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Cuando el arte posa y deja de incomodar

  • anitzeld
  • hace 11 horas
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 11 minutos


La Semana del Arte en la Ciudad de México ocurre como una coreografía bien ensayada. Todo está en su lugar: los stands impecables, las listas de invitados, las copas de vino blanco, los recorridos cronometrados. La ciudad se llena de arte —o de algo que se le parece— y durante unos días parece que nada más importa. Pero basta caminar un poco más despacio para notar otra cosa: el silencio.


Cuando el arte se queda quieto, posando para la cámara, deja de incomodar. Se vuelve escenografía. Fondo neutro para saludos estratégicos y fotos que duran lo mismo que una historia de Instagram. Algo de eso flota este año en el aire de la Semana del Arte: mucho brillo, mucha corrección, una extraña ausencia de riesgo.


Hubo un tiempo en que el arte no pedía permiso. Denunciaba, molestaba, señalaba al poder y también a quienes miraban. Hoy, en el circuito más visible, buena parte de lo que se exhibe parece domesticado por el mercado y por la lógica del like. Las obras no interpelan: decoran. Los discursos acompañan: no cuestionan. Todo es amable, fotografiable, vendible.


La denuncia —cuando aparece— está medida. Curada para no incomodar demasiado a coleccionistas, patrocinadores o marcas. El conflicto se vuelve estético, la crítica se vuelve diseño. El arte habla de todo, pero sin tocar nada.


Sin embargo, no toda la ciudad está en la misma frecuencia. Mientras las ferias concentran miradas y reflectores, otros espacios trabajan desde otro lugar, más lento, más incómodo. El MUAC, por ejemplo, permanece como un territorio aparte del ruido comercial. No es casual: su programación no compite por likes, sino por tiempo.


Ahí, una exposición como la de Rini Templeton —con su gráfica ligada a movimientos sociales, luchas laborales y resistencias colectivas— recuerda que el arte también puede ser herramienta, no solo objeto. Más que contemplarse, esas imágenes se leen como consignas que sobreviven al museo. También la obra de Delcy Morelos, con su insistencia en el cuerpo, la tierra y el territorio, plantea una relación política con el espacio: no hay neutralidad posible cuando se habla de suelo, de memoria, de arraigo.


No son exposiciones espectaculares ni diseñadas para circular rápido en redes. Exigen algo más raro hoy en día: atención.


Fuera de las instituciones, en galerías independientes y espacios alternativos, aparecen otras grietas. Proyectos que trabajan con procesos abiertos, con archivos, con historias de violencia, desaparición o control, sin el afán de cerrar el discurso ni de hacerlo cómodo. No siempre son las muestras más concurridas ni las más fotografiadas, pero ahí el arte vuelve a hacer lo que prometía: incomodar un poco.


La contradicción es evidente. Nunca se habló tanto de arte en la ciudad, y sin embargo, pocas veces se le pidió tan poco. Esta Semana del Arte vuelve a dejar la pregunta flotando: ¿qué esperamos realmente del arte? ¿Que nos confronte o que combine con el outfit?


Tal vez el problema no sea que el arte haya perdido su potencia, sino que el sistema que lo rodea aprendió a neutralizarla. A volverla elegante, segura, silenciosa. Y aun así, de vez en cuando, algo se escapa: una obra que no se deja fotografiar, un gesto que incomoda, una exposición que no cabe en el feed.


Ahí, lejos de la pose, el arte vuelve a respirar. Y recuerda que su poder no estaba en gustar, sino en decir algo cuando nadie quiere escucharlo.


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Exposiciones fuera del circuito comercial:



Duek Glez presenta en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco una obra sobre su hermana desaparecida, usando retratos iluminados para representar a las más de 130,000 personas aún sin localizar y denunciar la apatía de las autoridades. ‘Emergencia’ una obra dedicada a su hermana Fanny Martínez, desaparecida hace casi un año, y a las miles de personas cuyo rastro también se perdió



Además, varias galerías independientes y espacios alternativos proponen programas que se alejan de la complacencia. En el circuito de galerías de la ciudad, por ejemplo:


  • THIRD BORN presenta As a Matter of Fact, una muestra grupal que cuestiona cómo se construye la percepción, política encapsulada en las formas que elegimos mostrar (y ocultar).

  • En OMR, la exposición de Marcel Dzama articula una resistencia simbólica a estructuras autoritarias mediante imágenes que juegan con el absurdo y el desorden.

  • Espacios como LagoAlgo exploran —en diálogo con tecnología y sistemas invisibles— cómo vivimos y somos moldeados por infraestructuras sociales y políticas.



Incluso fuera de galerías tradicionales se están abriendo posibilidades: Work in Progress, un festival interactivo de creación en curso, propone observar el arte en proceso, sin filtros, sin pulir y sin poses.


Y por supuesto, el MUAC —institución que en otros momentos ha sido centro de debate social— también ofrece programación crítica y poliédrica que vale la pena visitar, porque el contexto del arte en la ciudad no se agota en ferias ni en cifras de mercado.




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