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Cuando una mujer decidió volar

  • hace 23 horas
  • 3 min de lectura

Hay tradiciones que parecen escritas en piedra. O en madera. En el caso de los Voladores, en el tronco de un árbol elegido con una ceremonia que comienza mucho antes de que alguien ascienda al cielo. Porque el vuelo nunca ha sido solo una danza: es una conversación con la tierra.


Mucho antes de que exista un poste, existe un árbol. En las comunidades de la Sierra Norte de Puebla y del Totonacapan, los danzantes caminan el monte para encontrarlo. No puede ser cualquiera. Debe ser alto, fuerte y recto. Se le pide permiso antes de cortarlo, se le ofrecen flores, copal, aguardiente y palabras en lengua originaria. El árbol deja de ser árbol para convertirse en puente entre el mundo de abajo y el de arriba. Después, entre decenas de hombres, es llevado hasta la plaza, donde será levantado como el eje del universo. Solo entonces comienza el ritual.


Dicen que esta ceremonia nació hace más de dos mil años, cuando una larga sequía obligó a los pueblos mesoamericanos a buscar la manera de conmover a los dioses para que regresara la lluvia. Cuatro hombres descendiendo en espiral representan los puntos cardinales y los elementos de la naturaleza; el caporal, arriba, toca la flauta y el tambor para anunciar que el cielo y la tierra vuelven a encontrarse. Cada vuelta tiene un significado. Cada movimiento responde a una memoria que sobrevivió a la Conquista, a la evangelización y al paso de los siglos. En 2009, la UNESCO la reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero para los pueblos que la preservan nunca dejó de ser algo vivo.


Durante generaciones también fue un espacio exclusivamente masculino. No porque las mujeres no pudieran hacerlo, sino porque la tradición sostenía que no debían hacerlo. Se decía que alterarían el equilibrio del ritual, que su presencia rompería el vínculo espiritual con los dioses. Nadie cuestionaba esa idea. Hasta que una niña comenzó a mirar demasiado tiempo hacia arriba.


En 1972, en Cuetzalan, Puebla, Isabel Arroyo Cepeda le pidió a su padre que le enseñara a volar. Jesús Arroyo Cerón era caporal, conocía cada secreto del viento, el peso de las cuerdas y el miedo que se siente a más de veinte metros de altura. Sabía también que enseñar a su hija significaba desafiar a toda la comunidad. Aun así aceptó.


Los primeros ensayos ocurrieron lejos de cualquier mirada. No había un palo ceremonial ni una plaza. Había un árbol de mamey en el patio familiar. Ahí Isabel aprendió a confiar en las cuerdas, a dominar el vértigo y a convertir el miedo en equilibrio. "No había permiso para que las mujeres voláramos y mi padre, después de mucho suplicarle, aceptó enseñarme; casi a escondidas ensayamos en un árbol de mamey", recordaría años más tarde.


Cuando finalmente subió al poste ceremonial, no solo desafió la gravedad. También desafió siglos de costumbre. Muchos aseguraban que aquello traería desgracias, que el ritual perdería su fuerza y que la lluvia dejaría de llegar. Isabel respondió con una frase sencilla que todavía resuena como un manifiesto: *"La danza de la mujer es tan buena como la del hombre; vale lo mismo ante los dioses; nosotras también sabemos volar como las aves."*


Detrás de ella llegaron sus hermanas y, con el tiempo, otras mujeres en Puebla, Veracruz, San Luis Potosí y Michoacán. Siguen siendo pocas. En la mayoría de las comunidades el ritual continúa reservado para hombres y cada pueblo decide si permite o no la participación femenina. Los cambios, cuando se trata de tradiciones ancestrales, casi nunca ocurren de golpe.


En 2006, durante la Cumbre Tajín, Jesús Arroyo cayó del poste mientras realizaba el ritual. Murió haciendo aquello que había dedicado su vida a enseñar. Para algunos fue una maldición; para su familia fue un accidente en una ceremonia que, por su propia naturaleza, implica un enorme riesgo. Nunca aceptaron que la muerte del caporal fuera el precio de haber enseñado a sus hijas.


Hoy se sabe poco de Isabel Arroyo. Eligió el silencio antes que el protagonismo. No hay grandes biografías sobre ella ni monumentos que recuerden su nombre. Sin embargo, cada vez que una mujer se coloca el traje blanco bordado, ajusta las cuerdas y comienza a descender lentamente desde lo alto del palo ceremonial, hay algo de aquella niña que practicaba en un árbol de mamey.


Porque el viento nunca preguntó quién sostenía la cuerda. Esa pregunta siempre fue nuestra. Y quizá la mayor enseñanza de Isabel Arroyo fue demostrar que las tradiciones pueden conservar su raíz sin impedir que florezcan nuevas ramas. Después de todo, el árbol que sostiene el vuelo también tuvo que crecer alguna vez.




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