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La guerra civil tlaxcalteca

  • hace 3 horas
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No fue solo una disputa antigua entre tribus: fue una fractura. En el relato de Tepeticpac, lo que comienza como desacuerdo político termina convertido en una guerra íntima, donde la palabra “libertad” deja de ser un ideal y se vuelve un grito que justifica la ruptura. Los “dirigentes”, encabezados por Culhuatecuhtli Cuanex, encarnan el orden heredado; los “autonomistas”, en cambio, representan el hartazgo de quienes ya no quieren obedecer a los antiguos capitanes. No es difícil ver el punto de quiebre: cuando la legitimidad se erosiona, cualquier llamado a la independencia prende como fuego en la hierba seca.


El texto lo describe sin matices: ambición, conspiración, traición. Pero, sobre todo, describe algo más inquietante—la velocidad con la que una comunidad puede volverse contra sí misma. No hubo invasores. No hubo enemigos externos. Fueron ellos, contra ellos.


Esa escena, aunque lejana en el tiempo, resuena incómodamente con el México actual. No en forma de espadas ni fortalezas sitiadas, sino en la fragmentación cotidiana del discurso público. Hoy, los bandos ya no se organizan en torno a cerros como Tepeticpac, sino en redes, medios y tribunas políticas. Pero el mecanismo es parecido: se invoca al “pueblo” contra una élite; se denuncia a los “traidores” desde dentro; se reescribe la historia según la trinchera que se habita.


La polarización mexicana no ha llegado —ni cerca— a la violencia descrita en la crónica tlaxcalteca, pero sí comparte su lógica emocional: la sospecha permanente, la desconfianza hacia el otro, la idea de que el adversario no es solo alguien con otra opinión, sino alguien a quien hay que derrotar. En ese clima, las diferencias políticas dejan de ser negociables y se vuelven identitarias.


En el relato antiguo, los autonomistas llaman a la plebe en nombre de la libertad. En el presente, ese mismo lenguaje sigue siendo poderoso: libertad, justicia, transformación. Palabras grandes que, dependiendo de quién las pronuncie, pueden unir o dividir. El problema no es el ideal, sino su uso como arma.


Quizá lo más perturbador del texto no es la violencia, sino la familiaridad. “Hermanos contra hermanos”, dice. No es una metáfora exagerada: es la advertencia de lo que ocurre cuando el desacuerdo deja de ser político y se vuelve personal, visceral.


La guerra civil tlaxcalteca no es solo un episodio del pasado. Es un espejo. Uno que no muestra sangre hoy, pero sí grietas. Y las grietas, si no se atienden, siempre buscan por dónde romper.


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Varios son los códices que dan cuenta de la alianza militar de los tlaxcaltecas con las tropas de Hernán Cortés.
Varios son los códices que dan cuenta de la alianza militar de los tlaxcaltecas con las tropas de Hernán Cortés.

Como desde antes de la conquista, durante la colonia y luego de la independencia de México, Tlaxcala se mantuvo como una sociedad más bien cerrada hacia el resto del país.Por qué 500 años después en México no le perdonan a Tlaxcala que se aliara con el conquistador español Hernán Cortés.


Es uno de los estados de México que más relación con el pasado español.


Eso se respira en la arquitectura de sus casas y calles, en fiestas como la del Carnaval adaptado entre náhuatl y al castellano, o hasta en el hecho de que en el pequeño estado hay 36 ganaderías de toros de lidia.


"Tlaxcala siempre ha mantenido su identidad, su esencia, su origen. Eso ha permitido que se conserven mucho sus tradiciones"


En conclusión, la guerra civil tlaxcalteca y la posterior alianza con Hernán Cortés no pueden reducirse a una narrativa de culpa, sino que deben entenderse como decisiones tomadas en medio de tensiones internas y presiones externas dentro de Tlaxcala; más que traición, hubo cálculo en un escenario límite cuyos efectos —como la caída de Tenochtitlan— rebasaron cualquier previsión, recordándonos que las fracturas internas, cuando se cruzan con intereses de poder, suelen desencadenar consecuencias históricas que nadie puede controlar del todo.


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“No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de México.”

—Elena Garro


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