Los volcanes de Dr. Atl: pintar la tierra, atrapar su energía
Hay nostalgias que tienen forma de paisaje. A mí me pasa con los volcanes.
Cada vez que salgo de la Ciudad de México y el camino me regala la posibilidad de verlos, los busco. Volteo hacia el horizonte, intento reconocer sus contornos entre las nubes y, si puedo, los fotografío. Me gusta detenerme a mirarlos, disfrutar esa presencia inmensa, casi misteriosa, que tienen sobre el paisaje. A veces están despejados, otras apenas se dejan ver, como si jugaran a esconderse. Pero siempre los busco.
Hay algo en los volcanes que me provoca una mezcla de fascinación y nostalgia. Quizá porque nos recuerdan que la tierra está viva, que debajo de nuestros pies existe una fuerza que no vemos, pero que está ahí, moviéndolo todo. Son montañas, sí, pero también memoria, fuego, tiempo y transformación. Nos empequeñecen y, al mismo tiempo, nos hacen sentir parte de algo mucho más grande.
Por eso pienso que para entender a Gerardo Murillo, el Dr. Atl, hay que mirar los volcanes no solamente como los paisajes que pintó, sino como una obsesión que lo acompañó durante toda su vida.
Murillo no se conformó con observar la naturaleza. Quiso comprenderla, acercarse a sus entrañas, estudiar sus movimientos y encontrar la manera de llevar esa energía al lienzo. Fue pintor, paisajista, vulcanólogo, escritor y un explorador incansable de la materia. Su relación con los volcanes iba mucho más allá de la representación artística: quería capturar aquello que los hacía estar vivos.
Su quehacer pictórico fue tan inquieto como su personalidad. Dr. Atl rompió con la idea tradicional del paisaje como una representación bonita o contemplativa de la naturaleza. Sus montañas parecen tener movimiento, sus cielos están cargados de energía y sus volcanes no son simples accidentes geográficos: son protagonistas de una tierra que respira, se transforma y puede estallar.
Le interesaba captar los cambios de luz, las atmósferas, las dimensiones del horizonte y esa sensación de inmensidad que produce estar frente a la naturaleza. Trabajó con perspectivas amplias, vistas panorámicas y encuadres que a veces parecen colocarnos en las alturas, frente a un mundo que se extiende hasta perderse de vista.
Su paleta podía pasar de los azules profundos a los verdes, ocres, rojos y naranjas, dependiendo de la hora, la atmósfera y la emoción que buscaba transmitir. No pintaba solamente lo que sus ojos veían, sino lo que intuía que sucedía debajo de la superficie. En sus obras hay una tensión permanente entre la belleza y la fuerza de la naturaleza, entre la calma de un paisaje y la posibilidad de que algo extraordinario ocurra.
Y en esa búsqueda también inventó su propia manera de pintar.
Durante años experimentó con ceras, resinas y pigmentos hasta desarrollar los atlcolors, una técnica propia que le permitió construir sus paisajes mediante capas y texturas. No se trataba simplemente de poner color sobre una superficie, sino de trabajar la materia, manipularla, transformarla y explorar sus posibilidades. Como si cada pintura guardara algo de la composición de la tierra, como si cada lienzo fuera un pequeño yacimiento geológico.
La pintura se convertía así en un territorio de investigación, casi en un laboratorio donde el artista ensayaba otras formas de atrapar la naturaleza. Su curiosidad científica y su inquietud artística se alimentaban mutuamente.
Esa obsesión por la materialidad es precisamente el eje de Dr. Atl. Energía cósmica de la materia, una exposición que propone acercarnos a una faceta fascinante del artista: la del alquimista que buscaba descubrir cómo se manifiesta la energía del mundo a través de la materia.
La muestra, curada por Rebeca Barquera, reúne pinturas, dibujos, fotografías, documentos, libros y revistas para recorrer las distintas dimensiones de su pensamiento y su trabajo. Se organiza en núcleos dedicados al arte de vanguardia, los estudios geológicos, el esoterismo cósmico y las técnicas artísticas.
Me gusta especialmente esa idea de mirar a Dr. Atl desde la experimentación. Porque detrás de sus volcanes hay mucho más que una vocación por el paisaje: hay preguntas, investigación, una curiosidad casi insaciable y la necesidad de encontrar un lenguaje propio para expresar aquello que lo deslumbraba.
Hay artistas que pintan lo que ven. Otros consiguen que miremos de otra manera aquello que siempre estuvo frente a nosotros.
Dr. Atl pertenece a estos últimos. En sus pinturas uno puede sentir el silencio de las alturas, la belleza del paisaje y, al mismo tiempo, la amenaza y la potencia del fuego. Después de encontrarnos con sus volcanes, quizá ya no volvemos a mirar una montaña de la misma forma. Entendemos que no es una postal inmóvil, sino una historia geológica que sigue escribiéndose, una fuerza que duerme y despierta, una conversación entre la tierra y el cielo.
Dr. Atl no pintaba solamente montañas: pintaba la energía que las mantenía vivas.
La exposición se inaugura este 5 de noviembre, a las 19 horas, en el Museo Nacional de Arte (MUNAL).

Yo, que cada vez que salgo de la ciudad busco a los volcanes con la mirada, tengo una razón más para acercarme a ellos: esta vez, a través de los ojos de un hombre que dedicó buena parte de su vida a perseguir su misterio.
Porque hay paisajes que no solamente se miran. Se quedan con nosotros. Y los volcanes, definitivamente, son de esos.


















Comentarios