Una película llamada México
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De la serenata al infierno
México contado a través del cine: de Pedro Infante a Amores perros, un recorrido por las películas que retratan nuestra identidad, desigualdad, violencia, amor, memoria y esa peculiar forma de sobrevivir riéndonos.

La cámara abre.
Es temprano. Pedro Infante sale de una vecindad con el pelo perfectamente peinado, la camisa blanca, una sonrisa de esas que ya no se fabrican y una bicicleta que parece saber perfectamente a dónde va. En la calle hay niños corriendo, una señora sacudiendo un mantel, alguien que barre la banqueta y otro que ya está pensando en el desayuno. Suena una canción. Él saluda. Alguien le grita desde una ventana. Y por unos segundos México parece un país sencillo: pobre, sí; ruidoso, también; pero todavía convencido de que mañana puede ser mejor.
Corte.
La película sigue.
Porque quizá para entender a México habría que dejar de mirar los discursos y empezar a mirar sus películas.
Ahí estamos nosotros: en las vecindades, en las cocinas, en las carreteras, en las cantinas, en las escuelas, en los barrios, en las casas donde se pelea por dinero y en aquellas donde todavía se puede hacer una fiesta aunque no alcance para pagar la luz.
México se ha contado muchas veces en el cine. A veces con lágrimas. A veces con sangre. Y, casi siempre, con un sentido del humor que parece nuestra última defensa contra la realidad.
Primero fue ese México de Pedro Infante: el hombre de barrio que podía ser pobre pero jamás miserable; el enamorado que cantaba como si una serenata pudiera arreglar cualquier desastre; el hijo, el hermano, el trabajador, el muchacho que quería salir adelante sin dejar de ser quien era.
Era un país donde la pobreza podía aparecer con cierta dignidad cinematográfica. Donde la familia era una institución casi sagrada y donde una madre podía saberlo todo con sólo mirar a su hijo.
Luego el país creció.
Y la película se volvió más complicada.
Llegó *Macario*, de Roberto Gavaldón, y México se sentó a la mesa con la Muerte. Un hombre hambriento, un guajolote, una vela y la eterna pregunta de cuánto vale una vida cuando se ha vivido con tan poco.
Ahí estaba el México de la pobreza, de la desigualdad y de la fe. Un país donde la muerte no era un concepto abstracto sino una presencia familiar. Aquí la muerte se recuerda, se celebra, se le pone ofrenda, se le habla. Hasta le dejamos un plato.
Corte a carretera.
Dos muchachos, una mujer y un automóvil.
*Y tu mamá también*, de Alfonso Cuarón.
Ellos creen que van de viaje para divertirse. México, en cambio, aprovecha el trayecto para mostrarles quién es.
Mientras los protagonistas descubren el deseo, la amistad y los celos, por las ventanas aparece el otro país: los pueblos, los campesinos, la desigualdad, las comunidades que existen mucho más allá de las ciudades y esa distancia enorme entre el México que tiene tiempo para viajar y el que tiene que trabajar para sobrevivir.
La carretera no sólo los lleva a una playa.
Los lleva de una clase social a otra.
Y quizá eso sea México: un país donde basta recorrer unos kilómetros para cambiar de paisaje, de acento, de oportunidades y hasta de futuro.
Después aparece la ciudad.
Y aquí ya no hay serenata.
Hay tráfico.
Hay perros.
Hay sangre.
Hay prisa.
*Amores perros*, de Alejandro González Iñárritu.
La Ciudad de México aparece como aparece en la vida real: enorme, contradictoria, violenta, fascinante. Una ciudad donde millones de personas pueden vivir a centímetros unas de otras sin llegar a conocerse.
Tres historias chocan en un accidente y, de pronto, entendemos que nuestras vidas también pueden depender de un segundo, de una decisión, de un semáforo, de un perro que cruza la calle.
La ciudad no pregunta quién eres.
Te avienta encima todo lo que tiene.
Y seguimos.
Luego la película cambia de tono.
Entramos a una casa elegante.
Todo está en su sitio. La ropa, los cubiertos, las copas, las amigas, las apariencias.
*Las niñas bien*, de Alejandra Márquez Abella.
Porque México también es eso: un país donde la desigualdad no sólo se mide en salarios, sino en quién puede darse el lujo de fingir que una crisis no existe.
Aquí el dinero comienza a faltar, pero lo verdaderamente difícil es que las apariencias también empiezan a caerse.
Y qué cosa tan mexicana esa de mantener la fachada aunque detrás de la puerta esté ardiendo la casa.
