueva pista para entender uno de los enigmas más persistentes de su sistema calendárico: el llamado ciclo de 819 días.
El problema llevaba décadas sobre la mesa. Los investigadores sabían que los antiguos mayas utilizaban un conteo de 819 días, pero no conseguían establecer con claridad qué fenómeno astronómico correspondía con él. Algunas piezas encajaban, pero otras parecían quedar fuera.
La respuesta, según un estudio de antropólogos de la Universidad de Tulane publicado en Ancient Mesoamerica, podría estar precisamente en que se estaba mirando el ciclo desde una escala demasiado pequeña.
En lugar de cuatro periodos de 819 días, los investigadores propusieron ampliar la observación hasta 20 ciclos, es decir, un periodo de aproximadamente 45 años. Al hacerlo, apareció un patrón: los periodos sinódicos de los planetas visibles desde la Tierra comenzaron a coincidir con distintos puntos del sistema calendárico.
La clave estaba en mirar más lejos
Un periodo sinódico es el tiempo que tarda un planeta en volver a ocupar una posición comparable respecto del Sol, visto desde la Tierra. Para los antiguos observadores del cielo, esos movimientos no eran simplemente un espectáculo nocturno: podían estar relacionados con rituales, agricultura, acontecimientos políticos y la manera en que una sociedad entendía el orden del universo.
Uno de los casos que ya había desconcertado a los investigadores era el de Mercurio. Su periodo sinódico es de aproximadamente 117 días y, multiplicado por siete, coincide exactamente con los 819 días.
Pero el problema aparecía con los demás planetas.
Venus, Marte, Júpiter y Saturno no encajaban de manera convincente dentro de un único ciclo de 819 días. La solución propuesta fue ampliar la escala. Al multiplicar el conteo por diferentes factores dentro de un periodo de entre cuatro y 20 ciclos, los movimientos de los planetas visibles comenzaron a encontrar correspondencias.
Lo que parecía un calendario incompleto podría ser, entonces, parte de un sistema mucho más amplio de observación astronómica.
Los mayas no tenían un solo calendario
Aquí está quizá una de las claves para entender por qué durante tanto tiempo se interpretó mal el calendario maya.
Los mayas no utilizaban un único calendario. Su sistema combinaba diferentes ciclos de tiempo, entre ellos el tzolk'in, de 260 días; el haab', de 365 días, y la llamada Rueda Calendárica, que resultaba de la combinación de ambos y volvía a coincidir después de 52 años.
A estos sistemas se sumaban otros ciclos, entre ellos el de 819 días, relacionado con la cosmología maya.
Por eso, hablar de “el calendario maya” como si se tratara de una sola cuenta regresiva resulta engañoso.
Era, más bien, una compleja arquitectura del tiempo.
Y dentro de ella el cielo ocupaba un lugar central.
Una civilización que miraba al cielo
Los nuevos cálculos no significan que los científicos hayan “descifrado completamente” el calendario maya. La propia investigación habla de una posible explicación para el enigmático ciclo de 819 días.
Pero sí refuerzan una idea que la arqueología viene mostrando desde hace décadas: los mayas desarrollaron una extraordinaria capacidad para observar, registrar y calcular los movimientos celestes.
Sus calendarios estaban vinculados con la vida ritual, la agricultura y la organización social. La astronomía no estaba separada de la religión ni de la política: formaba parte de una misma manera de comprender el mundo.
Y quizá por eso el hallazgo resulta más fascinante que cualquier profecía apocalíptica.
Los mayas no parecían estar contando los días que faltaban para que terminara el mundo.
Estaban tratando de entender cómo funcionaba el universo.
Durante siglos dejaron sus respuestas grabadas en piedra, códices y monumentos. Ahora, con matemáticas, astronomía y nuevas herramientas de investigación, los científicos empiezan a leer algunas de esas señales de otra manera.
Y el misterio del calendario maya vuelve a cambiar de lugar: ya no está en cuándo terminará el mundo, sino en cuánto sabían quienes, hace más de mil años, levantaban la mirada al cielo y encontraban patrones que todavía hoy nos cuesta descifrar.


















Comentarios