La ciudad que se inunda mientras busca agua
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CDMX enfrenta la paradoja de cada temporada de lluvias: mientras millones de pesos se destinan a sacar el agua que cae sobre la ciudad, el subsuelo se hunde por la extracción de agua que la propia ciudad necesita. La pérdida de suelo de conservación, la urbanización y un modelo hidráulico diseñado durante más de un siglo para expulsar el agua han convertido la lluvia en amenaza y el agua subterránea en salvavidas.

Hay algo profundamente extraño en la Ciudad de México.
Llueve y nos preocupamos.
Nos preocupamos por las calles convertidas en ríos, por los automóviles atrapados, por las casas que se llenan de agua, por los árboles que caen, por el Metro, por las coladeras que no alcanzan.
Pero cuando deja de llover también nos preocupamos.
Porque falta agua.
La ciudad vive así, atrapada en una paradoja que hemos normalizado: demasiada agua cuando llueve y demasiado poca cuando deja de llover.
Y mientras nosotros aprendimos a mirar el cielo con miedo, la ciudad sigue hundiéndose debajo de nuestros pies.
Esta semana, el Gobierno de la Ciudad de México anunció una inversión superior a 256 millones de pesos para nueve obras hidráulicas en Tláhuac, destinadas a reducir las inundaciones históricas de San José Tláhuac y zonas aledañas. Las obras incluyen infraestructura de drenaje y bombeo y buscan beneficiar a alrededor de 36 mil habitantes.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, lo resumió durante una supervisión de los trabajos: en Tláhuac se padecen inundaciones, falta de agua, grietas y hundimientos.
La frase parece describir mucho más que Tláhuac.
Describe a una ciudad que durante décadas construyó su relación con el agua desde una premisa sencilla: el agua que sobra debe salir.
El problema es que hoy sabemos que esa idea tiene un precio.
El día que decidimos sacar el agua
La Ciudad de México fue alguna vez una ciudad de agua.
Había lagos, ríos, manantiales, canales y humedales. El agua no era un accidente meteorológico: era parte del territorio.
Después llegó la ciudad moderna.
Y con ella llegó la obsesión por desecar, entubar y expulsar.
A principios del siglo XX se consolidó un sistema de drenaje combinado que comenzó a conducir en una misma infraestructura las aguas residuales y las aguas de lluvia. La lógica parecía impecable: sacar el agua de la ciudad para evitar inundaciones y problemas sanitarios.
Durante décadas se entubaron ríos y se cubrieron cauces.
En los años sesenta, prácticamente todos los ríos de la ciudad fueron incorporados al sistema de drenaje.
La ciudad ganó avenidas.
Perdió agua.
Una investigación publicada por Ciencia UNAM explica cómo ese modelo contribuyó a convertir a una ciudad lacustre en una enorme superficie pavimentada: el agua de lluvia dejó de infiltrarse naturalmente y comenzó a ser expulsada por el drenaje.
Es una de esas historias que sólo parecen absurdas cuando se miran desde el presente.
Porque hoy la Ciudad de México enfrenta justamente aquello que ese modelo ayudó a producir: sobreexplotación de acuíferos, hundimientos e inundaciones.
Una ciudad que se hunde
Debajo del concreto existe otra ciudad.
Una ciudad de arcilla.
La antigua cuenca lacustre sobre la que se construyó buena parte de la capital tiene suelos altamente compresibles. Cuando extraemos agua del subsuelo, la presión cambia y las capas de arcilla se compactan.
La ciudad baja.
No metafóricamente.
En algunas zonas de la región metropolitana, la subsidencia alcanza actualmente hasta 42 centímetros al año, de acuerdo con información presentada en mayo de 2026 por investigadores de la UNAM mediante observaciones satelitales y estaciones GPS. Entre las zonas con mayores tasas aparecen Nezahualcóyotl, Iztapalapa, Iztacalco, Tláhuac y Chalco.
La extracción de agua subterránea no es la única causa del hundimiento, pero sí es uno de sus principales aceleradores.
La UNAM ha documentado desde hace años la relación entre la sobreexplotación de los acuíferos y el hundimiento de la ciudad. Más del 60 por ciento del agua utilizada por la capital provenía de pozos en estudios anteriores, mientras la extracción superaba ampliamente la recarga natural.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones:
para que la ciudad tenga agua hoy, extraemos agua del subsuelo; al extraerla, el suelo se hunde; al hundirse, se dañan las tuberías y el drenaje; las fugas aumentan; la infraestructura pierde eficiencia; y cuando llueve, el sistema tiene que trabajar todavía más.
