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Cuando la víctima dejó de tener un solo rostro

hace 9 horas
4 min de lectura

Del 7 de octubre a una guerra sin final: cómo Israel, Palestina y el mundo quedaron atrapados en una nueva historia de víctimas, miedo y dolor.




Hay fechas que parten la historia en dos. El 7 de octubre de 2023 fue una de ellas.


Aquella mañana, Israel volvió a sentirse pequeño. Vulnerable. Herido en un lugar profundo de su memoria. Hombres armados irrumpieron en comunidades, asesinaron a civiles y se llevaron a 251 personas como rehenes. Más de 1,200 personas murieron en los ataques y sus familias quedaron esperando una respuesta que, para muchos, todavía no termina de llegar.


Durante décadas, para buena parte del mundo, la palabra judío estuvo inevitablemente ligada a la palabra víctima. Auschwitz, los guetos, las cámaras de gas, las familias arrancadas de sus casas. La memoria del Holocausto había construido una especie de refugio moral alrededor de Israel: un pueblo que había sobrevivido al intento de ser borrado de la historia.


Y entonces ocurrió el 7 de octubre.


Israel volvió a ser víctima.


Pero la historia no terminó ese día.


Comenzó una guerra. Y con ella llegaron otras imágenes: niños palestinos bajo los escombros, familias enteras desplazadas, hospitales destruidos, hambre, ciudades convertidas en ruinas. La respuesta militar israelí produjo una devastación de una escala que cambió también la conversación mundial. Para junio de 2026, Naciones Unidas registraba casi 73,000 palestinos muertos en Gaza desde el comienzo de la guerra, según cifras del Ministerio de Salud de Gaza citadas por la ONU.


Y algo comenzó a cambiar en la conciencia de millones de personas.


No necesariamente la memoria del Holocausto. Esa no debería desaparecer nunca.


Lo que cambió fue la pregunta.


¿Cómo puede un pueblo que conoce tan profundamente el miedo de ser perseguido convivir con el miedo de otro pueblo? ¿En qué momento la necesidad legítima de defenderse se convierte en una guerra que también alcanza a quienes no empuñan un arma? ¿Cuánto dolor puede acumularse antes de que la palabra seguridad deje de significar lo mismo para todos?


Quizá el error está en pensar que las víctimas tienen que permanecer víctimas para siempre. O que quien alguna vez sufrió una injusticia queda moralmente incapacitado para ejercerla sobre otros.


La historia humana es mucho más incómoda.


Una persona puede ser víctima y, al mismo tiempo, formar parte de una estructura que victimiza a otra. Un pueblo puede cargar una herida ancestral y, al mismo tiempo, provocar heridas nuevas. Y un gobierno no es un pueblo. Hamas no es el pueblo palestino. El gobierno de Israel tampoco es todos los judíos del mundo.


Esa distinción importa.


Porque después del 7 de octubre también creció el antisemitismo en distintos lugares del mundo, mientras aumentaba el odio contra los palestinos y los musulmanes. La guerra comenzó a contaminar incluso las conversaciones entre personas que nunca habían pisado Medio Oriente. En las redes sociales, las víctimas dejaron de tener rostro y comenzaron a convertirse en banderas.


Tal vez esa sea una de las cosas más dolorosas que nos dejó esta guerra: descubrimos lo fácil que es dejar de ver personas cuando una tragedia se convierte en causa.


Un niño israelí no debería tener que pagar por las decisiones de su gobierno.


Un niño palestino tampoco debería pagar por los crímenes de Hamas.


Pero durante estos años, demasiadas veces, la infancia quedó atrapada en una guerra que los adultos no han sabido detener.


Y entonces la palabra víctima dejó de tener un solo rostro.


Estaba la madre israelí que esperaba que su hijo regresara de Gaza. Estaba la madre palestina que buscaba entre los escombros. Estaba el sobreviviente del 7 de octubre que ya no podía dormir. Estaba el niño de Gaza que aprendió demasiado pronto el sonido de los bombardeos. Estaba el rehén liberado que regresaba a una casa que ya no reconocía. Estaba la familia que seguía mirando una fotografía porque no sabía si debía llorar o esperar.


Todos tenían nombre.


Todos tenían miedo.


Todos tenían una vida antes de la guerra.


Quizá el mundo cambió el 7 de octubre no solamente porque Israel fue atacado, ni solamente porque Gaza fue devastada después. Cambió porque millones de personas descubrieron que una tragedia puede contener otra tragedia dentro.


Que reconocer el horror de Hamas no obliga a cerrar los ojos ante el sufrimiento palestino.


Que denunciar la destrucción de Gaza no borra el horror sufrido por los israelíes.


Que recordar el Holocausto no puede convertirse en permiso para olvidar a otros muertos.


Y que defender la vida de unos no debería exigirnos aceptar la muerte de otros.


Tres años después, Naciones Unidas insiste en algo elemental: la violencia no ha producido una solución política y la salida necesita garantizar seguridad, dignidad y derechos tanto para israelíes como para palestinos.


Quizá ese sea el verdadero cambio que nos dejó el 7 de octubre: ya no podemos contar esta historia con un solo pueblo como protagonista y otro como antagonista.


Hay demasiados muertos para una historia tan sencilla.


Y demasiadas madres esperando para seguir hablando solamente de quién tuvo primero el dolor.


Tal vez la paz comienza precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos quién merece más nuestra compasión y entendemos que ninguna vida debería necesitar una nacionalidad, una religión o una bandera para ser llorada.


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El 7 de octubre de 2023 rompió una frágil sensación de seguridad en Israel y desencadenó una guerra que transformó también la vida palestina: el ataque de Hamás dejó alrededor de 1,200 muertos y cientos de rehenes, mientras la ofensiva israelí sobre Gaza provocó una devastación masiva y una crisis humanitaria de dimensiones históricas. Lo que comenzó como una tragedia israelí se convirtió en una tragedia mucho más amplia, en la que dos pueblos quedaron atrapados entre el miedo, el duelo, la desconfianza y la violencia. Más allá de las responsabilidades políticas y militares, el gran cambio fue que el mundo comenzó a mirar de otra manera la relación entre víctimas y victimarios, cuestionando la idea de que el dolor de un pueblo pueda justificar el sufrimiento de otro.

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