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El mexicano que le declaró su propia guerra a Hitler

13 sept
3 min de lectura

Un hidrocálido que entendió que el humor también podía ser una forma de resistencia.



Hay personajes que uno encuentra casi por casualidad y después se pregunta cómo es posible que no nos hayan contado antes su historia. Antonio Arias Bernal fue uno de ellos. Nació en Aguascalientes en 1913 y terminó convirtiéndose en uno de los caricaturistas mexicanos más importantes de su tiempo, pero lo extraordinario no está solamente en su talento para dibujar. Está en haber entendido, en plena Segunda Guerra Mundial, que una caricatura podía ser también una forma de combate.


Arias Bernal comenzó a publicar sus dibujos en México y muy pronto encontró en la caricatura política una manera de decir lo que otros no podían o no querían decir. Hitler, Mussolini y Hirohito se convirtieron en algunos de sus personajes favoritos, aunque seguramente ellos no lo hubieran llamado así. Los dibujaba con una mezcla de ironía, inteligencia y una buena dosis de veneno, desmontando desde el papel la imagen de hombres poderosos que pretendían parecer invencibles.


Y entonces ocurrió algo que parece salido de una novela. La revista Life describió su enfrentamiento con Hitler como una especie de guerra privada. Mientras en Europa los ejércitos avanzaban con tanques, aviones y bombas, aquel mexicano de Aguascalientes libraba su propia batalla con un lápiz. No tenía soldados ni armas, pero tenía algo que los dictadores suelen detestar profundamente: la capacidad de hacerlos parecer ridículos.


Sus caricaturas no eran simplemente chistes. En ellas había una posición política muy clara. Arias Bernal utilizaba el humor para cuestionar el poder, para mostrar la brutalidad del fascismo y para recordarle al lector que detrás de los uniformes, los discursos y la propaganda había hombres capaces de cometer atrocidades. Dibujar a Hitler deforme, pequeño, grotesco o atrapado por sus propias ambiciones era, en cierta manera, quitarle la solemnidad al monstruo.


Su trabajo llamó la atención fuera de México. En 1942 viajó a Estados Unidos invitado por el gobierno de ese país para colaborar en la propaganda de guerra y realizó carteles relacionados con la defensa del continente y la unidad de las naciones americanas. Sus dibujos circularon internacionalmente y llegaron a publicaciones tan importantes como Life y The New York Times. El caricaturista hidrocálido había dejado de ser solamente un dibujante mexicano para convertirse en parte de aquella enorme batalla de imágenes que acompañó a la guerra.


Me gusta imaginarlo sentado frente a una mesa, con una hoja en blanco y un lápiz, mientras las noticias que llegaban de Europa hablaban de ciudades bombardeadas, persecuciones y millones de personas atrapadas en una guerra que parecía no tener fin. Y entonces él dibujaba. Porque hay momentos en que uno no puede detener un tanque, pero sí puede hacer algo para que el miedo no tenga la última palabra.


Arias Bernal entendió algo que sigue siendo cierto: el humor puede ser una forma de resistencia. Una buena caricatura no necesita un ejército detrás. Puede desnudar al poderoso en unos cuantos trazos y conseguir que, por un instante, quien parecía gigantesco se vuelva pequeño.


Quizá por eso me gusta tanto esta historia. Porque Antonio Arias Bernal no necesitó estar en el campo de batalla para participar en una guerra que cambió al mundo. Desde México, con tinta y papel, decidió enfrentarse a uno de los hombres más peligrosos de la historia. Y aunque no sabemos si Hitler alguna vez vio personalmente uno de sus dibujos, el caricaturista hidrocálido hizo algo mucho más importante: consiguió que el dictador entrara en sus páginas no como el hombre todopoderoso que quería ser, sino como el personaje grotesco que el lápiz de un mexicano decidió convertir en objeto de burla.



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