Es un círculo.
Y seguimos girando dentro de él.
La lluvia no es el enemigo
Quizá ésta sea la idea que más nos cuesta aceptar.
La lluvia no es el problema.
El problema es qué hacemos con ella.
Una ciudad saludable debería permitir que una parte importante del agua que cae sobre ella se infiltre lentamente en el suelo, llegue a las capas subterráneas y contribuya a la recarga de los acuíferos.
Pero hemos hecho exactamente lo contrario.
Pavimentamos.
Construimos.
Urbanizamos.
Cubrimos el suelo.
Y después nos sorprendemos porque el agua corre por las calles.
La investigadora Clemencia Santos Cerquera, del Instituto de Geografía de la UNAM, alertó este año sobre el deterioro integral del suelo de conservación de la capital. El estudio identificó, entre otros problemas, conversión de bosque a uso habitacional, expansión agrícola sin manejo sostenible, reducción de humedales y cuerpos de agua y apertura ilegal de caminos.
Y cada hectárea que pierde su capacidad de absorber agua es una pequeña decisión que termina sumándose a un problema gigantesco.
El otro lado de la ciudad está en Xochimilco
Por eso Xochimilco no debería mirarse solamente como el lugar de las trajineras.
Xochimilco es una pieza hidráulica de la ciudad. (Xochimilco no es un parque tematico. es territorio vivo)
Es humedal.
Es chinampa.
Es suelo que todavía puede relacionarse con el agua de una manera que el resto de la ciudad olvidó.
El sistema lacustre de Xochimilco abarca alrededor de 2 mil 657 hectáreas y es reconocido como humedal de importancia internacional. Sus canales, chinampas, ahuejotes y cuerpos de agua cumplen funciones ambientales, productivas y culturales.
Pero también está amenazado.
En febrero pasado, autoridades capitalinas retiraron construcciones irregulares en la zona chinampera de Trancatitla y recuperaron una hectárea de terreno lacustre. El operativo fue presentado como parte de las acciones para frenar la urbanización de este territorio.
No es un asunto menor.
Cuando se pierde una chinampa no solamente desaparece una parcela agrícola.
Se pierde suelo permeable.
Se modifica el comportamiento del agua.
Se fragmenta un humedal.
Se debilita un sistema que durante siglos permitió convivir con el agua.
El suelo de conservación es infraestructura hidráulica
Tal vez hemos cometido otro error de lenguaje.
Le llamamos “suelo de conservación” como si fuera un territorio lejano, verde, bonito, casi decorativo.
No lo es.
Es infraestructura.
Una infraestructura que no siempre vemos porque no tiene tubos, bombas ni concreto.
El suelo de conservación representa alrededor del 59 por ciento del territorio de la Ciudad de México, unas 88 mil hectáreas. Su función incluye la recarga del acuífero, la conservación de suelos, la captura de carbono y la regulación ambiental.
El propio gobierno capitalino reconoce que buena parte del agua que consume la ciudad está vinculada con estos territorios.
En marzo de 2026, por ejemplo, Sedema informó que una zona del Ajusco forma parte del llamado Bosque de Agua y que su conservación es fundamental para la recarga de los mantos acuíferos que abastecen a la capital.
Entonces la pregunta cambia.
Cuando permitimos que un bosque sea sustituido por una construcción irregular, ¿estamos perdiendo solamente árboles?
No.
Estamos perdiendo una parte de nuestra infraestructura hidráulica.
Y mientras tanto, seguimos gastando para sacar el agua
El Gobierno de la Ciudad de México anunció que durante 2026 invertirá 7 mil millones de pesos en 643 obras y acciones relacionadas con agua, drenaje y saneamiento.
No es poca cosa.
Pero la magnitud del problema obliga a preguntar cuánto de ese dinero se está destinando a reparar las consecuencias de un modelo urbano y cuánto a modificar sus causas.
Las obras de Tláhuac son necesarias.
Los cárcamos son necesarios.
El drenaje es necesario.
El mantenimiento de tuberías es indispensable.
Pero ninguna ciudad puede resolver indefinidamente sus problemas hidráulicos solamente aumentando la capacidad de expulsar agua.
Porque siempre puede llover más.
