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Las cosas que heredamos sin darnos cuenta

  • hace 1 hora
  • 3 min de lectura
Hay cosas que nadie se atreve a tirar. No porque valgan mucho, sino porque alguien que ya no está las tocó antes. Una taza con el asa rota, una receta manchada de aceite, una fotografía cuyo nombre hemos olvidado. Las guardamos en cajones, vitrinas y cajas de zapatos como si ahí dentro estuviera escondida una parte de nuestra vida.

Hay cosas que nadie se atreve a tirar.


No porque valgan mucho dinero, sino porque alguien que ya no está las tocó antes.


Una taza con el asa rota. Una receta escrita a mano y manchada de aceite. Una máquina de coser. Un radio que ya no funciona. Una caja llena de botones. Una libreta con teléfonos de personas que quizá tampoco estén ya. Una fotografía detrás de otra fotografía.


Las guardamos en cajones, vitrinas y cajas de zapatos como si ahí dentro estuviera escondida una parte de nuestra vida.


Y quizá lo esté.


Yo heredé una máquina de coser, un abrelatas, un exprimidor, un tortillero y un comal.


Objetos que, vistos desde afuera, podrían parecer poca cosa. Ninguno tiene el brillo de una joya ni la importancia de una antigüedad de museo. Pero cuando los miro, no veo objetos.


Veo manos.


La máquina de coser me hace pensar en alguien sentado frente a ella, moviendo el pedal con paciencia, pasando la tela por debajo de la aguja, arreglando un vestido, un pantalón, una camisa. El tipo de cosas que antes se reparaban porque todavía podían tener otra vida.


El abrelatas me recuerda que hubo una cocina donde abrir una lata era parte de la rutina.


El exprimidor guarda el recuerdo de desayunos.


El tortillero, el calor de una mesa.


Y el comal...


El comal probablemente sea el que más historias conoce. Sobre él se hicieron tortillas, se calentaron alimentos, se quemaron algunas cosas y seguramente se resolvieron muchas mañanas con ese conocimiento doméstico que no aparece en ningún recetario: un poco de esto, otro poco de aquello y suficiente para alimentar a todos.


Con los años he entendido que las herencias no siempre llegan envueltas en papel bonito.


A veces llegan con grasa, manchas, rayones, olor a cocina y muchos años encima.


Y entonces pienso en todas las cosas que heredamos sin darnos cuenta.


La manera de hacer el café.


Una receta que nadie escribió porque todos sabían cómo hacerla.


La costumbre de guardar las bolsas “porque pueden servir”.


La forma de doblar las servilletas.


El gusto por sentarse siempre en el mismo lugar.


La frase que alguien repetía.


El modo de remendar una prenda.


La costumbre de cocinar de más por si llega alguien.


Eso también se hereda.


Quizá por eso me gusta pensar que los objetos no cuentan su propia historia. Cuentan la historia de las personas que los conservaron.


Una máquina de coser puede hablar de una mujer que trabajó con sus manos. Una caja de botones puede hablar de alguien incapaz de desperdiciar nada. Una libreta de teléfonos puede contar una vida entera de amistades. Un comal puede hablar de una familia que se sentó muchas veces alrededor de la misma mesa.


Y entonces la pregunta deja de ser cuánto vale una cosa.


La pregunta es otra:


¿Qué conservamos realmente cuando decidimos conservar un objeto?


Quizá conservamos una voz.


Una costumbre.


Una casa que ya no existe.


Una persona.


O la sensación, casi infantil, de que mientras ese objeto siga con nosotros, de alguna manera también sigue aquí quien lo tocó antes.


Por eso hay cosas que no tiramos.


No porque las necesitemos.


Sino porque todavía nos necesitan para recordar.


Yo heredé una máquina de coser, un abrelatas, un exprimidor, un tortillero y un comal.


Y ahora sé que no heredé objetos.


Heredé pequeñas pruebas de que alguien estuvo aquí.


Y quizá eso sea una de las formas más sencillas y más bonitas que tiene el amor de quedarse.

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