top of page

Steve Lynch, un hombre que siempre encontraba la luz

hace 1 día
3 min de lectura

Steve me contó un día que había conocido a Andy Warhol, que había estado en Studio 54 y que había vivido de cerca aquella época neoyorquina en la que todo podía pasar. Yo lo escuchaba y pensaba: ¡qué personaje! Nunca sabía si estaba exagerando un poquito o si realmente había estado en todos esos lugares donde se cruzaba la historia del arte, la música y la noche. Con Steve podía pasar cualquier cosa.



Pero ahora descubro que hubo un artista al que sí conoció de verdad, con quien trabajó, compartió oficina y al que llegó a fotografiar: Romare Bearden, uno de los grandes creadores afroamericanos del siglo XX, un artista que revolucionó el collage y convirtió recortes de revistas, fotografías y pedazos de papel en auténticas historias sobre la memoria, la música y la vida de la comunidad negra estadounidense.


Y aquí viene lo que más me gusta de esta historia. Steve contaba que Bearden dibujaba constantemente en la oficina. Al terminar, muchas veces tiraba sus dibujos a la basura. Steve, que tenía buen ojo para reconocer lo extraordinario, comenzó a rescatarlos. Los guardó durante años. Llegó a reunir cientos. ¡Imagínense! Tener en las manos los dibujos originales de uno de los grandes artistas del siglo XX y saber que los demás los habían considerado simplemente basura.


Cuando Bearden se los pidió para una exposición, Steve se los devolvió. Todos. Nunca volvió a verlos. Hoy podrían valer una fortuna, pero me gusta pensar que Steve no necesitaba conservarlos para quedarse con aquella historia. Había tenido el privilegio de ver trabajar a Bearden, de descubrirlo cuando todavía compartían una oficina y de ser testigo de cómo construía su universo de imágenes.


Y fue precisamente Bearden quien le abrió, sin proponérselo, la puerta a la fotografía. Cuando preparaba una de sus primeras exposiciones importantes en la galería Cordier & Ekstrom, le pidió a Steve que fotografiara la muestra. Aquella fue su primera asignación profesional. Después vendría todo lo demás.


Mira nada más la vida. Steve terminó siendo un fotógrafo publicitario reconocido, pero su primera gran aventura detrás de una cámara comenzó junto a un artista extraordinario, rescatando dibujos que alguien había tirado a la basura. Hay encuentros que te cambian la vida. Y hay historias que uno agradece haber conocido antes de que sus protagonistas se vayan.


Ahora que lo pienso, Steve se vestía como un cuadro de Bearden. Colores, colores y más colores. Como si llevara encima un pedacito de aquel universo de recortes y alegría. Era imposible no verlo. Hoy ya no está y me hace falta imaginarlo entrando a algún lugar con esa ropa suya, tan llena de vida.


Era un gringo muy mexicano. Nació en Irlanda, creció en Nueva York, pero se sentía mexicano de corazón. Así lo decía. Fotógrafo por vocación, médico de profesión y vividor de la buena vida. Porque a Steve le gustaba vivir. Y se le notaba.


¡Qué personaje! Divertido, irreverente, sin pelos en la lengua. Decía lo que pensaba y como lo pensaba. Una vez, en televisión nacional y en vivo, soltó una de esas frases que se quedan para siempre: «tenía una chingadera de este tamaño», mientras abría los brazos para explicar de qué hablaba. ¡Imagínense! Así era él. Sin filtros, sin poses y sin pedir disculpas por ser Steve.


Le gustaban los colores, la buena comida, las historias, la fotografía y el trabajo. Siempre tenía ganas de hacer algo, de inventar, de meterse en otro proyecto. Nunca parecía tener suficiente. Ahora entiendo que quizá esa era su manera de estar en el mundo: con los ojos abiertos, la cámara lista y muchas ganas de seguir viviendo.



Fuente

Comentarios


Historias del día

¡Gracias por suscribirte!

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter

© 2025 

Las noticias directo en tu email. Suscríbete nuestro boletín semanal.

bottom of page