top of page

Tinder, la OTAN y esa costumbre de creer que conocemos a quien duerme con nosotros

hace 1 día
5 min de lectura

Las veinte vidas de Janina White



Hay historias que ni el mejor guionista puede imaginar. Un capitán de fragata de la Armada española destinado en la OTAN conoce por Tinder a una mujer que nació en la antigua Unión Soviética. Se enamoran, o eso parece. Ella entra como acompañante a una base militar, aparecen preocupaciones de seguridad, él pierde su acreditación, es escoltado fuera de las instalaciones y termina regresando a España.


Y ella queda bajo sospecha de ser una espía al servicio de Putin.


Hasta aquí parece una película de espías.


Pero luego uno empieza a leer quién es Janina White y la historia se vuelve bastante más rara.


Porque Janina no parece precisamente una mujer empeñada en desaparecer detrás de una cortina. Tiene 49 años, vive en Londres desde 2004, es abogada, estudió periodismo y Derecho, trabajó en medios de comunicación polacos, ha escrito libros de autoayuda y no ficción, publica con frecuencia en LinkedIn sobre inteligencia artificial y hasta se presentó este año a las elecciones municipales de Havering como candidata del Partido Conservador.


Actualmente, además, mantiene una relación con Michael White, líder local de los conservadores en Havering.


Es decir: periodista, escritora, abogada, política, creadora de contenido, mujer rusa-polaca-británica, candidata electoral y posible espía.

Una vida bastante llena.


Y quizá por eso me interesa más que la etiqueta de “espía rusa”.


Porque, hasta donde se conoce públicamente, nadie ha demostrado que Janina White haya entregado secretos de la OTAN a Rusia. Hay sospechas, investigaciones, circunstancias llamativas y preguntas que siguen abiertas. Pero una sospecha no es una condena.


Lo que sí ocurrió es que su entonces pareja, un oficial español destinado en el Mando Marítimo Aliado de la OTAN en Northwood, perdió su acreditación de seguridad y fue apartado de sus funciones. Aquella instalación es particularmente sensible: allí se sigue la actividad de submarinos y buques de guerra rusos en el mar del Norte y también los movimientos de la llamada flota fantasma que transporta petróleo ruso.


Y aquí empieza lo interesante.


En diciembre de 2024, el militar consiguió para Janina un pase de visitante con escolta para entrar en la base con motivo de una fiesta de Navidad. Más tarde surgieron preocupaciones de seguridad y se iniciaron investigaciones de la OTAN y de España.

En junio de 2025, al oficial le retiraron el acceso y fue escoltado fuera de Northwood.

Ella sostiene que nunca entró en las zonas de alta seguridad.


Pero después ocurrió algo todavía más extraño: cuando ambos regresaron a Northwood para recoger pertenencias, ya existía una restricción sobre ella. Janina dice que nadie se lo había comunicado. Preguntó. Insistió. Apareció la policía de la RAF. Después, la Policía de Hertfordshire.


Y Janina, que además de todo lo anterior es abogada, comenzó a preguntar por qué no podía entrar y qué estaba pasando.


Hoy asegura estar inmersa en cuatro procedimientos judiciales derivados de aquel episodio: dos revisiones judiciales, una demanda relacionada con la Equality Act y otro procedimiento al amparo de la Data Protection Act contra la Policía de Hertfordshire.


Ella no se ha escondido.


Al contrario.


Ha escrito públicamente sobre el caso, ha dado entrevistas y ha contado su versión.

Y hay una escena que parece salida de una novela.


Hace apenas unas semanas viajó a San Petersburgo para visitar a su padre enfermo. Allí, según contó ella misma a The Telegraph, un hombre llamado Andrei, que se identificó como miembro del FSB, la invitó a tomar un café.


Y durante ese café le preguntó por el militar español.

Por su relación.

Por si seguían juntos.

Por la investigación de seguridad.

Janina dice que le respondió que ya no tenían contacto.

Después se tomó el café.


Uno lee esto y piensa: ¿perdón?

Porque si de verdad estamos hablando de una mujer sospechosa de espionaje ruso, resulta bastante peculiar que ella misma cuente públicamente que un agente del servicio de seguridad ruso se sentó con ella a preguntarle por un oficial de la OTAN.

Pero también es verdad que ese encuentro, por sí solo, no demuestra que ella trabajara para el FSB.


