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Louise Bourgeois y su viaje al infierno

  • anitzeld
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 días


“Estuve en el infierno y regresé, y déjenme decirles: fue maravilloso”. Louise Bourgeois no hablaba en metáfora. El infierno era un lugar conocido. Hubo un intento de suicidio, depresiones persistentes, agorafobia diagnosticada y otros trastornos que la acompañaron durante años. El regreso fue a través del arte. Cortar, perforar, verter, esculpir: usar las manos para sacar afuera la angustia y la rabia que venían desde la infancia y convertirlas en obra.


Gran parte de su trabajo vuelve una y otra vez a la niñez. A ese territorio donde conviven la magia y el daño. Ahí están la traición del padre y la relación distante con la madre. Louise era más cercana a Sadie, su tutora inglesa, tan inglesa como todo lo que le gustaba a Louis Isadore Bourgeois, su padre. La relación que Sadie mantuvo con él durante más de diez años fue una herida que no cerró nunca y que atravesó toda su obra.


Bourgeois entendía el arte como un espacio de creación, pero también de destrucción. Por eso prefería los materiales que resisten. La cerámica se rompe con un golpe; el hierro permanece. Su padre descargaba la ira rompiendo porcelana. Louise hacía algo parecido en su estudio, con una diferencia fundamental: ella transformaba. Construía estructuras oscuras por las que el espectador camina, se pierde, carga. La experiencia no es cómoda ni busca serlo.


Dibuja, cose, ilumina, teje, une. Como en sus arañas, la serie más conocida de su obra. Ahí lo femenino y lo masculino no se enfrentan, se equilibran. Las patas largas y firmes sostienen el cuerpo; la bolsa frágil protege los huevos. En Maman, su escultura más monumental, se puede caminar por debajo, como Louise de niña se metía bajo los muebles de su casa, cuando todo parecía enorme. Maman es refugio y amenaza, paraguas y ventana. También es un regreso: el camino hacia la madre, la tejedora.



Louise Bourgeois murió en 2010, a los 98 años. Fue escultora, pintora, artista. Nació en Francia, pero pasó la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Estudió matemáticas en la Sorbona y las dejó por el arte. Abrió una pequeña galería en París y en 1938 se casó con Robert Goldwater. Antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial se mudaron a Nueva York. Tuvieron tres hijos. Pronto se integraron al circuito artístico y conocieron a Miró, Duchamp, Le Corbusier.


Después de la muerte de su esposo, Louise recibía gente los domingos en su casa. No era una anfitriona complaciente. Muchos se iban removidos, incómodos. Su casa era también su estudio. De la agorafobia al insomnio. De la introspección al trabajo constante. Su carrera se extendió por más de cincuenta años, pero el reconocimiento mundial llegó tarde, en 1993, cuando fue invitada a la Bienal de Venecia. A partir de entonces, sus arañas comenzaron a recorrer el mundo.


En su obra, Bourgeois reescribió su historia familiar. Leía de forma obsesiva —Las cartas de Van Gogh a su hermano Theo eran su libro de cabecera— y llevaba diarios como quien necesita fijar lo que duele. Su trabajo es corporal, orgánico, a veces sensual. Dibujos, grabados, telas cosidas a mano, acuarelas, gouache, lápiz y papel. Esculturas monumentales. Louise Bourgeois no buscó sanar: buscó decir. Y con eso le bastó para convertirse en una de las artistas más influyentes del siglo XX.



Anitzel Díaz

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