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Hay abrazos que tardan años en llegar

  • hace 3 horas
  • 3 Min. de lectura

El de Yesenia Colón con su hija Wendy Guadalupe se hizo esperar casi cuatro. Cuatro años de silencio, de fichas pegadas en postes, de llamadas que nunca llegaron y de noches imaginando todos los escenarios posibles. En México, cuando alguien desaparece, la vida se divide en dos: antes y después de la ausencia.



Wendy salió de Chilpancingo, Guerrero, con la promesa que mueve a miles de jóvenes cada año: trabajo en el norte. Los campos agrícolas de Sonora, le dijeron, necesitaban manos. Sueldos mejores. Un cuarto donde dormir. Quizá la posibilidad de enviar dinero a casa. Quizá una vida distinta.


Pero muchas de esas promesas funcionan como anzuelos.


En el camino, los teléfonos se pierden, los documentos desaparecen, las rutas se vuelven borrosas. Las familias dejan de saber dónde están sus hijos, sus hijas, sus hermanos. Así se abre un vacío que en México se ha vuelto demasiado común: el de la desaparición.


Por eso existen las madres buscadoras.


No es una institución del Estado. No es un programa oficial. Es una figura que nació del dolor. Mujeres que un día salieron a buscar a sus propios hijos y terminaron buscando a los de todos.


En Sonora, una de ellas es Ceci Patricia Flores. Con un colectivo de mujeres que llevan años recorriendo desiertos, cárceles, hospitales y carreteras, revisan fichas de búsqueda, preguntan nombres, comparan rostros. Donde el Estado llega tarde o no llega, ellas aparecen con una pala, un teléfono y una terquedad que no se rinde.


Fue en una de esas búsquedas —no en el desierto, sino en vida— cuando alguien reparó en el nombre de Wendy Guadalupe Castro Colón.


No estaba enterrada. Estaba en un lugar igual de invisible: el Centro de Reinserción Social de Hermosillo.


Su historia tenía un giro casi absurdo. Un día, al salir del trabajo, encontró un machete tirado en el camino. Antes de llegar a su casa, una patrulla la detuvo. Sin demasiadas preguntas, terminó en prisión. Sin documentos, sin teléfono, sin forma de avisar a nadie. Para su familia, simplemente desapareció.


Así pasan los años.


Hasta que una ficha coincide con un nombre.

Hasta que alguien pregunta en el lugar correcto.


Cuando la noticia llegó a Guerrero, Yesenia no lo pensó demasiado. Subió a un avión rumbo a Hermosillo con la esperanza que solo tienen las madres que se niegan a aceptar la ausencia como destino.


El reencuentro ocurrió temprano, a las siete de la mañana. En el aire todavía fresco del desierto, madre e hija volvieron a verse.


Entre lágrimas, Yesenia agradeció a las mujeres que hicieron posible ese momento. Sin ellas, dijo, no habría pasado.


Ese es el punto.


En México, las madres buscadoras existen porque alguien tiene que hacer el trabajo que nadie más hizo a tiempo. Porque las cifras de desaparecidos dejaron de ser números y se volvieron nombres propios. Porque detrás de cada ficha hay una familia que no sabe si debe guardar esperanza o empezar el duelo.


Wendy dejó de ser una fotografía compartida en redes sociales.


Volvió a ser hija.

Volvió a ser madre.

Volvió a tener un lugar en la mesa.


En Chilpancingo la espera terminó. Una niña de once años recuperó a su mamá. Una silla volvió a ocuparse.


Mientras tanto, en Sonora, las madres buscadoras ya preparan la siguiente jornada. Revisan mensajes, contestan llamadas, organizan rutas.


Porque en este país la búsqueda no termina cuando aparece uno.


Termina —dicen ellas— cuando aparezcan todos.

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