Y qué dicen ¿fue penal?
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Juan Villoro y la magia de una pelota
Del lote baldío al estadio mundialista, una historia sobre la memoria, la imaginación y esa extraña magia que hace que, por noventa minutos, el resto del mundo quede en pausa.

Un lote baldío. Un balón. Un grupo de niños. Una polvareda que se levanta con cada carrera. Antes de los estadios monumentales, las ceremonias de inauguración y los millones de espectadores frente a una pantalla, el Mundial empieza ahí.
Empieza en una calle cualquiera de Ciudad de México, de Buenos Aires, de Casablanca o de Seúl. En una cancha improvisada donde alguien grita "el que meta pierde" y donde las porterías son dos mochilas abandonadas sobre el suelo. Empieza en el instante en que un niño imagina que el disparo que está por hacer no es contra una barda descascarada, sino en una final observada por el planeta entero. El futbol siempre ha tenido esa capacidad extraordinaria de transformar cualquier espacio en un escenario. No importa si hay césped perfecto o tierra seca, reflectores o la luz de una tarde cualquiera. Basta una pelota rodando para que aparezca la posibilidad de soñar.
Quizá por eso el futbol provoca algo que pocos fenómenos culturales consiguen. Durante unas semanas, el mundo comparte una misma conversación. Personas que jamás se han visto celebran el mismo gol. Familias enteras modifican horarios. Las ciudades se llenan de banderas. Los cafés discuten alineaciones. Los desconocidos se convierten en compañeros de tribuna. Durante un Mundial, las fronteras parecen un poco menos rígidas y millones de personas descubren que pueden emocionarse exactamente por la misma jugada.
Nadie ha contado mejor esa dimensión humana del futbol que Juan Villoro. Desde hace décadas ha observado el juego con los ojos de quien entiende que en una cancha se representan muchas más cosas que un marcador. En libros como Dios es redondo, Balón dividido y, más recientemente, No fue penal, ha convertido al futbol en una forma de leer la realidad, de entender las pasiones colectivas y las pequeñas historias personales que se esconden detrás de cada partido. Para Villoro, el balón es mucho más que un objeto deportivo: es una máquina de fabricar recuerdos. Basta una jugada para que alguien vuelva a la sala de su infancia, a la voz de un abuelo narrando un encuentro por radio o a aquella tarde en que un gol pareció resolver, aunque fuera por unos segundos, todos los problemas del mundo.
Su mirada se aleja de las estadísticas y se acerca a las personas. Le interesan tanto los héroes como los derrotados, los aficionados que cruzan continentes para seguir a su selección como los niños que juegan descalzos en una calle de tierra. En sus páginas, el futbol aparece como un idioma universal capaz de unir a desconocidos y de despertar emociones que permanecen intactas durante años. Por eso sus libros suelen hablar menos de tácticas que de memoria, menos de resultados que de sentimientos. Detrás de cada partido descubre historias de identidad, pertenencia, esperanza y fracaso. Porque el futbol, como la vida, está hecho de momentos que no siempre terminan como queremos. Se construye con las victorias que celebramos durante generaciones, pero también con las derrotas que seguimos recordando décadas después, esas heridas deportivas que terminan formando parte de la historia familiar y de la memoria de un país.
Y sin embargo, hay algo todavía más poderoso. Cuando el balón comienza a rodar, aunque sea por un instante, el resto parece quedar suspendido. Las preocupaciones cotidianas, las noticias que abruman, las discusiones interminables y los problemas que ocupan las conversaciones diarias ceden terreno a una emoción mucho más simple: ver jugar. No desaparecen los conflictos del mundo, ni las incertidumbres personales, pero dejan de ocupar el centro de la escena. Durante noventa minutos nos permitimos mirar hacia otro lado, compartir una alegría colectiva y recordar que también necesitamos espacios para celebrar. El futbol no resuelve nada, pero a veces nos ayuda a recordar aquello que nos une.
Tal vez por eso cada Mundial deja imágenes que sobreviven mucho más allá del torneo. La atajada imposible. El gol inesperado. El abrazo entre desconocidos en una plaza pública. El llanto de quien vio escapar el sueño. El niño que decidió hacerse portero después de una tarde frente al televisor. Son escenas que terminan formando parte de la memoria de generaciones enteras.
Dentro de poco volveremos a escuchar los himnos, a discutir pronósticos imposibles y a creer que cualquier cosa puede ocurrir durante noventa minutos. Volveremos a reunirnos frente a una pantalla, a intercambiar apuestas absurdas, a recordar viejas hazañas y viejas tragedias. Y cuando el balón vuelva a rodar, ojalá ocurra lo de siempre: que por un momento el ruido quede atrás, que las diferencias se vuelvan menos importantes y que millones de personas, desde un estadio repleto hasta un lote baldío cubierto de polvo, compartan la misma emoción.
Porque quizá esa sea la verdadera magia del Mundial. No la copa, ni las cifras, ni siquiera los campeones. Lo verdaderamente extraordinario es que una pelota siga teniendo la capacidad de detener el tiempo, despertar recuerdos y reunir al mundo alrededor de una historia común. La misma historia que empieza, como casi todas las grandes historias del futbol, en un lote baldío, un balón, un grupo de niños y una polvareda levantándose hacia el cielo.
Y qué dicen ¿fue penal?


















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