Y porque el suelo seguirá hundiéndose si continuamos extrayendo agua a un ritmo que rebasa su capacidad de recuperación.
El problema no tiene un solo responsable
Sería demasiado sencillo señalar a una sola administración.
El problema hidráulico de la Ciudad de México tiene más de un siglo.
Aquí están los gobiernos que privilegiaron la desecación y el entubamiento de ríos.
Los gobiernos que permitieron el crecimiento urbano sobre zonas de recarga.
Las autoridades que no pudieron detener a tiempo los asentamientos irregulares.
Las administraciones que dejaron deteriorarse redes de agua y drenaje.
Los desarrolladores que transformaron suelo permeable en superficie construida.
Los ciudadanos que también hemos construido, pavimentado y consumido sin pensar demasiado en el territorio que sostiene nuestro consumo.
Y una enorme paradoja institucional: la ciudad tiene una Secretaría del Medio Ambiente, una Secretaría de Gestión Integral del Agua, autoridades de protección civil, alcaldías, Conagua, Sedatu y otras instituciones que intervienen sobre diferentes partes del mismo ciclo del agua.
El agua, sin embargo, no entiende de oficinas.
Corre por donde puede.
Se infiltra donde la dejan.
Se acumula donde encuentra una depresión.
Y cuando el suelo se hunde, tampoco pregunta qué administración gobernaba.
El oriente de la ciudad es una advertencia
Tláhuac, Iztapalapa y las zonas vecinas muestran lo que ocurre cuando coinciden varios problemas: antiguos terrenos lacustres, extracción de agua, hundimientos, grietas, crecimiento urbano y sistemas hidráulicos sometidos a una presión enorme.
En el oriente del Valle de México, la federación también está construyendo infraestructura para disminuir el riesgo de inundaciones. Conagua informó que el complejo Churubusco-Xochiaca recibió una inversión superior a 450 millones de pesos y que su sistema de bombeo puede desalojar hasta 16 mil litros de agua por segundo. El proyecto beneficiará a más de un millón de habitantes de Nezahualcóyotl, Chimalhuacán, Los Reyes La Paz e Iztapalapa.
Es infraestructura gigantesca.
Pero detrás de esos millones y esos miles de litros por segundo existe una pregunta más sencilla:
¿Por qué necesitamos máquinas cada vez más grandes para sacar de la ciudad el agua que alguna vez formó parte de ella?
No basta con construir más drenaje
El reto para la Ciudad de México debería ser mucho más ambicioso que evitar que una calle se inunde.
Tendríamos que conseguir que la lluvia vuelva a ser parte del sistema de abastecimiento.
Captarla.
Almacenarla.
Infiltrarla donde sea seguro hacerlo.
Restaurar humedales.
Recuperar ríos.
Proteger barrancas.
Reforestar zonas de recarga.
Evitar que el suelo de conservación siga convirtiéndose en ciudad.
Recuperar chinampas.
Reducir fugas.
Reutilizar agua.
Y, sobre todo, dejar de pensar que el agua es un problema que se resuelve solamente con tubos.
La Ciudad de México necesita una política hidráulica que piense en la cuenca completa, no solamente en la calle que se inundó ayer.
Porque la ciudad también necesita aprender a mojarse los pies
Quizá hemos pasado demasiado tiempo intentando domesticar el agua.
La encerramos en tuberías.
La sacamos por túneles.
La bombeamos.
La entubamos.
La expulsamos.
Y después perforamos el suelo para buscarla.
La ciudad se ha convertido en una especie de paradoja hidráulica: expulsa el agua de lluvia y extrae del subsuelo el agua que necesita para sobrevivir.
Mientras tanto, el suelo se hunde.
Hasta 42 centímetros por año en algunas zonas.
Y la lluvia sigue llegando.
No viene a castigarnos.
Sólo está buscando dónde quedarse.
El verdadero desafío de la Ciudad de México no es construir una ciudad capaz de sacar cada vez más rápido el agua que cae.
Es construir una ciudad donde el agua pueda volver a quedarse.
Porque quizá el futuro de la capital no dependa solamente de cuántos kilómetros más de drenaje podamos construir.
Quizá dependa de cuántos árboles, humedales, bosques, chinampas y suelos vivos seamos capaces de conservar.
Y de entender, finalmente, algo que nuestros antepasados sabían antes que nosotros:
una ciudad construida sobre un lago no puede vivir eternamente fingiendo que el agua no existe.
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