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México y Estados Unidos: dos países polarizados que ya no pueden darse el lujo de pelear

  • hace 45 minutos
  • 6 min de lectura

Las elecciones de medio mandato estadounidenses llegan en un momento particularmente delicado para la relación bilateral. Del otro lado de la frontera, México se prepara para sus propias elecciones intermedias de 2027. En ambos países la política se ha convertido en una batalla de identidades, mientras comercio, migración, seguridad y soberanía siguen atándolos.



Hay una paradoja incómoda en la relación entre México y Estados Unidos: mientras más se necesitan, más difícil parece resultarles ponerse de acuerdo.


Este año Estados Unidos vuelve a las urnas. El 3 de noviembre se celebrarán las elecciones de medio mandato, en las que estarán en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 33 escaños del Senado. No se votará por presidente, pero sí por algo que puede resultar casi igual de importante para México: cuánto margen tendrá Donald Trump para gobernar y cuánto poder tendrá el Congreso para frenarlo, acompañarlo o negociar con él.


México observa el proceso desde una posición peculiar. No tiene elecciones federales este año —las siguientes intermedias serán en 2027—, pero sí está entrando en el tramo político que inevitablemente terminará contaminado por el calendario electoral estadounidense.


Y ahí aparece el primer punto en común: la polarización.


En Estados Unidos, el enfrentamiento entre republicanos y demócratas se ha convertido en una forma de identidad política. La campaña republicana para 2026, por ejemplo, está recurriendo nuevamente a la migración, la inflación y al enfrentamiento con el ala progresista demócrata como elementos movilizadores.


En México tampoco necesitamos demasiada imaginación para reconocer el fenómeno. La discusión pública se ha acostumbrado a dividir el país entre los que están con la Cuarta Transformación y los que están contra ella; entre defensores y críticos del gobierno; entre “pueblo” y “élite”, “soberanía” e “injerencia”, “izquierda” y “conservadores”.


La diferencia es que las elecciones estadounidenses tienen una particularidad que México debería mirar con mucho cuidado: cuando Estados Unidos entra en campaña, México puede convertirse en argumento electoral.


La migración, el fentanilo, los cárteles, los aranceles, la frontera y el déficit comercial son asuntos que pueden producir votos en Estados Unidos aunque sus consecuencias se paguen también del lado mexicano.


Y ya hay señales de que la relación económica está atrapada en ese juego. México y Estados Unidos negocian actualmente asuntos relacionados con aranceles al acero, aluminio y automóviles, mientras la revisión del T-MEC agrega incertidumbre a las empresas que operan en ambos países.


El problema es que aquí no hablamos de dos vecinos que simplemente comercian entre sí.


Hablamos de dos economías profundamente entrelazadas.


De cadenas de suministro que cruzan la frontera varias veces antes de que un producto llegue al consumidor. De millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. De familias binacionales. De trabajadores que cruzan diariamente. De empresas estadounidenses instaladas en México y empresas mexicanas que dependen del mercado estadounidense.


La frontera no es una línea.


Es una infraestructura económica, familiar y humana.


Y por eso resulta tan absurdo que cada elección pueda convertirla en una trinchera.


¿Qué tienen en común México y Estados Unidos?


Mucho más de lo que sus discursos políticos suelen admitir.


Los dos países enfrentan una creciente desconfianza hacia las instituciones. Los dos tienen sociedades cansadas de la desigualdad. Los dos padecen problemas de seguridad. Los dos enfrentan debates intensos sobre migración, empleo y costo de vida.


Y los dos han descubierto que el enojo moviliza mejor que la esperanza.


Pero también hay una diferencia fundamental.


México no puede permitirse relacionarse con Estados Unidos únicamente desde la lógica ideológica.


Porque Estados Unidos no es solamente Donald Trump.


Ni es solamente el Partido Republicano.


Ni es solamente Washington.


Es también Texas, California, Arizona, Michigan, Georgia, empresarios, sindicatos, universidades, agricultores, alcaldes, gobernadores, congresistas, consumidores y millones de ciudadanos de origen mexicano.


La relación bilateral necesita dejar de depender tanto de la relación entre dos presidentes.


¿Qué le conviene a México que ocurra en Estados Unidos?


La respuesta fácil sería decir: que gane el partido que sea más favorable a México.


Pero esa respuesta es demasiado corta.


A México le conviene, sobre todo, un Estados Unidos predecible.


Uno donde las reglas comerciales duren más que una campaña electoral. Donde la política migratoria no cambie completamente cada cuatro años. Donde la cooperación contra el crimen organizado no dependa de quién tenga el micrófono. Y donde la relación con México pueda discutirse como política de Estado y no solamente como munición electoral.


