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Vivir en la oscuridad

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Nunca he visto una puesta de sol más espectacular que en el Malecón de La Habana. Y a oscuras se ve mejor.


"siempre es 26"


Cuando el último destello del sol desaparece detrás del Caribe, la ciudad parece suspender el tiempo. Entonces comienza la verdadera cuenta regresiva. En Cuba viven contando las horas en que llegará la luz, porque de ella depende casi todo: que la bomba suba el agua a los tinacos, que la comida no se eche a perder en el refrigerador, que el celular conserve batería para avisar que todo sigue igual, que un ventilador espante el calor y los mosquitos durante unas cuantas horas. También cuentan las crisis nerviosas provocadas por esa incertidumbre permanente. Ya ni siquiera es una queja; es información cotidiana. "Hoy la ponen de seis a diez", dicen con la misma naturalidad con la que otros consultan el pronóstico del tiempo.


En esa rutina de apagones ha nacido una nueva palabra: **EcoFlow**. Un dispositivo capaz de almacenar electricidad se ha convertido en objeto de deseo y símbolo de supervivencia. Quien puede, compra paneles solares o baterías portátiles para robarle unas horas más a la oscuridad. También ha surgido un nuevo negocio alrededor de la escasez. En Cuba incluso la esperanza se vende por watts.


Lo sorprendente es que no existe una ola de robos cuando la ciudad queda completamente a oscuras. No porque haya más vigilancia, sino porque ya casi no queda nada que robar. La pobreza también modifica las estadísticas.


En el silencioso crepúsculo de la isla, cuando la sombra termina de adueñarse de las calles, los apagones dejan de ser un problema eléctrico para convertirse en un estado del alma. La penumbra invade las casas, pero también la vida cotidiana. La luz deja de ser una certeza para convertirse en un privilegio, y la esperanza titila con la fragilidad de una vela que se consume lentamente sobre la mesa.


El calor, implacable, convierte las viviendas en hornos donde el aire pesa. El sudor cae sin descanso mientras la noche comparte el mismo rigor que el día. Los mosquitos, diminutos pero incansables, encuentran en la falta de ventiladores su mejor aliado y hacen de cada madrugada una batalla interminable.


Luego llega la otra oscuridad: la del agua. Sin electricidad, las bombas dejan de funcionar y los grifos guardan silencio. No hay agua para beber, cocinar, bañarse o limpiar. La cisterna vacía se convierte en el recordatorio más cruel de que la dignidad también depende de algo tan sencillo como abrir una llave.


Después vienen los alimentos. Los refrigeradores apagados son pequeñas derrotas domésticas. La carne se pierde, la leche se agria, las frutas se descomponen. Cada alimento echado a perder duele porque costó conseguirlo. En una economía donde casi nada sobra, desperdiciar comida no es un accidente: es una tragedia silenciosa.


Pero quizá lo más difícil de soportar no sea el calor, ni los mosquitos, ni el agua ausente. Es la oscuridad misma. Esa que termina instalándose dentro de las personas. La noche parece eterna y con ella llegan la incertidumbre, el miedo y la sensación de estar desconectados del mundo. Sin electricidad también desaparece la comunicación, el internet, las conversaciones, la posibilidad de planear el día siguiente. La oscuridad deja de ser una condición física para convertirse en una forma de vivir.


Y, sin embargo, La Habana despierta cada mañana.


Alguien prepara café cuando vuelve la corriente. Otro corre a cargar el teléfono. Una madre aprovecha para lavar la ropa. Un niño celebra que por fin gira el ventilador. La vida entera se organiza alrededor de un interruptor que nadie sabe cuándo volverá a encenderse.


Quizá por eso nunca he visto una puesta de sol más hermosa que la del Malecón. Porque cuando una ciudad vive tantas horas sin luz, aprende a mirar de otra manera. Descubre que la belleza puede existir incluso en medio de la penumbra y que la resistencia no siempre hace ruido. A veces consiste simplemente en esperar. En seguir viviendo cuando todo parece apagado. En creer que, aunque la electricidad falle una vez más, hay una luz que ningún apagón ha conseguido extinguir: la de un pueblo que se niega a desaparecer en la oscuridad.



"siempre es 26"


Este 26 de julio Cuba volverá a celebrar la fecha que prometió encender un país nuevo. Habrá discursos, banderas y consignas sobre la victoria de una revolución que ofreció dignidad, soberanía y un futuro mejor. Pero la ironía es inevitable: setenta y tres años después del asalto al Cuartel Moncada, la mayor expectativa de millones de cubanos no será el desfile ni las palabras oficiales, sino saber a qué hora volverá la electricidad. Hay revoluciones que prometen iluminar un pueblo; en Cuba, la celebración nacional llega, una vez más, en medio de los apagones.

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