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Cuba: un país al borde del silencio

  • 2 mar
  • 4 Min. de lectura

De afuera no nos pueden entregar lo que no tienen para sí mismos


Apagón masivo en Cuba, es el 10 en dos meses
Apagón masivo en Cuba, es el 10 en dos meses

Hoy Cuba está desesperada. Y para entenderlo no basta con mirar: hay que querer ver.


Desde fuera, hablar de Cuba suele venir acompañado de una especie de romanticismo —sobre todo en América Latina— hacia un ideal socialista que, en realidad, nunca llegó a materializarse. Durante décadas se ha repetido la misma narrativa: el bloqueo, el enemigo externo, el culpable de todos los males. Y sin negar que el embargo de Estados Unidos ha pesado sobre la isla, esa explicación única se ha vuelto insuficiente para describir lo que hoy viven los cubanos.


Yo visité Cuba durante muchos años, hasta que un día simplemente dejé de regresar. Vi cómo el país salía lentamente de un marasmo profundo. Hubo momentos en que parecía asomarse una esperanza: una apertura tímida, hoteles nuevos en las playas, el centro de La Habana restaurado, una sensación de que el país podía volver a conectarse con el mundo. Incluso durante un tiempo se creyó que el acercamiento impulsado por Barack Obama abriría una puerta definitiva. Pero esa promesa nunca terminó de cumplirse.


Mi mirada hacia Cuba también es íntima. Hace treinta años me casé con un cubano. En ese entonces la isla ya vivía en la desesperación. Para muchos, el exilio fue la única salida posible. El llamado “Periodo Especial” se llevó consigo a casi una generación entera. El exilio dejó de ser una excepción y se volvió una condición.


Hoy se calcula que unos 2.8 millones de cubanos han abandonado el país. En la práctica, casi todos los cubanos conocen a alguien que se fue o que quiere irse. No todos pueden irse. Pero casi todos quieren.


En mis visitas, muchas veces sola o con mis hijos, fui viendo durante años cambios pequeños pero reales. La familia nos recibía siempre con lo que nunca les ha faltado a los cubanos: alegría, humor, esperanza. Se celebraban navidades. Siempre aparecía un arroz con pollo. Cuba era un país seguro, y para alguien que venía de México eso se sentía como un respiro.


También había momentos que hoy parecen postales: el atardecer en el Malecón de La Habana, la brisa del mar, la conversación interminable. Sí, había algo romántico en todo eso. Pero la realidad nunca desaparecía del todo. La escasez estaba ahí. Los apagones también. Las filas interminables cuando se corría la voz de que habían llegado huevos, pollo o mangos. Incluso ese olor a gasolina que dejaban los autos antiguos —tantas veces convertido en símbolo pintoresco de la isla— era, en realidad, parte de un sistema que sobrevivía a duras penas.


Hoy todo eso parece haberse desmoronado.


La comunicación con la isla depende de algo tan simple como que haya electricidad. A veces se logra hablar. A veces no. Los mensajes llegan a cuentagotas: cuando hubo tiempo para cargar el teléfono, cuando alguien logró conectarse unos minutos, cuando se pide ayuda o se avisa que cerraron las universidades, que otro edificio se derrumbó, que ya no queda comida.


Los más viejos se ponen nerviosos. Ellos ya vivieron esto. Recuerdan el Periodo Especial, cuando se cazaban gatos para poder comer. Hoy, dicen algunos, ya ni gatos se ven.


Lo más sorprendente es ver cómo personas que alguna vez creyeron profundamente en el proyecto revolucionario —combatientes que literalmente entregaron su vida a ese ideal— han terminado marchándose. No porque hayan dejado de creer, sino porque ya no pueden sobrevivir. Y al llegar al país que durante décadas fue presentado como el enemigo, deben pedir asilo y convivir con los otros cubanos: los que se fueron hace años y hoy viven mucho mejor. Mucho, mucho mejor.


Allá, en ese otro país que los exiliados construyeron lejos de la isla, la palabra Cuba ya casi no se menciona.


Mientras tanto, la isla envejece. Un tercio de la población tiene más de 60 años. El futuro parece haberse detenido hace décadas.


Lo que se vive hoy dentro de Cuba es difícil de explicar para quienes observan desde fuera. El país se ha convertido, en muchos sentidos, en una caricatura de sí mismo. Una mezcla de propaganda, manipulación y discursos que ya no corresponden con la vida cotidiana.


El mundo sigue hablando de una Cuba ideológica, simbólica, casi mítica. Pero esa Cuba colapsó junto con sus propios símbolos.


Hoy, dentro de la isla, la realidad es otra. No hay gasolina para ambulancias, pero sí para patrullas que persiguen disidentes. Los pocos recursos que quedan se destinan a la represión. Y quienes pagan el precio son siempre los mismos: los ciudadanos de a pie.


Porque sí, existe el embargo de Estados Unidos. Pero también existe otro bloqueo, menos visible: el que el propio gobierno cubano ha impuesto sobre su gente durante décadas.


A nivel internacional, Cuba suele presentarse como víctima. Dentro del país, para muchos ciudadanos, el Estado se ha convertido en verdugo. Y sin embargo, también es cierto que de afuera no nos pueden entregar lo que no tienen para sí mismos. Ningún país puede resolver desde fuera lo que durante décadas se ha incubado dentro.


Lo sorprendente es el silencio que rodea la falta de derechos humanos en la isla. La ayuda internacional es bienvenida —siempre que llegue a quienes realmente la necesitan—, pero la discusión rara vez se centra en algo elemental: en Cuba hoy no hay libertades básicas.


Y sin embargo, incluso en medio de la miseria, el humor cubano sobrevive. Esa capacidad de reírse del desastre sigue acompañando a la gente.


Tal vez porque nadie logra imaginar un desenlace claro. Cuba parece estar entrando en un callejón sin salida: un país que corre el riesgo de convertirse en un no-país, suspendido entre el pasado, el exilio y una población que ya ni siquiera se reconoce en lo que alguna vez fue.


Desde fuera abundan los pontificadores, los discursos ideológicos, las explicaciones perfectas. Pero casi todos están divorciados de la realidad.


La pregunta que queda es otra:

¿cómo se cuenta lo que significa tener hambre?

¿cómo se traduce lo que significa vivir sin luz, sin futuro, con miedo?


Muchos cubanos intentaron advertirlo. Gritaron durante años para que esto no pasara.


Hoy solo quedan mensajes fragmentados que llegan desde la isla: cuando hay electricidad, cuando alguien logra conectarse, cuando todavía hay batería suficiente para avisar que todo sigue empeorando.


Y aun así, hay que seguir contándolo. Porque aunque el exilio aleje de la fuente, olvidar un país nunca ha sido realmente posible.

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