La democracia no termina cuando depositamos el voto
Mientras México celebraba ayer su Independencia, el mundo conmemoraba el Día Internacional de la Democracia. La coincidencia resulta incómodamente oportuna: hace exactamente dos años, el 15 de septiembre de 2024, se publicó en el Diario Oficial de la Federación la reforma constitucional que transformó el Poder Judicial y estableció la elección por voto popular de ministras y ministros, magistraturas y jueces.

Ayer México gritó ¡Viva México! mientras el mundo celebraba el Día Internacional de la Democracia. Una de esas coincidencias que parecen hechas para que alguien se detenga un segundo. Porque exactamente hace dos años, el 15 de septiembre de 2024, mientras sonaban campanas, cohetes y discursos patrióticos, se publicaba en el Diario Oficial de la Federación la reforma constitucional que transformó el Poder Judicial y estableció la elección por voto popular de ministras y ministros, magistraturas y jueces.
Dos años después, el tema merece algo más que trincheras políticas. El nuevo Informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 del PNUD, titulado Democracias bajo presión, lanza una advertencia que debería leerse con calma precisamente porque no habla de golpes de Estado ni de tanques en las calles. Habla de algo mucho más silencioso: democracias que permanecen, que siguen teniendo elecciones, congresos, constituciones e instituciones, pero que pueden ir perdiendo poco a poco sus contrapesos, su capacidad de representar y su capacidad de limitar el poder.
Y ahí está lo incómodo.
Una democracia puede seguir teniendo elecciones y, aun así, estar bajo presión.
El PNUD señala que en América Latina y el Caribe más de cuatro de cada cinco personas viven bajo gobiernos surgidos de elecciones. La región sigue siendo la más democrática entre las regiones en desarrollo. Pero esa fortaleza convive con un proceso gradual de debilitamiento: cuestionamiento de elecciones, desgaste de autoridades electorales, concentración del poder y debilitamiento de los contrapesos institucionales.
No es una profecía sobre México. Tampoco es una sentencia. Es una advertencia regional. Y precisamente por eso vale la pena escucharla.
Porque nos hemos acostumbrado a hablar de democracia como si fuera sinónimo de votar. Votamos por presidente, por legisladores, por gobernadores y ahora también por integrantes del Poder Judicial. Hay boletas, urnas, campañas y resultados. Todo eso importa. Muchísimo.
Pero la democracia no debería desaparecer de nuestra conversación el día después de la elección.
También está en lo que sucede cuando una persona se enfrenta a una autoridad y puede reclamar. Cuando una periodista puede preguntar. Cuando una minoría puede disentir. Cuando una víctima puede acceder a justicia. Cuando un ciudadano puede protestar. Cuando una institución puede decirle que no al poder. Cuando existen contrapesos suficientes para que nadie tenga la última palabra simplemente porque ganó una elección.
Ese es justamente uno de los puntos centrales del informe del PNUD: la democracia no consiste solamente en organizar el acceso al poder. Está ligada al Estado y al desarrollo humano. Y entre las prioridades que plantea para la región están garantizar la integridad electoral, reconstruir la representación política, proteger la deliberación y el ecosistema informativo y reforzar los contrapesos institucionales.
Quizá por eso resulta tan potente que el Día Internacional de la Democracia haya caído, una vez más, el 15 de septiembre. Mientras aquí celebrábamos la Independencia, Naciones Unidas recordaba que la democracia obtiene su fuerza de las personas, de sus voces, sus elecciones y su participación, pero también de la protección de los derechos y de los espacios para el diálogo.
La discusión mexicana debería estar justamente ahí, lejos de los aplausos automáticos y también de los catastrofismos fáciles.
¿Qué significa ser una democracia cuando ya no basta con decir “aquí se vota”?
Porque votar es elegir quién llega al poder. La democracia, en cambio, también debería decirnos qué puede hacer ese poder una vez que llega, qué límites tiene, quién puede cuestionarlo y qué instituciones están ahí para impedírselo cuando cruza determinadas fronteras.
Hace dos años la reforma judicial convirtió una parte inédita de nuestra arquitectura institucional en materia de voto popular. Hoy, dos años después, quizá la pregunta más interesante no sea si votamos más, sino qué tan capaces somos de conservar aquello que hace que votar tenga sentido.
Porque una democracia no se pierde necesariamente de golpe.
A veces se va adelgazando.
Un contrapeso menos.Una voz menos escuchada.Una institución menos independiente.Una justicia menos accesible.Un ciudadano que deja de reclamar porque ya no cree que sirva.
Y cuando finalmente alguien pregunta dónde quedó la democracia, quizá todavía haya urnas, boletas, discursos y hasta una bandera enorme ondeando en la plaza.
La pregunta es si debajo de todo eso todavía está lo esencial: ciudadanos con derechos y poder suficiente para decirle que no al poder.


















Comentarios