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La Ciudad de México de Uruchurtu que enterró sus ríos para construir avenidas

hace 3 horas
6 min de lectura

Uruchurtu, el Regente de Hierro: la ciudad que convirtió sus ríos en avenidas y las lecciones que seguimos sin aprender


La Ciudad de México le debe parte de su rostro moderno a Ernesto P. Uruchurtu. Durante 14 años impulsó grandes obras, construyó avenidas, mercados y equipamiento urbano, pero también consolidó una manera de entender la ciudad: dominar la naturaleza, entubar los ríos y ganar espacio para los automóviles. Seis décadas después, cuando las inundaciones, la escasez de agua y el cambio climático ponen a prueba a la capital, vale la pena revisar su legado.


Hay algo paradójico en caminar hoy por algunas de las avenidas más transitadas de la Ciudad de México: debajo del asfalto, del ruido de los motores y de los interminables embotellamientos, todavía corre la memoria de los ríos que alguna vez atravesaron la ciudad.


Donde hoy circulan miles de automóviles hubo cauces, barrancas y corrientes de agua. La ciudad no solamente creció sobre ellos: en buena medida, decidió desaparecerlos de la vista, convertirlos en drenajes y utilizar sus antiguos recorridos para construir infraestructura vial.


Uno de los personajes centrales de esa transformación fue Ernesto P. Uruchurtu, conocido como el Regente de Hierro, quien gobernó el entonces Distrito Federal entre diciembre de 1952 y septiembre de 1966, durante los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.


Su historia importa porque permite entender una decisión que todavía determina cómo vivimos en la capital: ¿queremos una ciudad que se adapte a su territorio o una ciudad que siga intentando someterlo?


El hombre que quiso ordenar la ciudad


Uruchurtu no fue un personaje menor en la historia urbana de México. Abogado sonorense, político priista y administrador de mano dura, permaneció 14 años al frente del Departamento del Distrito Federal. Su larga gestión le permitió impulsar proyectos que cambiaron de manera profunda el paisaje de la capital.


Durante su administración se construyeron mercados, escuelas, hospitales, parques y grandes vialidades. La Merced, la Lagunilla y Peralvillo forman parte de ese legado. También impulsó la expansión del Periférico y participó en la transformación de antiguos cauces en infraestructura urbana.


Pero hay una obra que merece una revisión especial: el entubamiento de los ríos.

El río de La Piedad, el Churubusco y el Consulado forman parte de la historia de una ciudad que decidió esconder el agua para resolver problemas de saneamiento, inundaciones y movilidad. En aquellos años, los cauces también recibían aguas residuales y representaban un problema sanitario para muchas zonas de la capital. La respuesta de las autoridades fue canalizarlos, cubrirlos y convertir sus recorridos en infraestructura para una ciudad que crecía aceleradamente.


La idea de modernidad estaba asociada al concreto, las avenidas amplias, la circulación de automóviles y la desaparición de aquello que se consideraba un obstáculo para el desarrollo urbano.

Conviene hacer una precisión histórica: los ejes viales que hoy conocemos no fueron obra de Uruchurtu. Su construcción corresponde a la administración de Carlos Hank González, a partir de 1978. Sin embargo, la transformación de los ríos en vialidades y colectores durante las décadas anteriores preparó el camino para ese modelo de ciudad.


La factura de una ciudad que decidió esconder el agua


El problema es que los ríos no desaparecen porque dejemos de verlos.


La Ciudad de México está construida sobre una antigua cuenca lacustre. Sus condiciones geográficas e hidrológicas siguen ahí, aunque hayamos cubierto buena parte de sus cauces con pavimento y concreto.


Una investigación publicada por la UNAM en 2025 explica cómo el entubamiento de los ríos y la expulsión del agua fuera de la cuenca redujeron las posibilidades de infiltración y recarga de los acuíferos. A ello se suman la sobreexplotación del subsuelo y el hundimiento de la ciudad, que modifica las pendientes y dificulta el funcionamiento del drenaje.


Así llegamos a una contradicción que parece imposible: vivimos en una ciudad que se inunda cuando llueve y que, al mismo tiempo, enfrenta una profunda escasez de agua.


