La hija del hacendado
- anitzeld
- 19 nov
- 3 Min. de lectura
... y la pérdida patrimonial que representan las haciendas en México

A la Negra siempre la vi poco. Era de esas mujeres que se escurren por las orillas de la vida, como si las horas no les pertenecieran. Se iba con un militar y regresaba cuando quería. Siempre con uno distinto, siempre con el mismo gesto de “a mí no me pidan explicaciones”. Mi papá también fue soldado, pero de él solo heredé silencios que pesan como piedras mojadas.
Eleonor, en cambio, era la que se quedaba. Mi abuela. Hija de un hacendado y de una sirvienta, la hija perdida de don Aureliano, el último dueño de la Hacienda de la Santa Cruz, allá en el Estado de México. Antes de la Revolución aquel lugar era otra cosa: un pequeño reino con capilla, trojes, torreones y un ir y venir de animales que sostenían la vida del campo. Porque así se levantaron las haciendas en México: sobre la fuerza de sangre —mulitas, caballos, bueyes— y sobre la fuerza de los hombres que las trabajaban hasta dejar la piel en la tierra.
Pero todo ese mundo estaba condenado desde antes de que Eleonor naciera. Primero la Independencia quemó media nación, luego las Leyes de Reforma desbarataron lo que quedaba, y la Revolución terminó por rematarlo. Las haciendas quedaron como tantas fotos que ahora veo en el Facebook de desconocidos: muros tragados por las hierbas, paredes en litigio, “ni para Dios ni para el diablo”. Un patrimonio enorme, perdido a la vista de todos.

La Hacienda de la Santa Cruz corrió la misma suerte. Se la arrebató la guerra, la ambición de los nuevos dueños, las leyes que llegaban tarde y se aplicaban mal. Por eso cuando Eleonor quiso volver, lo único que encontró fue ruina: los torreones abiertos como huesos fracturados, la capilla sin techo, el aire metiéndose por las ventanas como queriendo reclamar lo que alguna vez fue suyo. Lugares que un día fueron orgullo y hoy no son más que sombra.
La vida la fue cambiando de cajón sin preguntarle: primero hija de la sirvienta, luego hija del patrón, después esposa de Valentín y, demasiado pronto, viuda de la Revolución. Quince años que la dejaron vieja para siempre.
Cuando pienso en ella la veo en su sillita, mirando a ningún lado, como si ese fuera su único descanso. Mi niña, me decía, como si me hablara desde un sitio donde ya no llegaba nadie. Eso pasa cuando una nace de dos madres: una que te trae al mundo y otra que sostiene lo que queda de él para que no te caigas. La Negra me parió; Eleonor me crió. Me dio de comer, me vistió, me arrulló en un mundo donde todo lo que había se podía perder de un día para otro.
Fuimos pobres. Pobres de tortilla contada. Y ahí estaba Eleonor, la hija del hacendado, lavando ajeno. A veces pienso en la fila de “otras cosas” que pudieron haber sido: si no le hubieran quitado al pretendiente; si Emiliano Zapata no le hubiera matado al marido; si la Hacienda de la Santa Cruz no hubiera terminado hecha trizas por las mismas leyes que prometieron justicia. Tantos si que ya ni duelen. Otra cosa hubiéramos sido todos.
Hoy me vienen sus manos cansadas, sus canas sin pena. Tenía una forma rara de cargar el sufrimiento, como si lo conociera desde niña. La golpearon tanto que un día su propia madre le arrancó un mechón de pelo. Lo guardé para no olvidar, me dijo sin una lágrima. Su media hermana la miró siempre con tirria; por eso le quitó al pretendiente, solo por joderla. Y su padre, el hacendado, la quiso lo justo para regalarle una muñeca a su esposa estéril. Así era ese mundo: cariño administrado como tierra en litigio.
Valentín fue la excepción. Su único amor. Le dejó una hija, la Negra. Pero la guerra no respeta nada. Un día se lo mataron. Ella lo vio caer, y tuvo que esconder a la niña bajo las enaguas para que no corriera hacia los disparos. Fue el ejército del hermano de Zapata. Ya habían pactado la tregua, ya se iban. Por eso dolió más. Fue a traición.
Eleonor. Así se llamaba. Mi abuela. Mi madre.
Me contó que lo último que Francisco —un vecino que vio la escena— alcanzó a gritarle al asesino fue:
—No tienes madre, cabrón.
Y yo, que tuve dos, entendí tarde lo que eso significaba:
que hay vidas enteras que se derrumban igual que las haciendas,
y nadie viene a rescatarlas.


























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