Las cabronas de Tepito
Ser una «cabrona» es un halago que remite a la capacidad que tienen algunas mujeres de ser disidentes y enfrentarse a las injusticias que el sistema patriarcal y político comete hacia su género y su territorio.
...
Las cabronas de Tepito: porque aquí la que manda no siempre trae pantalón
Hay palabras que nacieron como insulto y, con los años, aprendieron a defenderse solitas. Cabrona es una de ellas.
En Tepito, además, la palabra tiene otro peso. No es la mujer que grita más fuerte, ni la que reparte madrazos, ni la que se sabe todos los albures —aunque ayuda—. Cabrona es la que aguanta, trabaja, defiende a los suyos y, cuando la vida se pone brava, se pone más brava ella.
Y de esas, Tepito ha producido generaciones.
Mucho antes de que los académicos descubrieran que las mujeres sostienen comunidades, familias y economías enteras, en este barrio ya lo sabían. Aquí el matriarcado no necesitó manifiestos ni congresos: se aprendió en la vecindad, en el puesto, en la calle y alrededor de una olla.
Porque Tepito no es solamente ese lugar que aparece en las noticias cuando hay un operativo, una balacera o alguien decide volver a contar que es peligroso. Tepito también es trabajo. Es comercio. Es barrio. Es lealtad. Es una señora barriendo la banqueta a las seis de la mañana mientras el resto de la ciudad todavía está negociando con el despertador.
Y en medio de ese caos organizado aparecieron ellas: Las Siete Cabronas Invisibles de Tepito.
Doña Chelo, Doña Queta, Lourdes Ruiz —la inolvidable Verdolaga Enmascarada, reina del albur—, Mayra, Verónica, Marina y Amelia. Siete mujeres que quizá no salían en los libros de historia, pero que habían escrito la historia de su propio barrio a fuerza de trabajo, hijos, golpes, pérdidas, errores y una cantidad considerable de ovarios.
Lo de “invisibles” tiene su ironía. Porque invisibles eran para muchos. Para el barrio, no.
Doña Chelo, por ejemplo, tuvo diez hijos y se enfrentó incluso a los golpes de un marido que insistía en que todavía faltaban criaturas en la familia. Ella, en cambio, decidió trabajar hasta conseguir que sus hijos estudiaran. Dos terminaron Filosofía, otro Ciencias Políticas y uno vivió veinte años en Alemania.
No está mal para una mujer de Tepito a la que probablemente nadie habría invitado a una mesa de expertos.
Doña Queta, guardiana de la Santa Muerte, crió siete hijos. Y aunque alguno hubiera tomado el camino equivocado, tenía clara una cosa: una madre no abandona a los suyos. “Buenos, malos, ojetes son mis hijos”, decía, con esa sinceridad que no necesita traducción simultánea.
Y luego estaba Lourdes Ruiz.
Lourdes hablaba como hablan quienes han tenido que aprender a vivir sin pedir permiso. Decía que ser una de las siete significaba ser una mujer que se quiere, se respeta y lucha por ella y por su familia. Y si alguien golpea a su barrio, lo defiende como leona.
La frase podría estar bordada en punto de cruz.
Pero hay algo todavía más interesante: Lourdes convirtió el lenguaje de Tepito en una especie de patrimonio cultural. El albur, ese deporte nacional que puede convertir una conversación inocente en una batalla campal de doble sentido, encontró en ella a una de sus grandes embajadoras.
Porque en Tepito hasta las palabras tienen barrio.
La historia de este lugar tampoco empezó con los estigmas modernos. Antes de los españoles, Tepito era un pequeño espacio de intercambio donde se comerciaba aquello que no estaba permitido vender en Tlatelolco. Después llegaron las vecindades, los migrantes, el comercio, las generaciones y las historias. Y así se fue construyendo ese barrio que la ciudad mira con miedo mientras, paradójicamente, lleva décadas comprándole cosas.
Tepito vende casi todo.
Pero quizá su producto más importante sea la resistencia.
En 2009, la artista Mireia Sallarès reunió las voces de estas siete mujeres en el documental Las 7 Cabronas e Invisibles de Tepito. No para convertirlas en estampitas de santoral feminista, sino para escuchar algo que pocas veces aparece cuando se habla del barrio: la voz de quienes lo sostienen.
Porque detrás del hombre que vende, boxea, manda o hace ruido, suele haber una mujer que lleva las cuentas, alimenta a la familia, cuida a los hijos, resuelve el problema y, si hace falta, pone orden.
Eso también es poder.
Por eso Sallarès dejó otra provocación en el espacio público: un pedestal de cemento con una placa que homenajeaba a “las 7 cabronas invisibles de Tepito, a las de antes y a todas las que vendrán”.
Y quizá ahí está lo mejor de la historia.
Que cabrona dejó de ser una palabra para señalar a una mujer incómoda y se convirtió en una especie de reconocimiento.
Porque una cabrona es la que no se deja.
La que se equivoca y vuelve a empezar.
La que trabaja cuando nadie la ve.
La que cría diez hijos y todavía consigue que estudien.
La que defiende a su barrio aunque afuera lo llamen peligroso.
La que habla fuerte porque durante siglos le dijeron que bajara la voz.
Y la que, cuando un señor le dice “qué cabrona eres”, en lugar de ofenderse quizá sonríe y piensa:
“¿Hasta ahorita te diste cuenta?”
Tepito tiene fama de Barrio Bravo.
Pero habría que decir la verdad completa: también es barrio de mujeres bravas.
Y esas, señoras y señores, no necesitan corona.
Con que les digan cabronas, les basta.

Tepito
Antes de la llegada de los españoles, Tepito era un pequeño barrio donde se comercializaba lo que no se permitía en Tlatelolco. En la época del Porfiriato, se construyeron las primeras vecindades que eran destinadas para ser hogares de los arrieros que venían de otros estados. Más tarde, en el gobierno de Miguel Alemán, el barrio se modernizó. Así pasaron los años, mismos que entretejieron millones de historias a su alrededor.
Y es ahí en el caos de la Ciudad de México a unas cuantas cuadras del Centro Histórico, donde se encuentra un conocido y reconocido barrio por sus calles peligrosas, callejones sin salida y pasadizos secretos. Tepito nunca descansa, es un lugar de resistencia, un lugar bravo en donde la gente y la venta de todo lo vendible es incomparable, ahí las personas trabajan de sol a sol, todos los días y a todas horas. Desde tempranas horas familias enteras salen a barrer las calles, colocar sus puestos y acomodar la mercancía.
En ese ambiente complicado, viven y sobreviven doña Queta, doña Lourdes, doña Chelo, Mayra, Verónica, Marina y Amélia.

Anitzel Díaz


















Comentarios