El agua que podría alimentar los mantos acuíferos, en buena medida, termina mezclada con las aguas residuales y es conducida fuera del Valle de México. Mientras tanto, cuando llegan las lluvias intensas, los antiguos cauces siguen reclamando su espacio. El Viaducto, construido sobre el antiguo río de La Piedad, es uno de los lugares donde esa memoria se hace evidente cada temporada de lluvias.


No se trata de responsabilizar a un solo gobernante de una transformación que comenzó mucho antes y continuó después de su administración. Se trata de reconocer que las decisiones de aquella época consolidaron un modelo hidráulico y urbano cuyas consecuencias seguimos enfrentando.



¿Qué podemos aprender de Uruchurtu hoy?


La historia del Regente de Hierro deja varias preguntas que deberían estar presentes en la discusión sobre el futuro de la capital.


1\. La ciudad no puede planearse de espaldas a su geografía.


Los ríos, las barrancas, los lagos y los humedales no son terrenos desperdiciados ni obstáculos para el crecimiento. Son parte de la infraestructura natural que permite regular el agua, disminuir inundaciones y sostener la vida. Recuperar cauces y restaurar ecosistemas debe formar parte de cualquier política urbana de largo plazo.


2\. Resolver una emergencia no significa solucionar el problema.


Entubar un río podía resolver problemas sanitarios y facilitar la circulación en determinado momento. Pero convertir los cauces en drenajes y expulsar el agua de la cuenca trasladó y acumuló problemas que hoy tienen un costo ambiental y económico enorme. La lección es que las obras públicas deben evaluarse también por sus consecuencias a varias generaciones.


3\. La movilidad no puede seguir teniendo como prioridad al automóvil.


Las grandes avenidas prometieron rapidez y modernidad. Sin embargo, décadas después, la congestión sigue siendo parte de la vida cotidiana. Una ciudad necesita transporte público eficiente, movilidad peatonal, áreas verdes y espacios públicos, no solamente más carriles y más pavimento.


4\. La planeación urbana necesita visión técnica, pero también participación ciudadana.


Uruchurtu tuvo capacidad de ejecución y una administración con gran influencia sobre el desarrollo de la capital. Pero su gobierno también estuvo marcado por el autoritarismo y el control de la vida social. El investigador Manuel Perló Cohen, autor de Uruchurtu. El Regente de Hierro, documenta esas contradicciones: un funcionario que construyó infraestructura importante y que también ejerció el poder con criterios conservadores y represivos.


La ciudad no puede depender de la voluntad de un gobernante, por decidido que sea. Necesita instituciones sólidas, información pública, continuidad de proyectos y ciudadanos que puedan intervenir en las decisiones que transforman sus barrios.

¿Y si en lugar de seguir enterrando ríos comenzáramos a recuperarlos?


La pregunta ya no es solamente histórica. Frente al cambio climático, las lluvias más intensas y los periodos de sequía, distintas investigaciones universitarias han puesto sobre la mesa la necesidad de recuperar los ríos ocultos de la capital.


Esto implica pensar en corredores verdes y azules, restauración de cauces, humedales, jardines de lluvia, superficies permeables y espacios capaces de retener e infiltrar agua. No significa que todos los ríos puedan desentubarse de inmediato: hay limitaciones hidráulicas, urbanas, sanitarias y de infraestructura que deben estudiarse caso por caso. Pero sí significa dejar de considerar el entubamiento como la única respuesta posible.


La historia de Uruchurtu nos recuerda que las ciudades son el resultado de decisiones políticas. Lo que hoy parece una solución moderna puede convertirse mañana en un problema que tendrán que resolver nuestros hijos y nietos.


El Regente de Hierro quiso ordenar una ciudad que crecía sin detenerse. Construyó, pavimentó, entubó y abrió caminos. Su legado sigue debajo de nuestros pies y frente a nuestros ojos.


Pero quizá la gran lección para quienes gobiernan hoy la Ciudad de México sea entender que la modernidad no consiste en ganarle espacio a la naturaleza, sino en aprender a convivir con ella.


Porque una ciudad no es más moderna por tener más concreto, más segundos pisos o más avenidas. También lo es cuando sabe cuidar el agua, recuperar sus ríos y garantizar que sus habitantes puedan vivir sin miedo a la próxima inundación.





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