Las mujeres flores: La vida que ocurre cuando nadie mira
Las mujeres menonitas que nos dejaron mirar, por un instante, la vida detrás de sus puertas

Hay algo que siempre nos atrae de las puertas cerradas: la necesidad casi infantil de saber qué hay del otro lado. Queremos una ventana a lo que no nos dejan ver, una pequeña rendija por donde asomarnos a esos mundos que existen muy cerca de nosotros, pero que permanecen fuera de nuestra mirada.
Los menonitas llevan más de un siglo en México. Llegaron en 1922, durante el gobierno de Álvaro Obregón, cuando familias procedentes de Manitoba, Canadá, viajaron en tren hasta Chihuahua para comenzar una nueva vida. El 8 de marzo de aquel año llegaron a San Antonio de los Arenales, hoy Ciudad Cuauhtémoc. El gobierno mexicano les permitió conservar buena parte de sus propias reglas: su religión, sus escuelas, su organización comunitaria y su negativa al servicio militar. Con el tiempo, las colonias se extendieron a otros estados, entre ellos Durango y Zacatecas.
Y quizá por eso siguen provocándonos tanta curiosidad. Porque aunque llevan cien años formando parte de México, para muchos de nosotros continúan siendo una especie de mundo paralelo: los hombres y las mujeres vestidos de otra época, las casas ordenadas, el trabajo del campo, las familias numerosas, las escuelas propias, las reglas religiosas y esa distancia cuidadosamente conservada frente al mundo exterior.
¿Cómo se vive cuando el mundo de afuera no es necesariamente el mundo que quieres?
Esa pregunta es la que vuelve tan fascinante el trabajo de Eunice Adorno en las colonias menonitas de Zacatecas y Durango. Entrar ahí no era cuestión de llegar con una cámara y pedir permiso. Había que esperar, escuchar, convivir y, sobre todo, ganarse la confianza.
Durante meses, Adorno fue construyendo ese puente hasta que las puertas comenzaron a abrirse. Y detrás de ellas encontró algo muy distinto a la imagen rígida que solemos imaginar cuando pensamos en los menonitas. Encontró mujeres, amigas, madres, hijas; mujeres que se ríen, se arreglan, descansan, se miran unas a otras y encuentran pequeños espacios para ser ellas mismas.
Las mujeres flores es, en ese sentido, mucho más que un registro fotográfico. Es una invitación a mirar aquello que normalmente permanece oculto. Las telas floreadas, los gestos, los interiores domésticos, los momentos de ocio y esa intimidad compartida entre mujeres cuentan una historia que difícilmente habría aparecido desde afuera.
Porque quizá eso es lo que buscamos siempre frente a una puerta cerrada: una ventana. Queremos saber qué sucede cuando nadie está mirando. Qué se dicen las mujeres entre ellas. Qué las hace reír. Qué sueñan. Qué parte de sí mismas guardan para el mundo y cuál se permiten conservar puertas adentro.
Y quizá la fotografía sirve precisamente para eso: para abrir, aunque sea por un instante, una ventana hacia una vida que no es la nuestra. Sin invadirla. Sin explicarla demasiado. Solamente dejándonos mirar.


















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