México tiene un plan. En realidad tiene muchos. ¿Ahora quién los va a cumplir?
México no tiene un solo plan económico; tiene una arquitectura de planes, compromisos, programas y proyectos que se supone deben funcionar juntos. Y la pregunta interesante no es cuántos existen, sino cuáles tienen dinero, instituciones, metas medibles y capacidad real de ejecución.

México está rompiendo récords de inversión extranjera. En 2025 llegaron al país 40 mil 871 millones de dólares, la cifra anual más alta registrada, y durante el primer semestre de 2026 entraron otros 34 mil 968 millones, también un máximo histórico para un primer semestre. La manufactura concentró 38.6% de esos flujos en la primera mitad de 2026. Los números son impresionantes. Pero hay una pregunta bastante menos cómoda: ¿dónde está invirtiendo el capital mexicano y, sobre todo, qué capacidades productivas están quedando en México?
Porque el gobierno de Claudia Sheinbaum no tiene precisamente falta de planes. Tiene muchos. Está el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030, que organiza la política pública alrededor de cuatro ejes generales y tres transversales y recoge los 100 compromisos anunciados por la presidenta. Está el Plan México, con 13 metas y 18 acciones para transformar la estructura productiva. Está el Plan Nacional Hídrico 2024-2030, con 16 proyectos de infraestructura y una apuesta por tecnificar el campo, ordenar concesiones y enfrentar la crisis del agua. Y están los polos de desarrollo, los planes sectoriales, los programas de infraestructura y los proyectos específicos de cada estado.
Incluso el propio Plan México tiene una peculiaridad que dice mucho del tamaño de la apuesta: el gobierno habla de un portafolio de 277 mil millones de dólares en cerca de 2 mil proyectos, además de planes y metas para las 32 entidades federativas. Es decir, no estamos hablando solamente de un documento económico, sino de un intento de reorganizar buena parte de la economía mexicana.
El Plan México: 13 metas para cambiar la economía
La apuesta está escrita con números muy concretos. Para 2030 México quiere convertirse en la décima economía del mundo; mantener la inversión por encima de 25% del PIB desde 2026 y llevarla por encima de 28% en 2030; crear 1.5 millones de empleos adicionales en manufactura especializada y sectores estratégicos; elevar 15% el contenido nacional de las cadenas globales de valor y conseguir que 50% de la proveeduría y el consumo nacional en sectores estratégicos sea hecho en México. También plantea que 50% de las compras públicas sean de producción nacional, fabricar vacunas en el país, formar 150 mil profesionistas y técnicos adicionales cada año, dar acceso al financiamiento a 30% de las Pymes y convertir a México en uno de los cinco países más visitados del mundo.
El problema es que una meta no es todavía una capacidad productiva.
México puede recibir capital extranjero y seguir dependiendo de tecnología extranjera. Puede exportar muchísimo y comprar buena parte de los componentes afuera. Puede convertirse en una enorme plataforma manufacturera para Norteamérica sin necesariamente desarrollar las empresas, patentes, proveedores, investigación y talento que permitan capturar una mayor parte del valor.
Ahí está el verdadero desafío del Plan México.
Exportar no es lo mismo que desarrollar
México lleva décadas integrado a las cadenas globales de producción. El país es una potencia exportadora, particularmente hacia Estados Unidos, pero eso no significa automáticamente que haya dado el salto equivalente en productividad, innovación o contenido tecnológico.
Los datos de la OCDE muestran una fotografía interesante: la formación bruta de capital fijo representó 24.2% del PIB mexicano en 2024, mientras el gasto en investigación y desarrollo apenas rondaba 0.3% del PIB en los datos comparables más recientes. La productividad laboral mexicana se mantiene muy por debajo del promedio de la OCDE.
Y aquí aparece la pregunta que quizá debería acompañar cada anuncio de una nueva fábrica:
¿Cuánto de lo que produce esa fábrica se queda en México?
No solamente en salarios. También en proveedores, conocimiento, tecnología, patentes, empresas mexicanas, investigación, capacitación y nuevas compañías capaces de competir después por sí mismas.
Porque una economía puede crecer alrededor de una fábrica extranjera. Lo difícil es conseguir que alrededor de esa fábrica nazca un ecosistema mexicano.
Entonces llegó Mazzucato
Mariana Mazzucato no llegó a México para decir que el Plan México está mal. De hecho, su diagnóstico parte de algo distinto: México ya tiene buena parte de las piezas necesarias. Lo que falta es hacerlas trabajar juntas.
En el informe State Transformation for Plan México, elaborado junto con Lara Merling desde el Institute for Innovation and Public Purpose de University College London, las autoras sostienen que México cuenta con planes, instituciones, bancos de desarrollo y herramientas financieras y regulatorias, pero carece todavía de una arquitectura de ejecución capaz de articularlos alrededor de objetivos comunes.
Y eso cambia la conversación.
Porque el problema ya no es solamente cuánto dinero puede atraer México. Es cómo utiliza el Estado ese dinero para construir capacidades nacionales.
Mazzucato propone concentrar los esfuerzos en grandes misiones: seguridad hídrica, salud, soberanía energética y soberanía alimentaria. También plantea coordinar a los bancos de desarrollo, utilizar las compras públicas como instrumento para crear mercados y condicionar apoyos públicos a compromisos concretos de inversión productiva, proveedores nacionales, mejores empleos y reinversión.
Dicho de manera menos académica: si el Estado pone dinero, contratos, infraestructura, crédito o concesiones, la pregunta debería ser qué obtiene México a cambio.Y aquí aparece el capital mexicano
Ésta quizá sea la parte menos discutida de la historia.
