La culpa la tienen los tlaxcaltecas: Elena Garro y la herida que no cierra
- anitzeld
- 21 ene
- 3 Min. de lectura
“No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de México.”
—Elena Garro

En La culpa la tienen los tlaxcaltecas, uno de los cuentos más inquietantes de Elena Garro, el tiempo no avanza: se rompe. Laura, la protagonista, vive atrapada entre dos mundos. En uno está su marido, Pablo, un político gris, casi invisible, y una casa que ahoga. En el otro, un indígena que pelea durante la Conquista de México y que encarna todo lo que el presente le niega: deseo, riesgo, sentido.
Garro no aclara si el amante es mexica, pero tampoco importa. La historia oficial ya decidió que la traición tiene nombre propio y que la culpa recae, como siempre, en los tlaxcaltecas. El cuento juega con esa idea: la repite, la tensa, la vuelve íntima. La traición ya no es solo histórica; es emocional, doméstica, femenina.
Pablo existe poco. Es un hombre que ocupa espacio sin habitarlo. Laura no lo deja entrar del todo, como tampoco deja entrar al presente. En cambio, el primo-marido indígena lo invade todo. Es guerrero, es amante, es memoria. Lucha por algo y muere por ello. En ese gesto hay una épica que el mundo moderno ha perdido.
Nacha, la criada, observa. Escucha. Entiende. Es confidente y conciencia. La única que no se sorprende de que Laura viva dividida. Porque en el universo de Garro, las mujeres siempre están en el umbral: entre la obediencia y la fuga.
Los espacios también hablan. La casa —cocina, dormitorio, rutina— es cerrada, opresiva, aunque sea lo “real”. Los otros lugares, en cambio, se abren: Cuitzeo, Tacuba, Chapultepec. Sitios cargados de historia donde el pasado irrumpe sin pedir permiso. A la Ciudad de México del siglo XX le corresponde el presente; a la Conquista de Tenochtitlan, el sueño o la pesadilla que no termina.
El narrador lo sabe todo, pero es Laura quien toma la palabra cuando cruza al otro lado. Las comillas marcan ese deslizamiento. No hay una sola realidad: hay dos. Y el lector queda atrapado en medio, obligado a decidir qué creer.
Elena Garro rechazaba la etiqueta de realismo mágico. Tal vez porque en sus textos no hay encanto, sino incomodidad. Lo suyo se parece más al sueño: un espacio donde la lógica se afloja y la verdad aparece de otra forma. El sueño, al menos, permite escapar de una realidad que asfixia.
El cuento dialoga con los mitos, como el de la princesa Hapunda, que unió el lago de Cuitzeo con los ríos cercanos a fuerza de lágrimas por su amante perdido. No es casual que ahí aparezca el primo-marido. En Garro, el amor y la historia siempre desembocan en el agua.
En La culpa la tienen los tlaxcaltecas hay sangre, hay traición —la de Laura, la de la Malinche, la de los tlaxcaltecas—, hay culpa. Pero, sobre todo, hay México: repitiéndose, mirándose en el pasado, incapaz de cerrar la herida.

Leer hoy La culpa la tienen los tlaxcaltecas obliga también a corregir una omisión. Elena Garro no fue un apéndice de Octavio Paz ni una figura secundaria del canon: fue una autora con voz propia, capaz de escribir la historia desde el deseo, la culpa y la violencia antes de que eso tuviera lugar en la literatura mexicana. Que durante años se la leyera a la sombra de otro nombre dice menos de su obra que del modo en que se ha contado la literatura. Releerla ahora es devolverle el centro que siempre fue suyo.








