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Un bolillo pal susto

  • anitzeld
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

Dicen que después de un susto grande el alma se te va tantito del cuerpo, como si se asomara por la boca y se le olvidara regresar. Por eso las abuelas no preguntan mucho: te miran pálido, con los ojos abiertos de más, y van directo al remedio — “siéntate y cómete esto”.



El bolillo llega envuelto en una servilleta, tibio todavía. No es tanto por hambre, es para anclarte. Para que mastiques algo real mientras el corazón deja de galopar y el cuerpo se acuerda de que sigue aquí. El pan pesa, ocupa la boca, obliga a respirar más lento. Y en ese gesto simple — morder, tragar, pasar saliva — el susto se va acomodando otra vez en su lugar.


No cura el miedo, dicen, pero lo baja del pecho al estómago, donde ya es más manejable. Por eso en los pueblos no hay psicólogos para el espanto, hay panaderías. Y por eso el bolillo no es sólo pan: es una forma doméstica de decir “ya pasó”, “estás vivo”, “regresa”.

Y casi siempre funciona.


La ciencia responde


Las abuelas no hablaban de cortisol ni de ácido gástrico, pero sabían leer el cuerpo. Por eso recomendaban comer “un bolillo pa’l susto” después de una situación estresante: una alerta sísmica, una noticia fuerte, un sobresalto que deja temblando por dentro.

Hoy la ciencia les da la razón.


Nayeli Xochiquetzal Ortiz Olvera, profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM, explica que el estrés agudo provoca un aumento en la producción de ácido estomacal. Ese exceso de acidez se manifiesta como el famoso “vacío en el estómago”, náuseas o una sensación de angustia física que acompaña al miedo.


En ese contexto, comer pan —algo neutro, seco, sencillo— ayuda a absorber parte de esa acidez y a disminuir la molestia. No es magia: es fisiología. “Ingerir un pan reduce esa acidez tan molesta”, señala la académica, “como bien sabían nuestros antepasados”.


El bolillo, además, no es cualquier pan. Llegó a México en tiempos del Porfiriato, gracias a un repostero francés que, al no encontrar los ingredientes tradicionales para hacer levadura, improvisó con lo que tenía a la mano y creó esta pieza artesanal que terminó volviéndose cotidiana, popular y profundamente nuestra.


Así que cuando alguien te ofrece un bolillo después de un susto, no sólo te está dando algo para el estómago. Te está dando una pausa, un ancla, una forma suave de volver al cuerpo.Una pequeña tecnología emocional que existe desde antes de que la llamáramos ciencia. 🥖✨


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