top of page

Tradición charra: ocho mujeres al galope

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Entre polvo, mariachi y giros sincronizados, la escaramuza charra mantiene viva una historia de mujeres que conquistaron el ruedo a fuerza de disciplina, elegancia y resistencia.



Cada sábado a las diez de la mañana ya estábamos listas. Mi yegua y yo. Sombrero bien puesto, fuete en la mano, botas todavía húmedas por el rocío de la mañana. El lienzo olía siempre igual: paja mojada, sudor, tierra revuelta y excremento. Un olor fuerte, sí, pero también familiar. Hay lugares que terminan oliendo a una parte de tu vida.


Ella me veía llegar desde lejos. Siempre relinchaba antes de que pudiera tocarle el cuello. Le ponía el bozal, la sacaba despacio y caminábamos un rato. Primero para que bajara el brío. Después para bajarme yo los nervios. Luego venía el ritual de siempre: cepillar, ensillar, acomodar la silla de lado. En la escaramuza montamos a mujeriegas, con las dos piernas hacia el mismo lado, como las adelitas de las fotografías viejas. Al final el freno. La acercaba a la fuente y montaba. Los primeros pasos altos servían para recordar algo simple: ya estás arriba. Ya no hay marcha atrás.


Desde ahí todo se veía distinto. No mucho más pequeño, pero sí más lejano. Como si el mundo quedara un poco abajo de ti.


Entrábamos al ruedo todavía solas. Caminábamos. Luego el trote. Después el galope. Poco a poco llegaban las demás. La escaramuza nunca fue un deporte individual aunque una a veces se sintiera sola ahí arriba. Éramos ocho casi siempre. Dos filas. Cuatro y cuatro. El abanico. La coladera. Los cruces que pasaban tan cerca que alcanzabas a sentir el aire del caballo ajeno rozándote la falda.


Entonces aparecía Don Mariano.


“¡Atención!”, gritaba.


Y todas mirábamos al frente.


Levantaba el fuete y empezaba la coreografía.


Sí, usamos espuelas. Sí, usamos fuete. Lo dicen mucho quienes nunca han montado. Pero no es amenaza. Es lenguaje. El caballo entiende el cuerpo antes que las palabras. La escaramuza se trata justo de eso: confianza absoluta entre animal y jinete. Un error no pone en riesgo sólo a una, pone en riesgo a todas.


Los domingos eran otra cosa. El domingo era fiesta.


Sacábamos los vestidos de adelita planchados desde la noche anterior, las botas recién boleadas, los sombreros pitiados que brillaban más bajo el sol. Sonaban las coronelas y el mariachi empezaba a tocar mientras los caballos daban vueltas inquietos porque ellos también sabían que había llegado la hora.


La charrería nació entre haciendas, ganado y polvo, en un país donde casi todo parecía pertenecerles a los hombres. Durante décadas las mujeres quedaron reducidas a mirar desde las gradas. Después llegaron las primeras que decidieron montar también. Las pioneras. Las que abrieron espacio a fuerza de insistir. Hoy la escaramuza sigue cargando algo de esa resistencia: ocho mujeres galopando juntas en un deporte que aprendió demasiado tarde que también nos pertenecía.


Al final de la competencia venía la cala.


Había que rayar el caballo. Te colocabas al fondo de la manga y arrancabas al galope con toda la fuerza posible. Luego el freno seco. La tierra se abría debajo de las patas y quedaba marcada una línea larga sobre el ruedo. Entre más larga la raya, mejor. Después venían los giros completos sobre las patas traseras, el retroceso en línea recta. Ahí se evaluaba todo: educación, control, mansedumbre, obediencia. Porque la charrería no es solamente espectáculo. También es disciplina.


Y cuando algo salía perfecto, cuando el cruce parecía imposible y aun así nadie chocaba, cuando el caballo frenaba exacto donde debía, empezaban a volar sombreros y botas desde las gradas. Una lluvia improvisada de admiración. Como un aplauso que cae sobre la tierra.


Después dábamos la vuelta final todas juntas alrededor del ruedo. Las faldas levantándose apenas con el viento. Los caballos ya cansados. El mariachi todavía sonando de fondo.


Y se acababa.


Así vivimos ocho años Valentina y yo. Yo siempre fui más cercana a los caballos que a mis compañeras. Con ella aprendí silencios, paciencia y lealtades que no necesitan explicarse. Hay vínculos que se forman despacio, entre madrugadas, tierra y miedo. Vínculos que no terminan aunque una deje de montar.



La palabra escaramuza antes hablaba de combate. De movimientos rápidos en medio de una batalla. Ahora significa otra cosa. O quizá significa lo mismo, pero distinto. Porque las mujeres dentro de la charrería también tuvieron que pelear para quedarse en el ruedo. Durante años les dijeron que sólo podían acompañar, verse bonitas o aplaudir desde abajo. Pero las hijas de los charros aprendieron a montar igual que sus hermanos. Luego las esposas. Después las nietas. Hasta que las escaramuzas dejaron de ser una exhibición y se volvieron un deporte con reglas, precisión y campeonatos nacionales.


Tal vez por eso las adelitas siguen presentes en cada vestido amplio que gira al galope. Porque la escaramuza guarda algo de memoria y resistencia. Ocho mujeres entrando al ruedo juntas, confiando la vida unas a otras y a sus caballos, mientras la tierra se levanta debajo de las patas. México también se cuenta desde ahí.



Anitzel Díaz

Comentarios


Historias del día

¡Gracias por suscribirte!

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter

© 2025 

Las noticias directo en tu email. Suscríbete nuestro boletín semanal.

bottom of page