La Pasión, habla, sobre todo, de lo humano cuando se rompe
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La Pasión de Cristo no es solo un episodio religioso; es una narración sobre el poder, el miedo, la multitud, la traición, el silencio. Es un retrato incómodo porque no necesita que creas en nada para reconocerte en él.
Habla de la fragilidad de la verdad frente a la presión colectiva: cómo alguien puede ser declarado culpable no por lo que hizo, sino por lo que conviene que sea. De la facilidad con la que una multitud pasa de observar a condenar. De lo rápido que el ruido sustituye a la justicia.
Habla también de la traición íntima: del amigo que niega, del otro que entrega, de los que huyen. No como villanos lejanos, sino como reflejos posibles. Porque la historia no los presenta como monstruos, sino como personas atravesadas por el miedo.
Y luego está el poder: el político que se lava las manos, el sistema que prefiere la estabilidad antes que la verdad, la maquinaria que avanza aunque alguien sea aplastado en el proceso.
Pero quizá lo más desgarrador es que también habla del cuerpo. Del dolor físico sin metáfora. Del abandono. De la soledad absoluta cuando todo lo demás —la fe, los amigos, la justicia— parece retirarse al mismo tiempo.
Por eso, cuando se escucha sin filtro, sin costumbre, sin el piloto automático de la misa, deja de ser “la historia de siempre” y se vuelve otra cosa: una especie de espejo incómodo.
No es solo la historia de un hombre que muere.
Es la historia de lo que somos capaces de hacer, de permitir, de ignorar.
Y de lo que también, a veces, no somos capaces de sostener.



















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