El mes de los muertos: cuando el pan se puso de moda y la tradición se volvió temporada
No sé en qué momento el pan de muerto dejó de ser una visita esperada de finales de octubre para convertirse en el protagonista absoluto del otoño. Quizá siempre estuvo ahí y la que no se había dado cuenta era yo. Recuerdo ese pan redondo, cubierto de azúcar, con sus huesitos de masa y ese olor a naranja y azahar que anunciaba que se acercaba el Día de Muertos. Aparecía en las panaderías, llegaba a casa dentro de una bolsa de papel y terminaba en la mesa, junto a un café, partido en pedazos que alguien siempre prometía guardar para el día siguiente. No necesitábamos demasiadas explicaciones: era octubre, venían los muertos y había que comprar pan. Ahora, en cambio, basta con salir a la calle para encontrarse con una versión distinta del mismo personaje. Lo hay relleno de nata, de crema de avellanas, de chocolate, de queso, de pistache, de guayaba, de lo que la imaginación y el departamento de mercadotecnia permitan. Los hay monumentales, miniatura, de colores, con coberturas extravagantes y precios que obligan a pensar si uno está comprando un pan o financiando una experiencia gastronómica.
Y, sin embargo, sería injusto creer que la variedad acaba de inventarse. México tiene una riqueza de panes rituales que cambia de pueblo en pueblo, de horno en horno, de una región a otra. Especialistas en panadería han documentado más de 750 recetas de pan de muerto en distintas comunidades del país. Las piezas cambian según la entidad y las costumbres locales: algunas llevan anís, otras representan figuras humanas y también las hay con formas de alfeñiques. Familias de Puebla, Oaxaca, Guerrero y Guanajuato mantienen vivas estas variantes, que aparecen durante octubre y noviembre y nos recuerdan que el pan de muerto nunca ha sido una receta única, sino muchas maneras de nombrar la memoria. Lo que parece nuevo es que esa diversidad se ha vuelto visible para todos, que ahora viaja por las redes sociales y que las panaderías compiten por sorprendernos cada temporada. El problema es que, entre las recetas heredadas de generación en generación y las novedades creadas para conquistar las vitrinas, a veces confundimos una tradición que lleva siglos transformándose con una moda que necesita renovarse cada año.
Con el Día de Muertos ha sucedido algo parecido. Cuando yo era más joven, noviembre tenía una fecha señalada, un momento para recordar a quienes ya no estaban, poner una ofrenda, visitar el panteón o sentarse a contar las historias familiares que sobreviven a la muerte. La preparación empezaba antes, claro; las tradiciones nunca han obedecido con exactitud al calendario. Pero ahora parece que el país entero se transforma desde que termina el verano. Aparecen las calaveras, las flores de cempasúchil, los disfraces, las catrinas, los escaparates morados y naranjas, los menús especiales, las experiencias inmersivas y los anuncios que nos invitan a celebrar la muerte con anticipación. Halloween se mezcla con el Día de Muertos, las fiestas se multiplican y octubre se convierte en una larga antesala de noviembre. Ya no tenemos un Día de Muertos: tenemos el mes de los muertos.
¿Y cómo pasó? Por muchas razones, supongo. Porque las tradiciones mexicanas tienen una fuerza visual y emocional extraordinaria; porque las redes sociales las han convertido en imágenes que recorren el mundo; porque el turismo, los festivales y la gastronomía han encontrado en ellas una oportunidad económica; porque a las marcas les encantan las temporadas que permiten vender lo mismo con otro envoltorio. También porque nosotros hemos aprendido a prolongar los momentos que nos gustan. Queremos que el otoño dure más, que el pan no desaparezca tan pronto, que haya tiempo para probar todas las versiones, organizar una salida, tomarnos la fotografía y compartirla. Las panaderías responden a esa demanda y, al mismo tiempo, la alimentan. Lo que antes era una costumbre se convierte en tendencia; la tendencia, en negocio; y el negocio necesita adelantarse cada año un poquito más para que no nos aburramos de aquello que todavía no hemos terminado de disfrutar.
No me parece que todo esto sea necesariamente malo. Si una panadería experimenta con nuevos sabores y consigue que alguien descubra el pan de muerto, bienvenida la curiosidad. Si los festivales permiten conocer las variedades regionales y si el interés por la temporada despierta preguntas sobre nuestras costumbres, algo se gana. Lo que me inquieta es que, entre tanto azúcar, relleno y fotografía, terminemos olvidando qué estamos celebrando. Porque el pan de muerto no nació para convertirse en una tendencia de otoño. Es parte de una ofrenda, de un lenguaje con el que los vivos les decimos a nuestros muertos que todavía tienen un lugar en la casa, en la mesa y en nuestra memoria. No hace falta que todos los panes sepan igual ni que las tradiciones permanezcan congeladas en el tiempo; basta con que no perdamos de vista lo que les da sentido.
Al final, me gusta pensar que hay algo profundamente humano en esta obsesión por el pan de muerto. Tal vez lo buscamos tanto porque sabemos que la vida pasa demasiado rápido y que hay placeres pequeños que no conviene dejar para después. Un pan tibio, un café, una conversación que se alarga, el recuerdo de alguien que ya no está. Quizá por eso nos cuesta despedirnos de él y cada año queremos que llegue antes. Aunque también deberíamos preguntarnos si, al adelantar tanto la celebración, no terminamos consumiendo la nostalgia antes de tiempo.
Yo seguiré comprando mi pan, seguramente probaré alguna de esas versiones que prometen cambiarme la vida y, por supuesto, acabaré diciendo que el de siempre era suficiente. Así somos: desconfiamos de las novedades mientras les damos una mordida. Pero cuando llegue noviembre, cuando el cempasúchil esté en su sitio y las fotografías de los ausentes vuelvan a mirarnos desde el altar, quisiera que todavía supiéramos detenernos un momento. Que no todo fuera una experiencia, una publicación o una compra. Que recordáramos que la muerte no necesita una campaña de lanzamiento y que el amor por quienes se han ido no se mide en días de celebración.
El pan puede durar dos meses en las vitrinas. La temporada puede empezar en agosto y terminar cuando las tiendas decidan que ya toca sacar los adornos navideños. Pero la memoria tiene otro calendario. A veces basta el olor de una naranja, una canción, una taza de café o el primer bocado de pan dulce para que alguien regrese, aunque sea por un instante, a sentarse con nosotros. Y para eso, por fortuna, no necesitamos que nadie nos anuncie la temporada.
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