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El escritor en Pantuflas

  • hace 3 horas
  • 5 Min. de lectura

Cuando escuchamos esa noche que la policía golpeaba la puerta, gritando que Yaneisi había secuestrado a su hijo y tenía que entregarlo, me acordé de la primera vez que lo vi. Llevaba pantuflas, los pelos parados, bata rosa y mirada vidriosa. Fue en México. Un tipo al que Yane jamás habría mirado dos veces, pero cuando la volví a ver después de años ya vivía con él, se iban a casar y pensaban irse a España.


Yaneisi y yo crecimos juntas en el mismo pueblo; fuimos a la misma escuela; nos veíamos casi a diario. Ella es linda de verdad: alta, trigueña, ojos grandes. Los muchachos le sobraban. Siempre nos gustaron el baile y la copa. Íbamos a Varadero todo el verano. Primero llegó Juan, o Juanito, o Juanitico; estaba con nosotros en el internado: juego de niños. Luego apareció Enriquito, ese sí era. La derritió desde la primera vez que se vieron. Dicharachero y mujeriego, de esos que saben endulzarte el oído. A ella se lo endulzó un buen rato. Hasta que se hartó: mucha mujer y nada de trabajo; muy artista, pero no veía para cuándo. Y su madre, cómo jodía la mujercita: que si Enriquito esto, que si Enriquito lo otro. Allá debe seguir; se la perdió. Vinieron otros, sin consecuencias. Para pasar el rato. En esas tardes de calor y oscuridad en que una solo quiere tirarse a la sombra, siempre hace falta un hombre. Aunque sea para darse sillón en un balconcito y decir cualquier cosa.


Mireya, la mamá de Yane, decía que le esperaban cosas grandes. “Mira, con lo linda que tú estás, puedes tener lo que quieras. Tú mueve esos ojitos y los tienes aquí, comiendo de tu mano”. Mejor le hubiera enseñado otra cosa; más le habría servido. Yo me fui con una beca a Alemania y la dejé en la isla. La dejé con Luis; se llevaban bien, los dos idos pa’l carajo, sin darse cuenta de a dónde iba a parar la cosa. La mamá bien que le decía que se agarrara a un extranjero para salir: “Allá te las arreglas, Yane, piénsalo, la cosa aquí está mala”. Por eso me fui yo y por eso se quedó ella. Cuando todo empeoró, tuvo que agarrarse de lo único que había: Ernesto. Dicen que muy inteligente, escritor de renombre. Como si un hombre se midiera por eso. Es que no lo quiero. Lo que la ha hecho sufrir. Yo, por eso, mejor ando sola por el mundo. ¿Para qué cargar con un huevón haciendo mi vida un infierno? Niños me gustan y, quién sabe, algún día se me escapa uno y tengo algún mulatito por acá dando guerra.


Lo conoció porque él gritó desde un balcón: “¡abieeelta!”, en ese sonsonete habanero. Nunca creyó que lo haría; apuesta de borrachos. Ella subió, tocó la puerta y salió este hombre riendo. Ni disculpas pidió: le estampó un beso. Eso le bastó para dejarse arrastrar por él medio mundo. La muy comemierda, mosquita muerta. Siempre callado, creyendo que es más que el resto. Observando y juzgando. Ella fue dejando a sus amigos. Pasó mucho para que yo supiera de ella; ni siquiera sabía que estaba tan cerca de mí.


Cuando la vi allá en México, el día que toqué y salió el hombre en pantuflas, ella se asomó detrás. “Ah, eres tú”, me dijo, después de años sin vernos. “Mira, no puedes pasar porque Ernesto está trabajando y no puedo hacer mucho ruido. Déjame ponerme algo y salimos”. Tuve que esperar en la puerta, cerrada, por supuesto. Salió después de un buen rato. “Mira, mima, hoy no voy a poder; llámame el miércoles por la mañana, él no está”, y me dio un abrazo. Vi que estaba llorando. Con lo que yo la quería, si éramos como hermanas. Pero si crecimos juntas, ¿cómo la iba a dejar yo ahí?


Nos vimos después y me contó que él no era tan malo como parecía. ¿Qué va a decir una, si no le preguntan? Hablamos de mis viajes, de los suyos, de su vida metida en un departamento minúsculo en una ciudad donde no conocía a nadie. Del dinero que no tenía, porque él no la dejaba trabajar ni tampoco le daba. Hasta la golpeaba. ¡Mi niña! Cómo me dolía. Pero está de más hablar con alguien que no quiere escuchar. “Cuando necesites, mima, yo estoy aquí. Conozco gente. Háblame, no te pierdas”. Se perdió. La busqué y, cuando vine a enterarme, ya estaba en España. Se fueron a Barcelona; él hizo que se sacara la nacionalidad española para que se la diera, y la muy monga todo lo hacía. Allá consiguió trabajo en un periódico. Por fin le iba bien.


Hasta pena me daba el pobre, tan feo y simplón. Creí que Yane lo estaba usando de balsita para salir de la isla. Pero de veras lo quería. Tuvieron un hijo en España: Ernestico.


—Pero si ni cuenta se dio cuando nació, y ahora lo quiere. ¡Solo para joderme lo quiere!


Cuando nació Ernestico, él estaba en Cuba, había ido a ver a su familia. “Me dejó sola. No conocía a nadie. ¿Y ahora esto?”


No supe de ellos durante todo el tiempo que Yane estuvo en Europa. La tenía encerrada, a ella y al niño. Ni su familia en la isla sabía; con lo que la quería su papá, si era la luz de sus ojos. “Tan linda que es mi niña, se merece que se la lleven de aquí”, decía.


Un día apareció en mi puerta y casi no la reconozco. Acabada, flaca y triste. Muy triste. Yane se había ido de España; había dejado a Ernesto.


—¡Maricón, conmigo lo que sea, pero con mi hijo no! —fue lo primero que me dijo cuando le abrí.


Durmió tres días seguidos. Nunca hablamos de lo que pasó. No hacía falta. Ella es mi hermana, y eso nunca va a cambiar. El niño fue creciendo, lindísimo. La vida tomó su curso. Yane, ya libre, se puso a trabajar; a veces sonreía.


Hasta que llegó la policía con una orden de una corte internacional, dando gritos, y se los llevaron a ella y al niño. A ella la acusaron de secuestro, de haber sacado al niño de España sin el consentimiento de él. Está en la cárcel todavía. Al niño se lo llevaron a Europa; vaya usted a saber qué será de él. El tipo sigue escribiendo y recibiendo premios. Es inteligente, dicen. Y sabe escribir.


De su último libro, la crítica decía: “Él lleva al extremo todas y cada una de las virtudes y defectos de las diferentes etapas de la vida de un ser humano: es el más divertido y caprichoso de los niños; el más apasionado y lascivo joven; el más normal y sociable hombre maduro; el más cómplice y complicado anciano. Leer a ES es embarcarnos en un viaje hacia una narrativa llena de crítica social, pero también de sensualidad, de inocencia, de amor y de naturaleza…”.


Anitzel Díaz

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