Cuando hablamos de inversión, solemos mirar hacia afuera: cuánto llega de Estados Unidos, cuánto llega de Europa, cuánto llega de Asia. Pero la construcción de una economía nacional no puede depender únicamente de que otros países decidan instalar aquí sus fábricas.
La inversión extranjera es importante. El récord de IED lo demuestra. Pero el propio Plan México plantea aumentar la inversión total como proporción del PIB, fortalecer la proveeduría nacional y elevar el contenido mexicano en las cadenas globales.
El desafío, entonces, es conseguir que el capital mexicano también encuentre razones para invertir en producción, tecnología, innovación, infraestructura y empresas que puedan crecer.
No se trata de escoger entre capital extranjero y capital nacional. Se trata de conseguir que uno ayude a desarrollar al otro.
Que una empresa estadounidense que fabrica autos en México encuentre aquí proveedores mexicanos capaces de fabricar componentes sofisticados. Que una compañía extranjera de semiconductores encuentre ingenieros, universidades y empresas mexicanas alrededor. Que una inversión en infraestructura genere proveedores nacionales. Que una compra pública no solamente resuelva una necesidad del gobierno, sino que ayude a crear una industria.
Ésa es la diferencia entre atraer inversión y construir una economía productiva.
El agua también tiene que entrar en la ecuación
Y aquí aparece una contradicción que México no puede esconder debajo de una alfombra industrial.
El Plan México quiere más fábricas, más infraestructura, más producción, más energía y más inversión. Pero el país también enfrenta restricciones de agua y electricidad que pueden determinar dónde es posible crecer.
El Plan Nacional Hídrico contempla 16 proyectos de infraestructura y una meta de tecnificar más de 200 mil hectáreas de riego. El propio gobierno reconoce que el agua debe administrarse como un recurso estratégico y que la inversión productiva tendrá que convivir con la sostenibilidad.
Mazzucato y Merling colocan precisamente la seguridad hídrica entre las misiones que deberían obligar a distintas instituciones a trabajar juntas.
Porque no sirve de mucho anunciar un nuevo corredor industrial si después no hay agua para las ciudades, energía suficiente para las empresas o infraestructura para mover mercancías.
¿Cuántos planes puede cumplir México?
Aquí conviene no caer en la tentación de ponerle al gobierno una calificación anticipada. Muchas de las metas están planteadas para 2030 y todavía no existe información pública suficiente para determinar cuántas terminarán cumpliéndose íntegramente.Pero sí podemos mirar dónde está la dificultad.
Primero: inversión. El Plan México quiere superar 25% del PIB desde 2026 y llegar a más de 28% en 2030. La formación bruta de capital fijo fue de 24.3% del PIB en 2024 y los datos trimestrales más recientes de INEGI muestran una proporción menor durante buena parte de 2025 y el primer trimestre de 2026. La distancia no es pequeña.
Segundo: contenido nacional. El gobierno quiere elevarlo 15% en cadenas estratégicas. Ya existen programas para conectar Pymes mexicanas con cadenas automotrices y mecanismos de financiamiento de Nafin, pero convertir a miles de pequeñas empresas en proveedores competitivos requiere certificaciones, tecnología, crédito y años de aprendizaje.
Tercero: empleos. Crear 1.5 millones de puestos adicionales en manufactura especializada no significa solamente abrir plazas. Significa formar técnicos, ingenieros y trabajadores capaces de ocuparlas. Por eso la meta educativa de 150 mil profesionistas y técnicos adicionales cada año no es un complemento del Plan México: es una de sus condiciones.
Cuarto: innovación. México quiere subir en las cadenas globales de valor, pero parte de un nivel de inversión en investigación y desarrollo muy bajo frente a economías avanzadas. Sin ciencia, tecnología y empresas mexicanas capaces de innovar, el riesgo es quedarse como una gran plataforma de manufactura.
Quinto: capacidad del Estado. Éste es precisamente el punto que Mazzucato pone sobre la mesa. Hay planes, dependencias, bancos, reguladores, empresas públicas y presupuestos. La pregunta es si pueden dejar de funcionar como compartimentos separados y convertirse en una estrategia común.
La verdadera prueba del sexenio
Quizá por eso el experimento económico de Claudia Sheinbaum sea mucho más interesante de lo que parece.
No se trata únicamente de saber si México puede crecer. Tampoco de saber si puede atraer 277 mil millones de dólares o romper cada año su récord de inversión extranjera.
La pregunta verdaderamente difícil es otra:
¿Puede México aprender a gobernar su crecimiento?
Porque crecer es una cosa.
Otra muy distinta es decidir qué producimos, quién lo produce, cuánto valor se queda aquí, qué capacidades tecnológicas construimos, qué pasa con las empresas mexicanas y qué recursos naturales estamos dispuestos a utilizar para hacerlo.
Mazzucato pone el dedo justo ahí: la prosperidad compartida no aparece automáticamente porque llegue inversión. Hay que diseñar las condiciones para que esa inversión produzca capacidades, innovación, empleos de calidad y beneficios que permanezcan en el país.
México tiene Plan Nacional de Desarrollo. Tiene Plan México. Tiene Plan Hídrico. Tiene planes sectoriales, polos de desarrollo, proyectos de infraestructura, 100 compromisos y metas para las 32 entidades.Planes no faltan.
Lo que está por demostrarse es si todos esos planos pueden convertirse en una sola casa.
Y quizá ésa sea la pregunta que debería acompañar cada nuevo anuncio de inversión:
¿Estamos construyendo una economía mexicana más poderosa o simplemente una economía extranjera que fabrica desde México?



















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