Corte.
Ahora sí: México en modo tragicomedia.
*El infierno*, de Luis Estrada.
Aquí ya no sabemos si reírnos o pedir ayuda.
El narco, la corrupción, los políticos, los negocios turbios, la violencia y ese extraño talento nacional para convertir la tragedia en chiste.
Nos reímos porque, si no, tendríamos que llorar.
Y quizá una de las cosas más mexicanas que existen sea precisamente esa: hacer un chiste del desastre para poder soportarlo.
Pero la cámara se aleja de los hombres que mandan.
Y llega a una escuela.
Dos adolescentes.
*Perfume de violetas*, de Marisa Sistach.
Aquí está otro México. El que casi nunca aparece en los discursos: el de las niñas que crecen demasiado pronto, el de la violencia cotidiana, el de las colonias donde la desigualdad no es una palabra sino una experiencia diaria.
La película nos recuerda algo que preferimos olvidar: que no todos los mexicanos empiezan la vida desde el mismo lugar.
Para algunos, crecer significa estudiar, viajar y equivocarse.
Para otros, crecer significa aprender demasiado pronto a defenderse.
Y entonces llegamos a *Sueño en otro idioma*, de Ernesto Contreras.
Un México que habla muchas lenguas y que, paradójicamente, también está perdiendo algunas de ellas.
Porque este país no es sólo español, chilango, norteño, costeño o yucateco.
También es indígena.
Tiene palabras que nombran plantas, animales, lugares y sentimientos que quizá no tienen traducción exacta.
Cuando una lengua desaparece, no sólo desaparecen palabras.
Desaparece una manera de mirar el mundo.
Y la película vuelve a recordarnos que México está lleno de historias que nunca llegan a las salas comerciales, pero que siguen ocurriendo detrás de las montañas, en los pueblos, en las cocinas y en las conversaciones de quienes todavía conservan una lengua que sus hijos quizá ya no hablarán.
Y entonces aparece *No nos moverán*, de Pierre Saint-Martin.
La memoria.
La familia.
Las heridas.
La terquedad.
Porque también somos eso: un país que guarda demasiado.
Guardamos fotografías, casas, nombres, muertos, rencores, canciones, recetas, objetos y tragedias familiares.
Guardamos cosas que ya no necesitamos, pero que no podemos tirar porque alguien nos las dio.
México tiene memoria larga.
A veces demasiado larga.
La cámara vuelve a abrirse.
Ya no estamos en una película.
Estamos en México.
En una calle cualquiera.
Una mujer sale temprano a trabajar. Un hombre espera el transporte. Una madre prepara el desayuno. Un muchacho manda un mensaje. Alguien abre una tienda. Alguien cierra una puerta para siempre.
Hay quien tiene miedo.
Hay quien tiene esperanza.
Hay quien tiene ambas cosas al mismo tiempo.
Y quizá ahí está la verdadera película mexicana.
No en una sola historia, sino en todas.
En el Pedro Infante que todavía vive en nuestras canciones y en esa nostalgia por un país que quizá nunca fue tan sencillo como lo recordamos.
En *Macario* y nuestra convivencia con la muerte.
En *Y tu mamá también* y las desigualdades que atraviesan el país.
En *Amores perros* y la ciudad que nos devora.
En *Las niñas bien* y las apariencias.
En *El infierno* y nuestra capacidad para reírnos del horror.
En *Perfume de violetas* y las infancias que no deberían aprender tan pronto sobre la violencia.
En *Sueño en otro idioma* y todo lo que estamos a punto de perder.
En *No nos moverán* y esa obstinación nuestra por no olvidar.
Quizá por eso México resulta tan cinematográfico.
Porque aquí la realidad siempre parece estar a punto de convertirse en guion.
Tenemos comedia y tragedia en la misma calle. Tenemos amores que duran cincuenta años y otros que duran lo que tarda una canción. Tenemos muertos que siguen sentándose a la mesa, madres que todavía esperan a sus hijos, barrios que sobreviven a los cambios y ciudades que crecen más rápido que sus habitantes.
Tenemos personajes.
Muchísimos.
Y todos creen que son protagonistas.
La cámara sigue rodando.
Pedro Infante vuelve a cantar a lo lejos.
Alguien se ríe.
Alguien llora.
Alguien se enamora.
Alguien hace una tontería.
Alguien sobrevive.
Y nosotros seguimos aquí, viendo la película.
Sin saber exactamente qué género es.
Pero sabiendo perfectamente cómo se llama:
México.


















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