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La Malinche ¿símbolo histórico o herramienta política y cultural?

  • anitzeld
  • 13 oct
  • 4 Min. de lectura

Víctima de su contexto, atrapada entre dos mundos que la usaron para contarse a sí mismos.


Quinientos años después de la caída de Tenochtitlan, el nombre de Malintzin —conocida también como doña Marina o Malinche— sigue dividiendo opiniones y despertando pasiones. De esclava a traductora, de símbolo de traición a emblema feminista, su figura vuelve a ocupar el centro del debate histórico y político mexicano. Y hoy, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, se ha convertido en una bandera cultural de reivindicación oficial.


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La mujer que tradujo un mundo

Nacida hacia 1500 en el Golfo de México, Malintzin fue vendida como esclava, aprendió náhuatl, maya y oluteco, y fue entregada a los españoles en 1519, junto con otras mujeres. Su habilidad para las lenguas la colocó al lado de Hernán Cortés como intérprete entre los conquistadores y los pueblos originarios.


Historiadores como Camilla Townsend, de la Universidad de Rutgers, sostienen que su papel fue mucho más que lingüístico: “Salvó su vida al ofrecerse como traductora y medió entre mundos irreconciliables”. En códices y crónicas aparece a menudo al mismo nivel que los jefes mexicas y los capitanes españoles. No fue una traidora, dicen los especialistas, sino una mujer en un contexto de guerras interétnicas y jerarquías que el colonialismo borró bajo una sola etiqueta: “indígena”.


De heroína a villana nacional

Durante siglos, su imagen fue moldeada por las necesidades de cada época. En el siglo XIX, cuando México buscaba construir su identidad tras la Independencia, Malinche fue convertida en símbolo de la entrega al extranjero. La narrativa nacionalista necesitaba un villano: la “india traidora” servía perfectamente.


El escritor Octavio Paz la consagró como figura mítica en El laberinto de la soledad (1950): “La Malinche es la Chingada”, escribió, ligando su cuerpo violado a la culpa colectiva del mestizaje. Su nombre quedó asociado al “malinchismo”, sinónimo de desprecio por lo propio y fascinación por lo ajeno.


Relecturas feministas e indígenas

Desde los años 70, los feminismos chicanos comenzaron a desmontar esa versión. Para ellas, Malintzin representaba la complejidad de ser un puente entre dos mundos y la carga de las mujeres indígenas silenciadas por la historia. La lingüista mixe Yásnaya Aguilar la describe como “una mujer que pasó de esclava a diplomática, respetada en su tiempo y malinterpretada por el relato patriarcal”.


En su análisis, el amor romántico entre Cortés y Malinche es una invención colonial: una forma de justificar la violencia sexual del conquistador. La “traición” atribuida a ella, dice Aguilar, responde más a una culpa nacional masculina que a hechos históricos.

La reivindicación política


En 2025, el gobierno federal declaró el “Año de la Mujer Indígena”, con Malintzin como figura central. La presidenta Claudia Sheinbaum la llamó “una mujer tan calumniada como imprescindible”, e inauguró una serie de actividades culturales —foros, exposiciones, coloquios y presentaciones artísticas— bajo el lema “Mujeres del Maíz”.


La intención, según la Secretaría de Cultura, es “reivindicar la voz de las mujeres indígenas a través del ejemplo de Malintzin”. En la narrativa oficial, se busca rescatarla como símbolo de dignidad, sabiduría y resistencia frente al dominio colonial.

Sin embargo, historiadores como Federico Navarrete, de la UNAM, advierten que el uso político de su figura puede simplificarla. “Se pasa de la traidora a la heroína sin analizar las contradicciones reales del personaje”, sostiene. “Cada época ha utilizado a Malintzin para hablar de sí misma”.


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La disputa por la memoria

La reinterpretación no está libre de polémicas. Algunos críticos, como Guillermo Sheridan, apuntan que el actual gobierno emplea su imagen para construir un relato ideológico afín: el de un país que reescribe su pasado en clave de justicia histórica. Otros señalan que los homenajes simbólicos poco significan si no se traducen en mejoras concretas para las mujeres indígenas que hoy siguen enfrentando marginación y violencia.


Desde el otro lado del Atlántico, la historiadora Izaskun Álvarez, de la Universidad de Salamanca, lamenta que “España y América Latina siguen atrapadas en la herida colonial”, y propone una lectura compartida del proceso de conquista que reconozca tanto la violencia como las mediaciones culturales que surgieron de ella.

Entre el mito y la política


Hoy, Malinche se encuentra en un punto de inflexión: entre la historia documentada y la política de la memoria. Su figura ha pasado de ser condenada a ser celebrada, de ser objeto de vergüenza nacional a herramienta pedagógica y cultural.

Pero, como recuerda Townsend, “no podemos saber qué pensó ella, sólo lo que los demás quisieron ver en ella”.


Y quizá ahí radique su poder: en ser el espejo donde cada generación mexicana —de criollos a feministas, de nacionalistas a gobiernos progresistas— proyecta sus culpas, deseos y disputas.


En el fondo, Malintzin no deja de traducirnos, incluso cinco siglos después.


Entre la traición y la supervivencia, Malintzin fue una mujer marcada por su tiempo: esclava, traductora, mediadora y símbolo. Hoy, su figura vuelve al debate público mientras el gobierno la reivindica como emblema indígena y feminista. ¿Fue traidora o víctima de su contexto? 🌾

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