Cuando un ingenio deja de moler, también deja de latir un pueblo
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Hay un silencio que pesa distinto en los pueblos cañeros. No es el de la madrugada antes del primer corte ni el de los campos cubiertos por la neblina. Es el silencio que queda cuando un ingenio apaga sus máquinas por última vez. Eso ocurrió en Lerdo de Tejada, Veracruz. El Ingenio San Pedro, durante décadas el corazón económico de Los Tuxtlas, anunció su cierre definitivo al declararse económicamente inviable. Detrás de esa frase empresarial hay una realidad mucho más profunda: alrededor de 7 mil productores de caña se quedaron sin destino para su cosecha, cerca de un millón de toneladas de caña quedaron sin procesar y hasta 40 mil personas podrían resentir el impacto económico en municipios como Lerdo, Ángel R. Cabada, Saltabarranca, Tlacotalpan, Santiago Tuxtla y San Andrés Tuxtla.
Para entender la dimensión de la noticia hay que mirar hacia atrás. Los ingenios azucareros nunca fueron solamente fábricas. Desde la época colonial moldearon el paisaje económico y social de México. Alrededor de ellos crecieron caminos, ferrocarriles, pueblos enteros, sindicatos, cooperativas y mercados. La historia de estados como Veracruz, Morelos, Jalisco, San Luis Potosí, Oaxaca o Puebla no puede contarse sin la caña de azúcar. Durante siglos, el ingenio fue el reloj que marcaba el ritmo de la vida: definía cuándo se contrataba personal, cuándo se movía el comercio local y cuándo una familia podía planear el siguiente año.
Veracruz convirtió esa tradición en una de sus mayores fortalezas. El estado produce cerca de un tercio del azúcar nacional y concentra algunos de los ingenios más importantes del país. Cada zafra moviliza miles de jornaleros, transportistas, mecánicos, comerciantes y pequeños negocios que dependen, directa o indirectamente, del flujo de dinero que genera la molienda. Cuando un ingenio funciona, no solo produce azúcar; mantiene abiertas fondas, talleres mecánicos, tiendas, gasolineras y escuelas. Es una economía completa.
Por eso el cierre del Ingenio San Pedro trasciende la historia de una empresa. Es el síntoma de una industria que enfrenta crecientes presiones: costos de producción más altos, bajos precios internacionales, menor rentabilidad, sequías, cambios en los patrones de consumo y una competencia cada vez más compleja. Lo que hoy sucede en Los Tuxtlas recuerda que las industrias tradicionales también pueden colapsar cuando dejan de ser sostenibles.Mientras la empresa asegura que cumplirá con sus obligaciones laborales y comerciales, afuera de las instalaciones la incertidumbre tiene otro rostro. Obreros, cañeros y fleteros piden garantías porque saben que, cuando un ingenio cierra, el problema no termina con un comunicado. Empieza una cadena de efectos que alcanza a miles de familias cuya economía dependía de que esas chimeneas siguieran expulsando vapor.
En México hemos visto desaparecer minas, cerrar fábricas textiles y apagarse altos hornos. Cada vez ocurre lo mismo: primero desaparece el ruido de las máquinas y después llegan la migración, los negocios cerrados y las calles vacías. Los ingenios han resistido guerras, revoluciones, nacionalizaciones y privatizaciones. Han sobrevivido durante más de cuatro siglos porque eran mucho más que centros industriales: eran el eje alrededor del cual giraba la vida de regiones enteras.
Hoy, en Los Tuxtlas, no solo deja de moler un ingenio. Se pone a prueba la capacidad de toda una región para reinventarse. Porque cuando una industria histórica desaparece, lo que realmente está en juego no es una fábrica, sino el futuro de las comunidades que crecieron a su alrededor.
Todo lo que algún día conocí está desapareciendo. A veces ocurre tan lentamente que uno no lo nota hasta que una noticia termina de romper el hechizo. Hace más de veinte años visité Los Tuxtlas y, hasta el día de hoy, lo que permanece en mi memoria no son los hoteles ni las carreteras. Recuerdo el verde. El olor a verde. La humedad que parecía quedarse pegada a la piel, el lago respirando entre la niebla, la exuberancia de una tierra donde la vegetación parecía disputar cada centímetro al asfalto. Recuerdo la sensación de estar en un lugar donde la naturaleza todavía imponía sus propias reglas y donde la vida tenía otro ritmo.

















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