Agustín Lara, cuando Coyoacán tenía música
Hay lugares que parecen guardar una canción. Coyoacán es uno de ellos. Basta caminar despacio por sus calles empedradas, mirar las fachadas antiguas, detenerse frente a un balcón o escuchar el murmullo de una fuente para imaginar que, en cualquier momento, alguien podría aparecer con un piano y comenzar a cantar.

Y si hay un personaje que parece pertenecer a ese Coyoacán de las historias, los amores imposibles y las noches largas, es Agustín Lara.
El Flaco de Oro tenía algo de personaje salido de una novela: elegante, seductor, exagerado a veces, profundamente romántico y dueño de una tristeza que sabía convertir en música. Su vida estuvo llena de pasiones, desvelos y canciones que terminaron formando parte de la memoria sentimental de México.
Pero antes de los grandes escenarios, de los amores célebres y de los aplausos, hubo un muchacho que encontró en Coyoacán algunas de las primeras notas de su historia.
Agustín Lara vivió en lo que hoy conocemos como el corazón del centro histórico de Coyoacán. Su mundo cotidiano transcurría alrededor de los jardines Hidalgo y Centenario, cuando el barrio todavía tenía ese ritmo de pueblo en el que los vecinos se conocían y la vida parecía suceder sin demasiada prisa.
Una de las figuras importantes de aquella etapa fue su tía Refugio, quien administraba una casa hogar en una propiedad cercana al centro. Allí había un armonio, un instrumento que despertó la curiosidad del muchacho y en el que comenzó a aprender música de manera autodidacta. A veces pienso en lo extraordinario que resulta que una carrera musical capaz de atravesar generaciones haya tenido uno de sus primeros capítulos en un instrumento encontrado casi por casualidad.
Pero Lara no solamente creció entre aquellas calles: también trabajó en ellas. Durante su juventud tocaba el piano en el antiguo Cine Centenario, musicalizando las funciones de cine mudo. Mientras en la pantalla sucedían persecuciones, romances y tragedias, sus manos acompañaban las imágenes. Coyoacán era entonces parte de su escenario cotidiano, mucho antes de que su nombre apareciera en los grandes carteles.
Y luego está Farolito.
Hay canciones que parecen tener un domicilio. Según los relatos familiares y la tradición que conserva Coyoacán, Lara volvió de adulto a los jardines de su infancia y encontró que aquellas luces que recordaba seguían prácticamente iguales. De esa emoción habría nacido la inspiración para una de sus composiciones más entrañables.
No sé cuánto hay de recuerdo preciso y cuánto de leyenda en esta historia, pero me gusta pensar que fue así. Que un hombre que había recorrido tantos escenarios y conocido tantos amores regresó al lugar donde había sido niño y encontró, en una luz familiar, una razón para escribir una canción.
Hoy, en el Jardín Allende, una escultura recuerda al Flaco de Oro. Está de pie, con una mano en el bolsillo y un farolito a su lado. Es una de esas pequeñas sorpresas que ofrece Coyoacán cuando uno camina sin demasiada prisa.
Me gusta encontrarme con estos personajes cuando camino por el barrio. Porque Coyoacán no solamente conserva casas, plazas y calles antiguas; conserva pedacitos de las vidas de quienes pasaron por aquí. Y en el caso de Lara guarda algo especialmente bonito: la historia de un muchacho que aprendió a tocar un armonio, musicalizó películas mudas y terminó poniendo música a los amores, los desamores y las nostalgias de varias generaciones.
Basta escuchar los primeros acordes de Solamente una vez, María Bonita o Farolito para que algo se despierte. Una persona, una época, un amor que ya no está o aquella versión de nosotros mismos que creíamos perdida.
Quizá por eso me gusta tanto caminar por Coyoacán. Porque de pronto la historia deja de estar en los libros y se sienta con nosotros en una banca, junto a una fuente.
Y si pasan por el Jardín Allende, deténganse un momento frente al Flaco de Oro. Piensen que por esas mismas calles caminó un muchacho que todavía no sabía que iba a convertirse en Agustín Lara.
A veces, para conocer una ciudad, no hace falta entrar a un museo. Basta escuchar lo que sus calles todavía tienen que contar.


















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