El peso de un bastón
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El bastón que no da poder, lo presta
Hay objetos que, vistos desde lejos, parecen poca cosa. Un pedazo de madera. Un listón de colores. Una empuñadura de plata. Pero basta entrar a una plaza de comunidad antes del amanecer para entender que hay cosas que no se sostienen con las manos, sino con la memoria. El bastón de mando es una de ellas.
En muchos pueblos indígenas de México nadie se atrevería a decir que ese bastón "da poder". Más bien hace exactamente lo contrario: le recuerda a quien lo recibe que el poder nunca le pertenece. En Oaxaca, en las comunidades mixes, zapotecas o mixtecas, suele entregarse entre el aroma del copal y el sonido de una banda de viento. En Michoacán, las comunidades purépechas lo colocan en manos de quienes conducirán el autogobierno. En Chiapas, los bastones se cubren con cintas de colores que parecen recoger todos los tonos del monte. La ceremonia cambia de un lugar a otro, pero la idea permanece intacta: quien porta el bastón carga la palabra de todos.
Los cronistas cuentan que el silencio durante la entrega impresiona incluso a quienes llegan por primera vez. Los ancianos hablan poco. No hace falta un discurso largo cuando una comunidad lleva siglos ensayando el mismo mensaje. Después viene la música, las flores, el abrazo colectivo. El bastón cambia de manos, pero el mandato sigue siendo el mismo: cuidar la paz, impartir justicia, escuchar antes de decidir.
Quizá por eso sorprende descubrir que el bastón de mando, tal como hoy lo conocemos, no nació en el México prehispánico. El investigador de la UNAM Israel Jurado Zapata explica que es una herencia novohispana, surgida durante la Colonia con las llamadas repúblicas de indios y los cabildos indígenas. Antes existían otros símbolos de autoridad: el xihuitzolli, una diadema de turquesa reservada para los gobernantes mexicas; el Xiuhcóatl, asociado con Huitzilopochtli; o el Chicahuaztli, el bastón ceremonial vinculado con Tláloc. El bastón actual es, en realidad, el resultado de siglos de mestizaje cultural. Un objeto que sobrevivió porque las comunidades le cambiaron el significado: dejó de representar jerarquía para convertirse en compromiso.
Hay una frase que suele repetirse cuando alguien recibe el bastón: "mandar obedeciendo". Parece un contrasentido, pero ahí está una de las lecciones más profundas de los sistemas normativos indígenas. Gobernar no consiste en imponer, sino en escuchar. La autoridad no está por encima de la comunidad; está al servicio de ella. El bastón funciona como un recordatorio permanente de ese pacto.
No resulta extraño entonces que la política mexicana haya querido apropiarse de ese símbolo. En 2018, Andrés Manuel López Obrador recibió un bastón de mando durante una ceremonia organizada por representantes indígenas. Seis años después, Claudia Sheinbaum recibió otro en un acto similar. Las imágenes recorrieron el país: los listones, el copal, las manos levantadas. Parecía un puente entre el Estado y los pueblos originarios.
Pero no todos lo celebraron.
Diversas organizaciones indígenas criticaron aquellas ceremonias y las calificaron de simulación. Recordaron que muchas de las demandas históricas seguían sin cumplirse, entre ellas la implementación de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, firmados en 1996 para reconocer plenamente los derechos y la autonomía de los pueblos indígenas. Para algunos, entregar un bastón mientras permanecían pendientes esos compromisos convertía un símbolo sagrado en escenografía política. Otros fueron más allá y hablaron de apropiación cultural: el bastón tiene sentido dentro de la comunidad que lo otorga; fuera de ese contexto puede terminar reducido a una fotografía.
Ahora el debate regresa con otro protagonista. El abogado mixteco Hugo Aguilar, próximo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, recibirá un bastón de mando durante su toma de protesta. El gesto tiene una carga distinta: por primera vez ese símbolo acompañará la llegada del máximo representante del Poder Judicial. Israel Jurado considera que el hecho podría abrir una conversación importante, siempre que no se quede en el terreno de la imagen. Lo verdaderamente valioso, dice, sería incorporar las prácticas comunitarias de deliberación y representación, no únicamente sus símbolos.
Porque el riesgo del folclor siempre está al acecho. México suele enamorarse de los bordados, los sombreros, las danzas y los bastones, mientras olvida las ideas que les dieron origen. Nos gusta la fotografía, pero no siempre la conversación incómoda que viene detrás.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza del bastón de mando. No está hecho para adornar una oficina ni para legitimar a quien ya ganó una elección. Está hecho para recordar que la autoridad solo existe mientras la comunidad la reconoce. Que gobernar también significa escuchar. Que la justicia necesita memoria. Y que hay maderas capaces de pesar mucho más que el poder.
Significado
Mandar obedeciendo: la autoridad no se ejerce de forma vertical, sino como un servicio al pueblo.
Conexión espiritual: el bastón no es solo político, también es un objeto ritual y sagrado que representa la palabra justa, la fuerza de la tierra y la protección de los ancestros.
Unidad y legitimidad: sin el bastón, la autoridad carece de reconocimiento en la comunidad; con él, se avala públicamente su función.
Equilibrio: quien lo porta debe mantener la paz, la justicia y el respeto a las costumbres.


















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