Y aquí es donde la historia deja de ser una película de espías y empieza a parecerse demasiado a la vida.


Porque uno pensaría que un hombre que trabaja en inteligencia militar, que conoce los protocolos de seguridad de la OTAN y que tiene acceso a información delicada debería saber reconocer a un espía a cien metros.


Pero quizá la contrainteligencia tiene un punto ciego mucho más elemental: la vida privada.


Podemos saber quién mueve una flota rusa, dónde navega un submarino, qué barcos transportan petróleo y qué instalaciones militares tienen los protocolos más estrictos.

Pero podemos no saber quién duerme a nuestro lado.


Podemos compartir una casa, una cama, una familia, una cuenta bancaria, unas vacaciones, una agenda, amigos y hasta una contraseña y seguir sin saber qué piensa realmente la persona que tenemos enfrente.


Qué desea.

Qué teme.

Qué oculta.

Qué conversación mantiene cuando nosotros no estamos.

Eso es lo que más me inquieta de la historia de Janina White.

No sé si es una espía rusa.

No lo sabemos.


Pero sí sabemos que una mujer con una vida pública extraordinariamente visible terminó en el centro de una investigación de seguridad porque mantuvo una relación sentimental con un oficial español destinado en una de las instalaciones sensibles de la OTAN.


Y entonces me acuerdo de todas esas historias domésticas que no necesitan al Kremlin para convertirse en una novela de espionaje.


Después de veinte años juntos, alguien descubre un teléfono que nunca había visto.

Una cuenta que no conocía.

Una amistad de la que jamás había oído hablar.

Un sendero por el que aquella persona sabía perfectamente cómo llegar.

Una historia que empieza con “no te lo había contado porque no era importante”.

¿Quién era esa amiga que después resultó que era amigo?

¿Por qué conocía aquel lugar?

¿Qué hacía tanto rato en el parque del Retiro?

¿De quién era ese número?

¿Por qué cambió la contraseña?

Que cada uno ponga sus ejemplos.

Porque hay algo profundamente extraño en las relaciones humanas: pasamos años convencidos de que conocemos a alguien y, de pronto, aparece una versión que no reconocemos.


Cambia el tono.

Cambian las palabras.

Cambian las prioridades.


Aparecen deseos que nunca sospechamos, rencores que parecían no existir, amistades que no conocíamos y recuerdos que la otra persona cuenta de una manera completamente distinta.


Y entonces viene la pregunta terrible:

¿Se convirtió en otra persona?

¿O simplemente dejó de esforzarse por que nosotros conociéramos la versión que quería mostrarnos?

Quizá por eso la historia de Janina White me interesa menos como thriller ruso que como historia humana.

Porque los espías, si existen, tienen nombres, expedientes y servicios de inteligencia detrás.

Pero la persona que duerme junto a nosotros tiene algo mucho más poderoso:

nuestra confianza.

Y esa, una vez entregada, no viene con protocolo de seguridad.

Pasamos media vida intentando conocer a los demás y quizá lo máximo que llegamos a conocer es la versión de ellos que existe mientras nos quieren.

Después, cuando dejan de querernos, aparece otra persona.

O quizá aparece la misma.

Y eso es lo verdaderamente inquietante.



---

¿Qué información llegó realmente a manos de Janina White? Esa es precisamente una de las preguntas que el caso todavía no ha contestado.


El militar español trabajaba en MARCOM, el Mando Marítimo de la OTAN en Northwood, donde se sigue la actividad de submarinos y buques rusos y de la llamada flota en la sombra.


White sabía de manera general que su pareja trabajaba con asuntos navales, submarinos y la flota rusa. Ella afirma que tenían una regla en casa: él no hablaba de su trabajo.


El dato más delicado es que, cuando viajó a San Petersburgo, un hombre que se identificó como agente del FSB la interrogó durante unas dos horas. Le preguntó por su relación con el militar, cómo se habían conocido, si seguían juntos y por la investigación de seguridad que había afectado al oficial.


También se ha publicado que White hizo preguntas a militares de alto rango en eventos de la OTAN que algunos compañeros consideraron impropias, particularmente sobre sus destinos anteriores y sus funciones. Eso alimentó las sospechas, pero tampoco demuestra por sí solo espionaje. 


Comentarios


Historias del día

¡Gracias por suscribirte!

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter

© 2025 

Las noticias directo en tu email. Suscríbete nuestro boletín semanal.

bottom of page