La canción feminista que no alcanza para tapar el silencio
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Cuando la representación se convierte en espectáculo, las preguntas sobre justicia, seguridad y reconocimiento siguen esperando respuesta.

A menos de dos semanas del Mundial, el gobierno decidió sumarse a la conversación con una canción de corte feminista. La intención parecía clara: celebrar a las mujeres, apropiarse de un lenguaje de inclusión y proyectar una imagen de igualdad en un evento que atraerá la atención del mundo. Sin embargo, la respuesta en redes sociales fue menos entusiasta de lo esperado. Muchos se preguntaron por qué el discurso sonaba tan fuerte cuando la realidad sigue hablando en voz baja.
Porque en México las mujeres llevan décadas demostrando su capacidad sin necesidad de que nadie les escriba un himno. Lo han hecho en las aulas, en los hospitales, en los mercados, en las fábricas, en los laboratorios y también en las canchas. Pero el reconocimiento sigue llegando tarde y, muchas veces, incompleto.
El fútbol es un ejemplo evidente. Mientras el deporte varonil concentra los mayores presupuestos, la cobertura mediática y los contratos más lucrativos, las futbolistas han tenido que construir su espacio prácticamente desde cero. Han llenado estadios, roto récords de asistencia y elevado el nivel competitivo de la liga, pero continúan enfrentando desigualdades salariales, menor exposición y un reconocimiento institucional que rara vez alcanza la magnitud de sus logros.
Por eso la discusión provocada por una canción va mucho más allá de la música. Lo que muchas personas cuestionan no es la presencia de un mensaje feminista, sino la distancia entre ese mensaje y la experiencia cotidiana de millones de mujeres. Porque las palabras son importantes, pero terminan perdiendo fuerza cuando no van acompañadas de hechos.
La historia política mexicana tampoco ayuda a disipar las dudas. Durante años vimos cómo las mujeres eran utilizadas para cumplir cuotas sin ejercer realmente el poder. Las Juanitas se convirtieron en el símbolo de una representación simulada: mujeres electas para abrir espacios que terminarían ocupando hombres. La igualdad existía en los discursos y en las estadísticas, pero no necesariamente en la toma de decisiones.
Algo parecido ocurre cuando el feminismo se convierte en una herramienta de comunicación política. Se producen campañas, se imprimen consignas, se graban canciones y se multiplican los mensajes sobre empoderamiento. Sin embargo, detrás de esa narrativa permanecen preguntas incómodas: ¿las mujeres viven más seguras?, ¿reciben salarios justos?, ¿tienen acceso a la justicia?, ¿ocupan espacios de poder real o simplemente espacios visibles?
Y mientras una canción intenta definir el papel de las mujeres en el México de hoy, la realidad ha escrito otro guion mucho más doloroso. Quizá el rostro femenino más visible del país no sea el de una deportista en una campaña publicitaria ni el de una funcionaria en un acto oficial. Es el de las madres buscadoras.

Son mujeres que nunca pidieron convertirse en investigadoras, peritas o rastreadoras. Mujeres que tuvieron que aprender a identificar indicios, recorrer terrenos baldíos y excavar con sus propias manos porque las instituciones no pudieron ofrecerles respuestas. Caminan bajo el sol con una fotografía colgada al cuello y una esperanza que desafía toda lógica. Buscan hijos, hijas, hermanos y esposos en un país donde la desaparición se ha convertido en una herida abierta.
Resulta difícil escuchar discursos triunfalistas sobre el papel de las mujeres cuando algunas de las figuras femeninas más admiradas de nuestro tiempo son precisamente aquellas que han tenido que asumir funciones que corresponden al Estado. La imagen femenina que define esta época no es la de quien canta una consigna; es la de quien remueve la tierra esperando encontrar una respuesta.
México tiene hoy una mujer en la Presidencia, un hecho histórico que merece ser reconocido. Pero la igualdad no se mide por quién ocupa la fotografía principal ni por quién protagoniza una campaña institucional. Se mide por las condiciones en las que vive la mayoría de las mujeres.
Quizá por eso la canción incomodó a tantas personas. No porque hable de mujeres, sino porque parece hablar de un país que todavía no existe. Un país donde las deportistas reciben el mismo reconocimiento que los hombres, donde la representación política no es una simulación, donde las mujeres pueden caminar sin miedo y donde ninguna madre tenga que salir a buscar a sus hijos desaparecidos.
Las canciones terminan cuando se apaga la música. Las desigualdades, en cambio, siguen ahí cuando el estadio queda vacío.
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