Saltillo y Culiacán: dos ciudades que están perdiendo algo de sí mismas
Hay ciudades que uno lleva dentro aunque ya no viva en ellas. Ciudades que se quedan en los olores, en una calle, en una plaza, en el sonido de una iglesia, en el camino de regreso a casa. Ciudades que no necesitamos explicar porque forman parte de nuestra memoria. Y quizá por eso me conmueve pensar en Saltillo y Culiacán, dos ciudades tan distintas y, sin embargo, atravesadas por una misma pregunta: ¿qué pasa cuando una ciudad empieza a dejar de sentirse nuestra?

Saltillo tiene una manera muy particular de contar sus pérdidas. Durante siglos estuvo cerca de convertirse en un centro todavía más importante de poder religioso, político, judicial y comercial. Algunas oportunidades se fueron; otras nunca llegaron a concretarse; algunas terminaron convertidas en leyenda. Y de todo aquello quedó una palabra que parece resumir una parte de su carácter: ya merito. Ya merito fuimos sede de esto. Ya merito ganábamos aquello. Ya merito llegaba aquella fábrica. Ya merito éramos esa ciudad que imaginamos. Pero cuando una ciudad pasa demasiado tiempo hablando de lo que pudo ser, corre el riesgo de no mirar lo que todavía tiene.
Porque Saltillo sí fue. Y sigue siendo.
Fue industria, trabajo, comercio, ferrocarril, fábricas, barrios, familias. Fue una ciudad que construyó su propia historia en medio del desierto y que recibió a generaciones enteras de personas que llegaron buscando una vida mejor. Por eso quizá duele tanto verla transformarse. Porque no solamente están cambiando los edificios o las calles; cuando una ciudad pierde sus lugares, sus barrios, sus costumbres y sus espacios de encuentro, también empieza a perder una parte de la memoria de quienes la habitan.
Y hay pérdidas que no aparecen en ningún registro.
Nadie nos pregunta si queremos perder la esquina donde jugábamos de niños. Nadie nos pide permiso para que desaparezca una casa que vimos durante toda nuestra vida. Nadie nos consulta qué sentimos cuando un barrio cambia tanto que un día caminamos por él y ya no reconocemos nada. Jurídicamente las cosas tienen dueño. Emocionalmente, una ciudad pertenece a mucha más gente.
Eso es lo que me parece tan doloroso de Saltillo: la sensación de que aquello que fue nuestro —aunque nunca haya sido legalmente nuestro— puede dejar de pertenecernos en la memoria.
Culiacán vive otra clase de pérdida. Mucho más brutal. Mucho más inmediata.
Culiacán no está preguntándose solamente qué pudo haber sido. Está preguntándose qué puede conservar.
La violencia provocada por la disputa entre facciones del Cártel de Sinaloa ha convertido la vida cotidiana en algo que ningún habitante debería tener que aprender a administrar: cuándo salir, por dónde pasar, qué lugares evitar, si abrir o no el negocio, si los niños pueden ir a la escuela, si alguien ya llegó a casa. Y después están los muertos y los desaparecidos, que son la parte visible de una tragedia mucho más grande.
Porque la violencia también se lleva cosas que no caben en una estadística.
Se lleva las noches.
Se lleva las fiestas.
Se lleva las sobremesas.
Se lleva la tranquilidad de una madre.
Se lleva la infancia de un niño que aprende demasiado pronto que ciertos sonidos no son cohetes.
Se lleva esa libertad tan sencilla de salir de casa sin pensar que quizá no vas a regresar.
Y entonces Culiacán enfrenta algo que va mucho más allá de la inseguridad. Está peleando por conservar el derecho de sus habitantes a sentirse dueños de su propia ciudad.Me parece terrible que una ciudad pueda terminar siendo identificada por aquello que más daño le ha hecho. Culiacán es mucho más que el narcotráfico. Es su gente, sus agricultores, sus mercados, sus estudiantes, sus familias, sus restaurantes, sus trabajadores, sus árboles, sus tardes calurosas, sus recuerdos. Es la vida de miles de personas que nunca eligieron una guerra y que, sin embargo, llevan años pagando por ella.
Y quizá ahí encuentro la diferencia más dolorosa entre Saltillo y Culiacán.
Saltillo teme perder su memoria. Culiacán teme perder su presente.

Una mira hacia atrás y siente que algo se le está escapando de las manos. La otra mira hacia adelante intentando descubrir si todavía habrá una ciudad tranquila para sus hijos.
Una lucha contra el olvido.
La otra lucha contra el miedo.
Pero las dos tienen algo en común: el peligro de que sus habitantes terminen sintiéndose extranjeros en su propia ciudad.
Porque una ciudad empieza a morir mucho antes de que desaparezcan sus edificios. Muere cuando dejamos de reconocerla. Cuando dejamos de caminarla. Cuando dejamos de ocupar sus plazas. Cuando nuestros hijos ya no conocen los lugares que fueron importantes para nosotros. Cuando el miedo nos obliga a encerrarnos. Cuando la nostalgia sustituye a la pertenencia.
Y eso me parece especialmente triste.
Porque las ciudades no son solamente calles, edificios, fábricas, parques o estadísticas. Son una relación amorosa. Una conversación larguísima entre quienes estuvieron antes y quienes llegan después. Algo que recibimos sin haberlo pedido y que, idealmente, deberíamos entregar un poco mejor de como lo encontramos.
Por eso me niego a pensar que Saltillo está condenado a ser el lugar del “ya merito”. Y tampoco quiero pensar que Culiacán está condenado a ser la ciudad del narco.
No.
Hay algo profundamente injusto en aceptar que una ciudad sea definida por sus pérdidas.
Saltillo todavía puede defender su memoria, su patrimonio, sus barrios, aquello que le da identidad. Culiacán todavía puede recuperar sus calles, sus noches, sus plazas, su tranquilidad. Ninguna ciudad tiene un destino escrito para siempre.
Pero para eso primero hay que reconocer lo que estamos perdiendo.
Porque quizá hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos qué ciudad pudimos haber sido y demasiado poco preguntándonos qué ciudad estamos dejando ser.
Y hay una diferencia enorme.
El pasado ya no podemos cambiarlo.
Pero todavía podemos decidir qué hacemos con el lugar que habitamos hoy.
Porque al final, después de todas las fábricas, todos los edificios, todos los gobiernos, todos los capos, todas las estadísticas y todas las historias, queda algo mucho más sencillo:
una persona queriendo volver a casa sin miedo y otra queriendo volver a reconocerla.
Eso, quizá, es lo que significa que una ciudad siga siendo nuestra.


















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