México más surrealista que Dalí, más impredecible que la IA
- hace 9 horas
- 3 Min. de lectura
...un bocho circulando con un aire acondicionado amarrado atrás en pleno calor tabasqueño, un perro viajando sobre una motocicleta con más equilibrio que el conductor, una quinceañera entrando en lancha por calles inundadas, mariachis tocando junto a un socavón, un puesto de tacos funcionando durante un apagón iluminado sólo por la flama del comal y hasta gente transportando un refrigerador en mototaxi como si fuera lo más normal del mundo.

Hay países que producen tecnología. Otros producen petróleo. Y luego está México, que produce anécdotas imposibles. El único lugar donde un tráiler puede quedar atorado en una calle recién inaugurada mientras atrás pasa una procesión religiosa, un vendedor de esquites y un dron grabando para TikTok. El único país donde un gobernador inaugura un hospital sin camas, donde una marcha termina en verbena y donde un meteorito cae en plena campaña electoral y alguien inmediatamente pregunta si “sí beneficia al turismo”.
Por eso últimamente se escucha tanto eso de: “México siempre superando a la IA”. Porque mientras el mundo teme que la inteligencia artificial domine a la humanidad, México sigue haciendo cosas que ni el algoritmo más avanzado podría prever. ChatGPT podrá escribir poemas, resolver ecuaciones y generar imágenes hiperrealistas, pero jamás imaginaría un policía escoltando una vaca por Periférico mientras un organillero toca “Cielito lindo” y alguien transmite todo en vivo con la descripción: “cosas que pasan en mi poderosísimo México”.
Hay algo profundamente artístico en el caos mexicano. Y quizá por eso siempre vuelve la frase atribuida a Salvador Dalí: “De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”. La frase probablemente fue exagerada con los años —como casi todo en México— pero sobrevivió porque describe una sensación real: aquí el absurdo no necesita museo. Vive entre nosotros. Se sube al microbús. Hace fila en el SAT. Tiene estampita de San Judas y dos celulares.
El surrealismo europeo necesitó manifiestos, teoría y cafés parisinos. En México bastó con abrir la ventana. Mientras René Magritte pintaba hombres flotando en el cielo, acá ya existían funcionarios desapareciendo presupuestos. Mientras Frida Kahlo convertía el dolor en símbolos y colores imposibles, el país entero parecía decidido a convertir la vida cotidiana en una instalación artística permanente.
Quizá por eso tantos artistas extranjeros quedaron fascinados. Leonora Carrington encontró en México criaturas que parecían salidas de sus cuadros. Luis Buñuel filmó aquí películas donde la realidad siempre estaba a medio paso del delirio. Y André Breton llegó a llamar a México “el país surrealista por excelencia”. No porque hubiera magia, sino porque aquí conviven demasiadas realidades al mismo tiempo: pobreza y lujo, tragedia y fiesta, devoción y meme.
México es el país donde alguien puede rezarle a la Virgen antes de apostar el sueldo en un partido del Cruz Azul. Donde los puestos de tacos aceptan transferencia pero el banco lleva tres días “en mantenimiento”. Donde los apagones se vuelven tendencia acompañados de memes hechos en cinco minutos. La IA todavía necesita datos para aprender; el mexicano improvisa. Y esa improvisación nacional es casi un arte performático.
Las redes sociales terminaron de convertirlo en género literario. Cada semana aparece un nuevo episodio del universo mexicano: la señora que lleva un guajolote en el metro, el niño disfrazado de Doctor Simi en un festival escolar, el mariachi cantando afuera de un Oxxo inundado. Cosas tan específicas que parecen escritas por un guionista cansado y con exceso de café.
Tal vez por eso el chiste funciona tan bien. “México siempre superando a la IA” no es sólo una broma sobre tecnología. Es una forma de decir que este país todavía conserva algo imposible de automatizar: la capacidad de sorprender. Porque mientras Silicon Valley intenta construir máquinas que piensen como humanos, México lleva siglos demostrando que los humanos aquí piensan como si fueran personajes de una novela de realismo mágico escrita después de tres mezcales.
Y quizá ahí está el secreto. El surrealismo en México nunca fue una corriente artística. Fue método de supervivencia. Una manera de reírse del caos para no dejarse aplastar por él. Aquí el humor aparece incluso en la tragedia, como los vendedores de “ya se la saben” impresos en playeras o los memes que nacen minutos después de cualquier desastre nacional. El mexicano convierte el absurdo en relato porque, de otro modo, sería insoportable.
Así que sí: probablemente la inteligencia artificial logrará conducir coches, diagnosticar enfermedades y escribir discursos presidenciales mejores que muchos presidentes. Pero todavía le falta entender algo esencial: cómo un país puede colapsar y organizar una carne asada al mismo tiempo. Ahí, por ahora, México sigue siendo insuperable.


















Comentarios