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México no es Cuba. Cuba no es México.

  • 16 may
  • 3 min de lectura

México mira la pobreza de Cuba como tragedia ideológica, pero ignora que tiene decenas de millones de pobres propios. Dos crisis distintas que empiezan a parecerse demasiado.



Durante décadas, México y Cuba parecían habitar extremos distintos de América Latina: uno abrazado al libre comercio y a la vecindad con Estados Unidos; el otro, aislado por el embargo, sostenido por un régimen de partido único y una economía centralizada. Pero en los últimos años las dos historias comenzaron a rimar de formas incómodas. Hoy, ambos países enfrentan crisis profundas que ya no se sienten excepcionales, sino estructurales.


Cuba atraviesa uno de sus peores momentos desde el “Período Especial”: apagones masivos, escasez de alimentos y medicinas, migración récord y protestas sociales que el gobierno intenta contener entre detenciones y control informativo. La isla vive una erosión lenta de su modelo político y económico, mientras millones de cubanos sobreviven gracias a remesas, mercado informal y salidas migratorias.


México, aunque en condiciones muy distintas, también enfrenta síntomas de desgaste institucional. La violencia del crimen organizado se normalizó hasta penetrar elecciones, gobiernos locales y economías regionales; Pemex arrastra una crisis financiera histórica; el sistema de salud sigue fragmentado; y el país vive una tensión constante entre militarización, dependencia económica de Estados Unidos y polarización política. La sensación compartida es la de un Estado que cada vez resuelve menos y administra más emergencias.


Parte del paralelismo también está en el imaginario político. Durante décadas, buena parte de la izquierda mexicana convirtió a Cuba en una especie de utopía latinoamericana: la isla rebelde que resistía a Estados Unidos, alfabetizaba a su población y defendía una idea romántica de soberanía. Para generaciones enteras de intelectuales, activistas y políticos mexicanos, Cuba representó la promesa de una revolución moral frente al neoliberalismo y la desigualdad regional. El problema es que esa imagen muchas veces quedó congelada en el siglo XX.


Mientras en México aún persiste cierta fascinación simbólica por la revolución cubana, la Cuba real enfrenta apagones diarios, censura, crisis alimentaria y un éxodo masivo de jóvenes que ya no sueñan con defender el sistema, sino con abandonarlo. Existe una contradicción incómoda entre la isla imaginada por sectores de la izquierda latinoamericana y la experiencia cotidiana de millones de cubanos. La épica revolucionaria sigue viva en discursos y murales, pero cada vez menos en las calles de La Habana.


Las similitudes aparecen también en la vida cotidiana. En Cuba, los apagones organizan la rutina; en México, la inseguridad redefine horarios, rutas y formas de convivencia. En ambos lugares crece la desconfianza hacia las instituciones y una generación joven que imagina su futuro fuera del país. La migración se volvió termómetro nacional: cubanos cruzando Centroamérica y mexicanos buscando estabilidad laboral o refugio de la violencia.


Incluso en lo simbólico empiezan a parecerse. Ambos gobiernos apelan constantemente a narrativas históricas y nacionalistas para sostener legitimidad: la soberanía, el pueblo, la resistencia frente a enemigos externos. Mientras tanto, la realidad económica empuja en dirección opuesta. Cuba depende cada vez más del turismo y las remesas; México, de las exportaciones hacia Estados Unidos y de una economía atravesada por cadenas globales y capital extranjero.


Además existe una paradoja incómoda en la relación emocional que  gran parte de la población mexicana mantiene con Cuba: México suele mirar con indignación la pobreza cubana —los apagones, la escasez, el bloqueo, las carencias materiales— mientras convive diariamente con una pobreza mucho más grande en términos absolutos dentro de su propio territorio.

Cuba tiene alrededor de 10 millones de habitantes. México supera los 130 millones. Incluso tomando las estimaciones más optimistas recientes, en México todavía viven cerca de 38.5 millones de personas en situación de pobreza; otras mediciones recientes hablaban de 46.8 millones hace apenas dos años.  Es decir: México tiene por sí solo varias veces la población total de Cuba viviendo en pobreza.


La gran diferencia sigue siendo el sistema político. Cuba mantiene un régimen de partido único; México conserva pluralidad electoral, prensa crítica y oposición organizada. Pero el paralelo inquieta porque revela algo más profundo: la fragilidad de países que alguna vez prometieron proyectos nacionales sólidos y hoy parecen atrapados entre crisis permanentes, fuga de población y gobiernos que reaccionan más de lo que transforman.


México no es Cuba. Cuba no es México. Pero ambos empiezan a compartir una sensación continental: la de sociedades cansadas, donde sobrevivir ocupa el lugar que antes tenía la idea de futuro.


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