Por eso, desde los intereses mexicanos, una pregunta más útil que “¿demócratas o republicanos?” sería:


¿qué resultado electoral puede generar más certidumbre para México?


Una Casa Blanca poderosa pero sin contrapesos puede ser capaz de tomar decisiones rápidamente, pero también puede aumentar la volatilidad.


Un Congreso dividido puede dificultar acuerdos, pero también puede funcionar como contrapeso.


Un Congreso de oposición al presidente podría abrir espacios de negociación en algunos temas y bloquear otros.


Y una victoria amplia del partido gobernante podría facilitar la agenda de Trump, incluida su política comercial y migratoria.


El resultado, por tanto, no es blanco o negro.


Para México, el escenario menos conveniente es probablemente el que combine polarización extrema, incertidumbre comercial y una relación bilateral utilizada como arma electoral.


El verdadero problema: la relación está demasiado presidencializada


Durante décadas México ha construido buena parte de su política hacia Estados Unidos alrededor de la relación entre presidentes.


Eso funciona cuando ambos gobiernos se entienden.


Se vuelve peligrosísimo cuando no.


La relación debería tener muchos más puentes: Congreso con Congreso; gobernadores con gobernadores; empresarios con empresarios; universidades con universidades; ciudades fronterizas con ciudades fronterizas.


Brookings ha señalado precisamente la profundidad de esa interdependencia: una frontera de 3,169 kilómetros, más de 50 cruces y puentes internacionales y una red de relaciones que incluye comercio, migración, seguridad y cadenas productivas.


Es decir: la relación entre México y Estados Unidos es demasiado grande para dejarla únicamente en manos de los presidentes.


¿Cómo se cura una relación así?


No con discursos de amor.


Tampoco con discursos de dignidad.


Y mucho menos con insultos.


Se cura con intereses compartidos.


México necesita llegar a Washington con una agenda que pueda entender tanto un demócrata como un republicano: empleos estadounidenses vinculados a las cadenas productivas mexicanas; reducción del tráfico de armas hacia México; combate conjunto al fentanilo; control migratorio con reglas claras; energía; infraestructura fronteriza; agua; tecnología y seguridad.


Estados Unidos necesita entender que México no es únicamente una frontera que hay que vigilar.


Es también uno de sus principales socios económicos.


Y México necesita entender que la soberanía no significa aislarse.


Significa negociar desde una posición de fuerza.


Eso implica tener una economía menos vulnerable, instituciones confiables, seguridad jurídica, infraestructura, energía suficiente y una estrategia de diversificación que permita decirle a Washington “no” cuando sea necesario sin poner en riesgo la estabilidad mexicana.


Porque hay una verdad incómoda: México necesita a Estados Unidos muchísimo.


Pero Estados Unidos también necesita a México.


La economía estadounidense depende de cadenas productivas norteamericanas que cruzan la frontera. La incertidumbre sobre el futuro del T-MEC ya está afectando decisiones de inversión y algunas empresas están reconsiderando proyectos por la falta de claridad sobre las reglas comerciales.


El error sería escoger bando


México debería resistir la tentación de apostar todo a que un partido estadounidense “salve” la relación.


Porque los partidos cambian.


Los presidentes cambian.


Los congresistas cambian.


Los gobernadores cambian.


La geografía no.


La frontera tampoco.


Y tampoco cambia el hecho de que México y Estados Unidos comparten una de las relaciones económicas y humanas más profundas del mundo.


Por eso quizá la pregunta más importante de estas elecciones estadounidenses no sea quién gana.


Es qué tipo de Estados Unidos emerge después de noviembre.


Uno todavía más polarizado, en el que México siga siendo utilizado como enemigo electoral.


O uno capaz de recuperar cierta capacidad de negociación interna y entender que la relación con México no es una guerra cultural sino una necesidad económica, estratégica y humana.


México tampoco está fuera de este problema.


Porque cuando lleguen nuestras elecciones intermedias de 2027, los políticos mexicanos tendrán la tentación de hacer exactamente lo mismo: convertir a Estados Unidos en villano, escudo o argumento de campaña.


Y quizá ahí esté la verdadera prueba de madurez.


De ambos lados de la frontera.


Porque México no necesita que Estados Unidos se vuelva “amigo”. Necesita que vuelva a ser predecible. Y Estados Unidos no necesita que México le diga siempre que sí. Necesita un vecino capaz de decirle que no, pero sentado en la misma mesa.


Tal vez así se empieza a curar una relación que no puede darse el lujo de romperse.



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