La mujer que ya no aguanta
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El macho de la TeleNovela debería ser un artefacto caduco como el viejo rancio que se sigue aferrando a los “piropos”. Pero no. Absolutamente no.
Un análisis crítico sobre cómo las teleNovelas mexicanas han perpetuado el arquetipo de la mujer sumisa y por qué es urgente transformar la narrativa hacia personajes femeninos con mayor autonomía y complejidad.
Crecimos aprendiendo que había que portarse bien, amar sin medida, perdonar a tiempo, no hacer escándalo. La protagonista sufría y al final ganaba. Ese era el trato.
TeleNovelas y mujeres
Las teleNovelas mexicanas han sido, durante décadas, una fábrica de emociones. Han enseñado a amar, a odiar, a esperar el beso final en el último capítulo. Pero también han enseñado otra cosa: a aguantar. A resistir en silencio. A perdonar lo imperdonable. A convertir la humillación en virtud.

Detrás de esas historias hay instituciones, sindicatos, escuelas, gremios. Espacios como la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), que durante años han defendido la figura del guionista como autor total, arquitecto del melodrama nacional. De sus filas —dicen— han salido las mejores historias de las grandes cadenas como Televisa y TV Azteca. Y es cierto: han construido un imperio narrativo.
Pero ¿qué tipo de mujer ha habitado ese imperio?
El molde de la mujer que aguanta
La protagonista clásica de la teleNovela mexicana suele compartir rasgos reconocibles: es buena, pura, sacrificada. Su fortaleza no está en la rebeldía, sino en la resistencia. Aguanta la pobreza, el desprecio de la suegra, la violencia simbólica —y a veces física— del hombre que ama. El sufrimiento es su capital moral.
En ese esquema, el conflicto no transforma a la mujer: la prueba. La narrativa la recompensa no por cuestionar el sistema, sino por sobrevivirlo sin romperlo. El final feliz no suele implicar emancipación, sino matrimonio. No autonomía, sino integración al orden.
El melodrama necesita víctimas. Y durante años la víctima ideal ha sido femenina.
¿Quién escribe a quién?
Cuando instituciones formadoras de escritores se sostienen en estructuras jerárquicas tradicionales —donde la mayoría de los puestos de decisión han sido ocupados por hombres y donde el canon se construyó en otra época—, el resultado no es casual. Se perpetúan arquetipos porque funcionan, porque venden, porque ya probaron su
eficacia.
El problema no es solo la representación. Es la repetición. Cuando generación tras generación consume historias donde la mujer “buena” es la que soporta, el mensaje se normaliza. El amor romántico se confunde con la tolerancia al abuso. La paciencia se convierte en virtud suprema. La rabia femenina desaparece del guion.
El feminismo no exige heroínas perfectas. Exige complejidad. Mujeres que duden, que fallen, que deseen poder sin ser castigadas por ello. Mujeres que no tengan que sufrir para merecer la felicidad.

El mercado y el miedo
Se suele argumentar que “eso es lo que el público quiere”. Pero el público también ha aprendido a querer lo que se le ofrece. Las teleNovelas han sido pedagogía sentimental. Han enseñado cómo se ama, cómo se perdona, cómo se espera.
El miedo real no es perder audiencia. Es perder control narrativo. Cambiar el arquetipo implica aceptar que la mujer ya no es el objeto del conflicto, sino su sujeto. Que no solo reacciona, sino que decide. Y decidir implica romper estructuras, incluso dentro de los propios gremios.
¿Es tiempo de personajes más feministas?
La pregunta parece obvia en 2026. En un país donde las mujeres marchan, denuncian, escriben, producen, dirigen. Donde el discurso público ya no tolera con la misma facilidad la violencia romantizada.
Sí, es tiempo. Pero no de heroínas panfletarias. No de discursos insertados a la fuerza. Es tiempo de personajes femeninos que no tengan que ser santas para ser amadas. Que no tengan que aguantar para demostrar dignidad. Que no necesiten redención a través del sufrimiento.
La teleNovela puede seguir siendo melodrama. Puede seguir apostando por la emoción intensa. Pero podría narrar otra épica: la de la mujer que se va, no la que espera. La que pone límites, no la que suplica. La que elige su deseo antes que su martirio.
Si las instituciones que forman guionistas —como SOGEM— quieren seguir presumiendo que de sus aulas salen las mejores historias del país, quizá el verdadero desafío no sea defender su legado, sino revisarlo.
Porque las historias que repetimos construyen el mundo que habitamos. Y si durante décadas hemos enseñado a las mujeres a aguantar, tal vez sea momento de escribir, por fin, cómo se levantan.


















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