De exilios y exilios... Después de todo, sí
- anitzeld
- hace 5 días
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Sesenta años más tarde, nos casamos. A veces la vida toma sesenta años para retornar a veces nunca lo hace.

No pensé que iba a volver a enamorarme.
No a esta edad —con ochenta años cumplidos—, no después de haber organizado la vida durante décadas sin esa expectativa. Había aprendido a no necesitar a nadie en ese sentido: ni la presencia constante, ni la promesa, ni el proyecto compartido. El amor de pareja se había vuelto una categoría ajena, como una palabra que se entiende pero ya no se usa.Y sin embargo ocurrió.
No llegó como irrupción sino como desplazamiento. Algo se movió lentamente de lugar, casi sin hacer ruido. Primero fue una conversación. Luego una curiosidad. Después una atención que empezó a repetirse. Y finalmente una certeza que no se anunció como certeza, sino como una forma nueva de estar en el mundo.
Escribo esto pensando en ti, pero no desde la exaltación sino desde el registro: los mensajes que llegaban siempre a la misma hora, el sonido de tu voz por el teléfono, la manera en que ciertas canciones empezaron a significar otra cosa, la expectativa mínima —pero persistente— de saber de ti cada día. Eso fue el amor: no un desborde, sino una constancia.
Nos encontramos tarde. Esa es la verdad. Cuando ya la vida había hecho casi todo su trabajo: nos había formado, nos había gastado, nos había vuelto prudentes. Ya no éramos quienes fuimos. Éramos quienes quedamos después.
Por eso el encuentro no tuvo nada de épico. No hubo vértigo, ni promesas, ni declaraciones. Hubo reconocimiento. Como si algo que había estado suspendido durante décadas hubiera retomado su curso natural.
Me dolió no habernos encontrado antes. Pero también entendí que antes no habríamos sabido qué hacer el uno con el otro.
Como antecedentes de mi vida —a grandes rasgos y para que se entienda la importancia de este amor, de esta aparente locura que modificó mi rechazo total a todo lo que provenía de Cuba, de la Revolución, del comunismo— expondré algunos hechos.
No estaba de acuerdo con la política de mi país, pero tampoco tenía energía para oponerme a ella. Lo que tuve fue distancia.
La distancia empezó como un gesto práctico y terminó como una forma de vida.
Irme no fue un acto heroico ni una ruptura dramática. Fue una sucesión de decisiones pequeñas que, juntas, se volvieron irreversibles. Primero el estudio, luego el trabajo, después la familia, más tarde la necesidad. Cuando quise mirar atrás, ya estaba lejos.
Salir de Cuba no era solo salir de un territorio. Era entrar en otra lógica: la del cuidado constante, la de la palabra medida, la del silencio como protección.
La política estaba en todas partes y no estaba en ninguna. No como idea, sino como clima.
Se sentía en la forma en que la gente bajaba la voz, en el modo en que se miraba alrededor antes de hablar, en la manera en que una visita era siempre también un riesgo.
Cuando regresé por primera vez no pude quedarme en casa de mis padres. Tuve que hospedarme en un hotel. Era una regla, pero también era un mensaje: ya no pertenecía del todo.
Las compras eran un problema. No por lo que eran, sino por lo que parecían. Un electrodoméstico podía ser leído como ostentación. Un regalo podía convertirse en una señal. Mi padre temía los comentarios de los vecinos más que la falta de cosas. Temía ser visto.
Siempre había alguien observando. No necesariamente una persona concreta. A veces era solo la posibilidad de alguien.
El comité, los informes, las miradas, las preguntas que no se hacían. Todo eso producía una forma particular de cansancio: el cansancio de estar siempre disponible para ser interpretado.
Entrar al país me producía ansiedad. Salir también. Estar allí era vivir en un estado de atención constante.
Con el tiempo traje a mis familiares más cercanos. Eso fue un alivio y fue, al mismo tiempo, una despedida definitiva. Cuba quedó atrás no como un lugar sino como una conversación interrumpida.
No era rabia. Era agotamiento. Y también era una forma de cuidado: cortar para no desgarrarse.
Por eso el amor que apareció después fue distinto.
No venía del fervor, sino del descanso. No del exceso, sino de la calma. No de la pertenencia, sino de la elección.
Una amiga llamó desde La Habana. Una conversación llevó a otra. Un nombre apareció. Dani.
Alguien que había pertenecido a otra versión de mí reaparecía ahora sin reclamar nada, sin exigir continuidad, sin pedir pasado. Solo estaba ahí.
Eso bastó.
Me interesó sin urgencia. Me acerqué sin estrategia. Lo llamé para cerrar una incomodidad antigua y abrí, sin saberlo, una etapa nueva.
La voz fue amable. El tono fue limpio. No hubo reproches ni explicaciones largas. Hubo, sobre todo, facilidad.
Y la facilidad —descubrí— también puede ser una forma del amor.
No el amor que irrumpe, sino el que se acomoda. No el que quema, sino el que abriga.
Así empezó.
No como historia, sino como presencia. No como promesa, sino como compañía.
Y eso, a esta altura de la vida, es más que suficiente.

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Si bien es cierto que Cuba fue refugio para una gran cantidad de exiliados españoles (se calcula que Cuba se cerró. “Un día como hoy saliste de Cuba hace 12 años. Por eso me quedé. En Cuba no queda nadie es un dicho que repiten los cubanos cada que se encuentran en alguna ciudad del








