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Hay recuerdos que huelen a café.

hace 6 horas
3 min de lectura

¿A qué sabe tu café? Para algunos es lo primero que se saborea por la mañana, ese primer trago que pone al mundo en su sitio. Para otros es una conversación con amigos, una sobremesa que se alarga o ese pequeño momento de intimidad en el que nadie necesita hablar. Para muchos más es una forma de vida: una finca perdida entre los valles brumosos de Chiapas, el olor de los cafetales después de la lluvia, las manos que conocen el grano desde que es una flor hasta que termina convertido en una taza. Y para casi todos basta cerrar los ojos para que el aroma haga lo suyo: traer de vuelta una cocina, una casa, una persona, una mañana que creíamos olvidada.



El café llegó a México en el siglo XVIII, encontró en nuestras montañas un lugar extraordinario para crecer y terminó echando raíces profundas, sobre todo en estados como Chiapas, Veracruz, Oaxaca y Puebla. En Chiapas, donde las montañas se llenan de cafetales y la neblina parece quedarse a vivir entre los árboles, el café se volvió paisaje, trabajo, tradición y también identidad. Detrás de cada taza hay manos que sembraron, cuidaron, cosecharon y secaron esos granos antes de que nosotros los moliéramos y les pusiéramos agua caliente.


Y luego están las maneras de tomarlo, que también cuentan quiénes somos. Está el café de olla, ese que no necesita demasiadas explicaciones porque huele a cocina de abuela. Se prepara tradicionalmente con café molido, canela y piloncillo; a veces lleva otras especias, dependiendo de la casa y de la región. El piloncillo le da ese dulzor oscuro, profundo, casi como de caramelo, que convierte una taza de café en otra cosa: en un abrazo caliente.


Porque una taza de café de olla tiene algo de muestra de cariño. Nadie te pregunta demasiado: simplemente te la acercan. Toma, para que despiertes. Toma, porque hace frío. Toma, porque llegaste. Y ahí está, humeando sobre la mesa, como si alguien hubiera encontrado una forma muy sencilla de decirte que se alegra de verte.


También están los cafés de especialidad, los de altura, los de diferentes regiones y variedades, cada uno con sus aromas, acideces, cuerpos y notas. Hay quien encuentra chocolate, frutos rojos, cítricos, nueces, flores. Yo encuentro otras cosas: una cocina todavía en penumbra, una voz que llama desde lejos, una mesa alrededor de la que alguna vez estuvimos todos. El café tiene esa extraña capacidad de guardar lo que nosotros creíamos perdido.


Quizá por eso cada quien tiene su raza de café. El que necesita el espresso pequeño y furioso; el que alarga un americano mientras lee el periódico; el que convierte un cappuccino en sobremesa. Y está el café de olla, que para mí tiene algo de abrazo. Canela, piloncillo, café recién molido y ese olor que se mete por toda la casa antes de que alguien diga buenos días. Una taza así no se prepara solamente para despertar a alguien. Se prepara para cuidarlo.


Porque hay aromas que son una especie de máquina del tiempo. Basta cerrar los ojos y ahí está otra vez aquella casa, aquella mañana, aquella persona. Quizá por eso cuando alguien nos ofrece café no siempre nos está ofreciendo una bebida. A veces nos está diciendo: siéntate, quédate un rato, aquí estás bien.


Y qué curioso que algo tan pequeño pueda contener tanto. Una finca en las montañas de Chiapas, la tierra, la lluvia, las manos que cosechan el grano, una cocina mexicana, una conversación, una ausencia. Todo termina reducido a unos cuantos sorbos.


A mí me gusta pensar que el café no nos despierta solamente. Nos devuelve.

Nos devuelve a la casa de la infancia, a las mañanas compartidas, a quienes ya no están y a quienes todavía podemos abrazar. Nos recuerda que antes de que el día empiece a pedirnos cosas, hubo alguien que se tomó el tiempo de poner agua al fuego y preparar una taza.


Y quizá eso sea lo más entrañable del café: que algunas personas nos han querido de la misma manera toda la vida. Preparándonos una taza.


Por eso, si me preguntan a qué sabe mi café, tendría que cerrar los ojos antes de contestar.

Sabe a casa.


Y por unos minutos, mientras el aroma todavía flota en el aire, también sabe a todos los que alguna vez estuvieron ahí.


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¿Sabías que por una taza de café que cuesta seis dólares en Nueva York, el productor en Chiapas solo recibe 10 centavos?

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