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El día en que las plantas empezaron a contarnos que algo cambió

hace 3 horas
4 min de lectura

Hay una historia del cambio climático que no siempre aparece en los termómetros ni en los mapas de incendios. Está ocurriendo, silenciosamente, en los árboles, en las semillas, en las flores y en aquello que ponemos todos los días sobre la mesa. Y quizá por eso deberíamos mirarla con más atención: las plantas están respondiendo al mundo que les estamos dejando.



A veces el cambio climático llega disfrazado de buena noticia. Una cosecha de maíz que sale mejor de lo esperado. Uvas que maduran antes. Un vino que alcanza más alcohol. Un árbol que florece fuera de temporada. Y uno podría pensar: qué maravilla, quizá después de todo el calor no sea tan malo.


El problema es que la naturaleza no suele regalar nada gratis.


En México, por ejemplo, las primeras estimaciones de la cosecha primavera-verano de maíz 2025-26 apuntan a 19.5 millones de toneladas, 2% más que el ciclo anterior. En Chihuahua el aumento estimado llega a 21%, asociado en buena medida a mayores precipitaciones y disponibilidad de agua; en Jalisco, el principal estado productor, se calcula un incremento de 3%.


¿Entonces el cambio climático está ayudando al maíz mexicano? No exactamente. Y aquí está la parte que me parece fascinante: el clima no está simplemente haciendo que las plantas crezcan más o menos; está cambiando las condiciones bajo las cuales crecen, y esas condiciones pueden beneficiar a una cosecha un año y golpearla al siguiente.


Un estudio publicado este año por investigadores de la UNAM y otras instituciones encontró precisamente esa contradicción en una zona productora de maíz en México: los agricultores reconocen el cambio climático como una amenaza y están modificando sus prácticas, pero muchos siguen sin contar con información climática confiable o alertas tempranas para fenómenos extremos.


Es decir, podemos tener un año extraordinariamente bueno y, al mismo tiempo, estar caminando hacia un escenario mucho más incierto.


Y luego está Francia.


Este año las uvas de Champagne comenzaron a recogerse el 6 de agosto, la cosecha más temprana registrada en la región. La floración llegó antes, hubo heladas primaverales históricas y durante el verano se registraron cinco episodios de ola de calor. La sequía redujo el tamaño de los racimos, aunque la calidad sanitaria de las uvas fue considerada excepcional.


Aquí aparece una de esas paradojas deliciosamente absurdas del cambio climático: el champagne puede tener más alcohol porque las uvas están acumulando azúcar más rápidamente debido al calor. Francia incluso elevó temporalmente el límite permitido de alcohol para esta cosecha hasta 15%.


Suena casi divertido hasta que uno recuerda que el champagne necesita un delicado equilibrio entre azúcar, acidez y frescura. Que una uva madure demasiado rápido no necesariamente significa una mejor uva. Significa que el calendario de la naturaleza está cambiando.


Y esto es justamente lo que llevan años intentando entender los científicos de los Royal Botanic Gardens, Kew, en Londres.


Kew no es solamente ese maravilloso jardín donde uno puede ir a caminar entre árboles extraordinarios. Es también un enorme laboratorio vivo. Sus científicos estudian cómo responden plantas, árboles, hongos, insectos y ecosistemas completos a un clima que ya no se parece al que conocíamos. En Wakehurst, por ejemplo, tienen parcelas experimentales donde registran continuamente variables como humedad del suelo, biodiversidad y estructura de la vegetación. Este verano incluso instalaron cámaras y sensores acústicos para observar qué ocurre con abejas y otros polinizadores durante las olas de calor.


Y hay un dato de Kew que me parece de esos que deberían hacernos detenernos un minuto: sus investigadores calculan que 30%, y potencialmente más de la mitad, de los árboles de sus colecciones podrían ser vulnerables al clima de 2090. Entre ellos están especies tan conocidas como el roble inglés, el haya, el abedul y el acebo.


No estamos hablando de árboles lejanos en una selva que nunca veremos. Estamos hablando de especies que llevan siglos formando parte del paisaje europeo y que quizá ya no encuentren, dentro de unas décadas, las condiciones que necesitan para vivir.

Y mientras los científicos observan árboles, nosotros podemos observar nuestro plato.

Este año el calor extremo ya está modificando algunas características de los alimentos. La investigación científica ha documentado, por ejemplo, cómo temperaturas más altas combinadas con mayores concentraciones de CO₂ pueden modificar la absorción de arsénico en el arroz cultivado en sistemas inundados. También se están estudiando cambios en sabor, composición y desarrollo de distintos cultivos.


Eso me hace pensar que quizá hemos contado mal la historia del cambio climático.

Nos acostumbramos a imaginarlo como algo que sucederá después: los polos que se derriten, las ciudades que se inundan, los bosques que arden, los mares que suben. Después.


Pero quizá el cambio climático también sea ese maíz que este año creció estupendamente en una región y que mañana podría necesitar otra cantidad de agua. Es una uva que madura tres semanas antes. Es un árbol que florece cuando todavía no debería hacerlo. Es una abeja que busca sombra durante una ola de calor. Es una planta que comienza a vivir en un sitio donde antes no podía hacerlo y otra que desaparece silenciosamente del lugar donde siempre estuvo.


Los biólogos, botánicos, agricultores y ecólogos llevan años mirando estas señales. En Kew tienen incluso más de 8.5 millones de ejemplares en sus colecciones botánicas y micológicas, una memoria extraordinaria de cómo ha sido la vida vegetal del planeta.


Quizá deberíamos escucharlos más.


Porque mientras nosotros discutimos si este verano hizo demasiado calor, si llovió cuando no debía o si el champagne está más fuerte, las plantas llevan años haciendo su propio reporte del clima.


Y lo están escribiendo, hoja por hoja.

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