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Los mapas también cuentan la historia del poder

7 sept
5 min de lectura

Una historia del poder: quién dibuja el mundo, desde dónde lo dibuja y qué idea del mundo terminamos aprendiendo. La reciente decisión de la ONU lo vuelve especialmente potente: el 4 de septiembre aprobó por 164 votos una resolución para promover la proyección Equal Earth, impulsada por Togo y respaldada por países africanos, frente a la tradicional Mercator.


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Yo no sé ustedes, pero yo durante años pensé que los mapas simplemente eran mapas. Que ahí estaba el mundo, quietecito, ordenado, con sus colores, sus fronteras y sus nombres. Que Groenlandia era más o menos del tamaño de África porque así lo habíamos visto siempre. Que Europa tenía ese tamaño porque, bueno, así era Europa. Que los mapas servían para saber dónde estaba México, dónde Francia y qué tan lejos quedaba Australia.


Hasta que uno descubre que un mapa también puede ser una opinión.


Y a veces, una opinión con muchísimo poder.


Desde que el ser humano comenzó a dibujar el mundo, hacer un mapa nunca fue solamente poner montañas, ríos y mares sobre un papel. Fue decidir qué mostrar, qué dejar fuera, dónde colocar el centro y, sobre todo, desde dónde mirar.


Los primeros mapas eran casi relatos. Los babilonios dibujaron el mundo conocido en una tablilla de arcilla hace miles de años. Los griegos intentaron convertir la geografía en ciencia y calcularon dimensiones de la Tierra cuando todavía no existían satélites ni Google Maps. Después llegaron los mapas medievales, cargados de religión, y más tarde los grandes mapas de navegación que acompañaron a los imperios europeos en su expansión por el planeta.


Porque también hay que decirlo: hubo un momento en que dibujar el mundo y conquistar el mundo fueron prácticamente dos caras de la misma moneda.


En 1569, el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator publicó el mapa que terminaría convirtiéndose en una de las representaciones más famosas del planeta. Su proyección tenía una razón muy concreta: facilitar la navegación. Las rutas podían trazarse con mayor utilidad para los marineros.


El problema es que para conseguirlo tuvo que deformar el tamaño de los territorios.


Y ahí comienza la historia que quizá nunca nos contaron en la escuela.


En el mapa de Mercator, los territorios cercanos a los polos parecen muchísimo más grandes de lo que realmente son. África, que ocupa alrededor de 30 millones de kilómetros cuadrados, aparece visualmente mucho más pequeña. Groenlandia puede parecer casi de su tamaño, cuando África es aproximadamente catorce veces más grande.


Catorce veces.


Y uno se pregunta: ¿cuántas generaciones aprendimos el mundo mirando una imagen que no correspondía con sus proporciones reales?


No significa que Mercator haya querido engañar a nadie. Su mapa cumplía perfectamente la función para la que fue diseñado. El problema llegó después, cuando aquella herramienta de navegación se convirtió en la imagen cotidiana del planeta: la que apareció en los salones de clase, en los libros, en los periódicos, en las oficinas y en nuestra cabeza.


Porque una cosa es que un mapa distorsione.


Otra muy distinta es que terminemos acostumbrándonos a la distorsión.


Y eso es justamente lo que acaba de poner sobre la mesa la Organización de las Naciones Unidas.


El pasado 4 de septiembre, la Asamblea General aprobó una resolución para promover una representación del mundo más fiel a las dimensiones reales de los continentes. La propuesta, impulsada por Togo y respaldada por países africanos, promueve la utilización de la proyección Equal Earth, que conserva mucho mejor las proporciones de las masas continentales. La votación fue contundente: 164 países votaron a favor, seis se abstuvieron y Estados Unidos fue el único que votó en contra. ([Reuters][1])


No, la ONU no acaba de cambiar las fronteras del mundo.


No desapareció Groenlandia.


No creció África durante el fin de semana.


Y tampoco se prohibió el mapa de Mercator, que seguirá siendo útil, especialmente para navegación.


Lo que cambió fue algo mucho más interesante: la conversación sobre quién decide cómo vemos el planeta.


Porque Togo no está diciendo solamente: “este mapa es más preciso”.


Está diciendo: “durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar el mundo desde una perspectiva que no nos representa”.


Y eso, en política internacional, importa.


Muchísimo.


Los mapas han servido para repartir territorios, justificar conquistas, establecer fronteras, reclamar recursos y definir quién pertenece a dónde. Hay países cuyas fronteras fueron trazadas sobre un escritorio europeo sin considerar comunidades, lenguas o pueblos que ya habitaban esos territorios. Hay guerras que comenzaron por una línea. Hay territorios cuya existencia política depende de quién los dibuja y cómo los nombra.


Un mapa puede convertir una frontera en una certeza.


Puede convertir una disputa en una línea aparentemente inocente.


Puede hacer que un país parezca enorme, otro pequeño y un continente entero parezca estar en la periferia.


Por eso resulta tan simbólico que esta vez sea África quien esté impulsando la discusión.


Durante siglos, los mapas fueron una de las herramientas con las que Europa imaginó, clasificó y administró el resto del planeta. Ahora son países africanos los que están diciendo: queremos corregir la imagen con la que el mundo nos ha aprendido.


No es poca cosa.


Porque la geografía también construye imaginarios.


Un niño que mira un mapa aprende, incluso sin que nadie se lo explique, qué parece grande, qué parece pequeño, qué está arriba, qué está abajo y qué queda en el centro.


Y durante mucho tiempo el norte quedó arriba.


Europa quedó cerca del centro.


África quedó abajo.


Y lo que vemos tantas veces termina pareciéndonos normal.


Tal vez por eso la frase del canciller de Togo, Robert Dussey, resulta tan poderosa: “Un mundo justo comienza con un mapa justo”. ([Investing.com][2])


Puede sonar poético.


Pero también es profundamente político.


Porque quizá los mapas no cambian el territorio, pero sí pueden cambiar nuestra percepción del territorio.


Y la percepción, cuando hablamos de poder, importa.


Hoy podemos mirar un mapa y descubrir algo que siempre estuvo ahí: África es gigantesca. Es el segundo continente más grande del planeta, tiene 54 países y una superficie que hace que aquella imagen escolar de Groenlandia casi del mismo tamaño resulte, por decir lo menos, engañosa.


Lo curioso es que África no acaba de hacerse grande.


Siempre lo fue.


Lo que acaba de cambiar es la manera en que decidimos dibujarla.


Y quizá eso sea lo más interesante de toda esta historia.


Que a veces cambiar el mapa no significa cambiar el mundo.


Significa dejar de fingir que lo vemos tal como es.


Porque los mapas no solamente nos enseñan dónde estamos.


También nos enseñan quién creemos que somos.


Y quizá después de tantos siglos de dibujar el mundo, apenas estamos aprendiendo que hasta la forma de un continente puede cargar con una historia de poder.



Decía el cartógrafo Gerardus Mercator que «los mapas son los ojos de la historia». A decir verdad, concretamente los mapamundis son un reflejo de los territorios conocidos. Pero yendo más allá son en sí mismos la prueba gráfica del interés del hombre por dominar el planeta.


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