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Un Mundial bajo sospecha

  • anitzeld
  • 14 ene
  • 3 Min. de lectura

El Mundial de futbol siempre ha sido un espejo. Refleja pasiones, identidades nacionales, rivalidades deportivas y, desde hace tiempo, también las tensiones del mundo. Pero el Mundial de 2026 refleja algo más incómodo: la dificultad de organizar una fiesta global en un contexto político que se percibe como excluyente.


Estados Unidos, uno de los tres países sede junto con México y Canadá, no solo presta estadios y logística: presta su clima político, su narrativa, sus miedos y sus fronteras. Y eso, hoy, pesa tanto como la infraestructura.


Desde hace meses, el torneo se ha visto rodeado por una conversación que FIFA no controla: visas negadas, restricciones de entrada, temor a redadas migratorias, protestas simbólicas, llamados a boicotear, cancelaciones individuales de viajes. Nada de esto ha puesto en jaque la realización del Mundial —no hay selecciones que se hayan bajado formalmente—, pero sí ha puesto en duda algo más frágil: su legitimidad como evento verdaderamente global.


El futbol se vende como el idioma universal. Pero ningún idioma es universal si no todos pueden cruzar la puerta para hablarlo.


El problema no es Trump. Es lo que representa.


No se trata solo de Donald Trump como figura, sino de lo que su regreso al centro del poder estadounidense simboliza para millones de personas fuera de ese país: cierre, endurecimiento, vigilancia, sospecha. El mensaje que muchos reciben no es “bienvenidos al Mundial”, sino “bienvenidos, si pasan el filtro”.


Y eso contradice la esencia misma del torneo.


El Mundial no es un congreso diplomático ni una cumbre de seguridad. Es un ritual popular que históricamente ha funcionado porque mezcla sin pedir credenciales ideológicas: iraníes y estadounidenses en la misma grada, africanos y europeos en la misma fila, sudamericanos y asiáticos cantando el mismo gol. Es el raro espacio donde la geopolítica baja el volumen y el juego lo sube.


Cuando el acceso deja de ser relativamente neutro y se vuelve político, el Mundial deja de ser solo futbol.


El boicot no es masivo, pero el malestar sí


Las cifras reales importan: no hay estampida de selecciones renunciando ni estadios vacíos en el horizonte. Pero tampoco es irrelevante que haya protestas, campañas de boicot, cancelaciones individuales, federaciones molestas por visas negadas, hinchas que dicen “no me siento seguro yendo”.


No porque esas acciones vayan a detener el torneo —no lo harán— sino porque revelan algo más profundo: que el Mundial ya no es percibido únicamente como una fiesta, sino también como un posicionamiento.


Ir o no ir se vuelve una postura política. Y eso es nuevo.


La FIFA y el espejismo de la neutralidad


La FIFA insiste en que el futbol es neutral. Pero elegir sedes es un acto político. Elegir anfitriones implica asumir sus reglas, sus leyes, sus controles y sus conflictos. En 1978 fue una dictadura militar; en 2022 fue un emirato con severas restricciones civiles; en 2026 es una potencia con fronteras tensas y políticas migratorias duras.


El problema no es que el Mundial tenga política —siempre la ha tenido—, sino que ahora es imposible fingir que no la tiene.


Y esa imposibilidad erosiona la magia.


¿Qué está realmente en juego?


No está en juego si habrá goles, finales emocionantes o estadios llenos. Eso ocurrirá. Lo que está en juego es algo menos tangible: la idea del Mundial como un espacio donde el mundo se permite, durante un mes, no estar roto.


El riesgo no es el boicot. El riesgo es la normalización de que el acceso a la mayor fiesta global del planeta dependa cada vez más del pasaporte, del origen, del color político del momento.


Un Mundial donde no todos sienten que pueden estar no es exactamente un Mundial. Es un gran evento deportivo con fronteras visibles.


Y eso, en un planeta que ya tiene demasiadas, es una derrota que no aparece en el marcador.

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