#RinconesdeMéxico; Hidalgo: el estado que vivió bajo tierra

Durante siglos, Hidalgo vivió de lo que había debajo de sus pies. La plata estaba en las entrañas de la montaña y alrededor de ella crecieron pueblos, caminos, haciendas de beneficio, estaciones de ferrocarril, hospitales, sindicatos y familias enteras. Pachuca, Real del Monte, Mineral del Chico y Zimapán no fueron solamente lugares donde había minas: fueron sociedades construidas alrededor de la minería.
Hoy uno camina por Real del Monte y encuentra las huellas por todas partes. Las casas de techos inclinados, las antiguas instalaciones, los tiros, las máquinas, las haciendas de beneficio. Hay algo extraño en estos pueblos: parecen conservar la escenografía de una industria que alguna vez estuvo viva y que ahora sobrevive, en buena medida, como memoria. Los ingleses llegaron en 1824 y trajeron consigo máquinas, técnicos y mineros procedentes de Cornualles. La Compañía Británica de Real del Monte llegó a invertir alrededor de un millón de libras esterlinas y transformó radicalmente el paisaje de la región.
Pero los ingleses no llegaron a un territorio vacío. Llegaron a una región minera que llevaba siglos trabajando. La explotación de plata en Real del Monte se remonta al periodo virreinal y alcanzó tal importancia que en 1774 la región llegó a representar 66% de la plata producida en Nueva España, según el historiador Elías Gaona. Para entonces había más de 2 mil trabajadores mineros y en 1766 ocurrió allí uno de los primeros grandes movimientos huelguísticos documentados de la Nueva España.
Y quizá ahí comienza una de las historias que menos se cuentan cuando hablamos del esplendor minero: la riqueza del subsuelo nunca significó automáticamente riqueza para quienes bajaban a él.
En 1768 había 2,046 trabajadores mineros en Real del Monte distribuidos en 24 oficios. Había barreteros, peones, malacateros, ademadores, pepenadores y otros trabajadores indispensables para sacar el mineral. El trabajo era pesado, peligroso y realizado en condiciones que hoy nos parecerían inimaginables. Los mineros trabajaban entre agua, tierra, polvo y oscuridad, descendiendo y ascendiendo por tiros y galerías con riesgo permanente.
La desigualdad tampoco nació ayer. Durante el siglo XIX, los trabajadores británicos ocuparon posiciones privilegiadas dentro de las compañías mineras. En 1858, de los 45 empleados que recibían las remuneraciones más altas, 43 eran británicos. En 1863, mientras un maquinista inglés podía ganar 17 pesos semanales, un barretero mexicano recibía en promedio 5.50 pesos y un peón apenas 3.50.
Por eso, cuando hoy los pobladores hablan de malos tratos, abusos o de que el minero siempre fue quien puso el cuerpo mientras otros se quedaban con el negocio, no es una conversación que pueda reducirse a una nostalgia romántica por el pasado. La historia documenta diferencias salariales, condiciones laborales difíciles, accidentes y conflictos entre trabajadores y empresas. Incluso el propio gobierno de Hidalgo reconoce que durante más de cuatro siglos la población de la Comarca Minera dependió de estos centros de trabajo y estuvo expuesta a condiciones difíciles, riesgos de accidentes y enfermedades.
La minería también convirtió a Hidalgo en protagonista de la historia económica nacional. Después de la Independencia, cuando muchas minas habían sido abandonadas e inundadas, llegaron los capitales ingleses. La tecnología de Cornualles permitió introducir máquinas de vapor para desaguar las profundidades y recuperar explotaciones que parecían condenadas. Entre 1820 y 1830 se crearon siete compañías inglesas para explotar minas mexicanas; casi todas fracasaron financieramente y solamente la Compañía de Real del Monte sobrevivió hasta mediados del siglo XIX.
La Compañía fue acumulando propiedades hasta controlar más de cien minas, entre propias y explotaciones asociadas, muchas de ellas activas. Entre 1849 y 1861, las minas de Pachuca y Real del Monte produjeron unos 2.5 millones de cargas de mineral de las que se obtuvieron 506,537 kilos de plata, alrededor de una duodécima parte de la producción nacional de ese periodo.
Luego vendrían otros capitales. La empresa fue británica entre 1824 y 1849, mexicana entre 1849 y 1906, estadounidense desde 1906 hasta 1947 y posteriormente pasó a manos del Estado mexicano. En 1989 fue privatizada y el grupo que la adquirió mantuvo las operaciones hasta 2005. Ahí hay un parteaguas fundamental: la gran estructura minera que durante generaciones había articulado la vida de Pachuca y Real del Monte dejó de ser el gran motor económico regional.
¿Y qué quedó?
Quedaron los pueblos.
Quedaron los túneles.
Quedaron las casas.
Quedaron los apellidos de los mineros.
Quedaron las historias de quienes bajaban al subsuelo y regresaban con el cuerpo cubierto de polvo.
Y quedaron también las máquinas.
Pero la minería no desapareció de Hidalgo. Esa es otra de las historias que vale la pena contar porque contradice la idea sencilla de que el estado dejó de ser minero. La minería cambió de territorio, de minerales y de escala.
En Zimapán, el distrito minero descubierto por españoles en el siglo XVI, existen actualmente las minas El Monte y Carrizal, operadas por Carrizal Mining/Santacruz, con producción de plata, plomo, zinc y cobre. Un reporte técnico de 2026 señala que ambas minas se encuentran operativas y que entre 1632 y 1920 más de 18 minas fueron puestas en producción en ese distrito.
En Molango ocurre algo todavía más sorprendente: debajo de la sierra está uno de los grandes depósitos de manganeso de América del Norte. Hidalgo continúa siendo el principal productor nacional de este mineral; datos de 2023 lo colocaron con 183,180 toneladas, además de mantener producción relevante de plomo, zinc y cobre.
Entonces quizá la pregunta no sea si Hidalgo puede volver a ser minero.
La pregunta es qué tipo de minería quiere tener.
Porque volver al modelo del pasado no parece posible ni deseable. La riqueza mineral de una región no garantiza por sí misma bienestar para sus habitantes. Hoy el reto tendría que ser otro: encontrar yacimientos económicamente viables, utilizar tecnologías menos contaminantes, garantizar seguridad laboral, transparentar las concesiones, vigilar agua y residuos, reparar los daños ambientales y conseguir que una proporción justa de la riqueza permanezca en las comunidades.
Y hay algo más que Hidalgo ya descubrió, aunque quizá todavía no lo dimensiona: la minería puede convertirse también en patrimonio.
La sociedad civil lleva décadas recuperando esa memoria. El Archivo Histórico y Museo de Minería conserva documentos de la antigua Compañía Real del Monte y Pachuca y ha creado museos en Pachuca y Real del Monte. Una parte importante de sus guías son mineros jubilados o descendientes de mineros; para ellos, contar la historia de las minas se convirtió también en una nueva forma de trabajo.
Tal vez ahí esté una de las respuestas para Hidalgo: no escoger entre minería o turismo, entre pasado o futuro, sino hacer que la historia minera vuelva a producir valor sin volver a producir las condiciones que dejaron heridas durante generaciones.
Porque debajo de los pueblos hidalguenses no solamente hay plata.
Hay una memoria de más de cuatro siglos.
Y quizá el verdadero rescate no consista en volver a abrir cada mina cerrada, sino en preguntarnos qué hacemos hoy con todo lo que esas minas dejaron arriba.
















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