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El xoloitzcuintle en el arte mexicano: un símbolo ancestral que nunca dejó de inspirar

hace 8 horas
3 min de lectura

El xolo, ese perro que lleva a México en la piel


Hay perros que nos mueven la cola cuando llegamos a casa y otros que, además, nos mueven algo más profundo: la memoria, la identidad, ese hilo invisible que nos une con quienes fuimos antes de ser nosotros. El xoloitzcuintle pertenece a estos últimos. Desnudo, elegante, de mirada antigua y con esa apariencia que a algunos les parece extraña, pero que a mí me resulta fascinante, este perro lleva siglos acompañando la historia de México. Y no, no necesita pelo para tener personalidad ni pedigrí extranjero para ser extraordinario.


Mucho antes de convertirse en figura de galerías, murales y souvenirs, el xolo ya habitaba el imaginario de nuestros antepasados. Las famosas figuras de barro conocidas como perros de Colima, encontradas en tumbas del Occidente de México, nos hablan de una relación que iba mucho más allá de tener una mascota. En ese mundo donde la vida y la muerte conversaban de otra manera, los perros formaban parte de las creencias y los rituales funerarios. Siglos después, fray Bernardino de Sahagún dejó testimonio de estos animales en el Códice Florentino. El xolo no era una moda: era parte de una manera de entender el mundo.


Después llegó José Guadalupe Posada, que lo incorporó a una de sus caricaturas políticas en el siglo XIX, vinculada con el Plan de Tuxtepec. Porque en México hasta los perros han tenido algo que decir sobre el poder, las ambiciones y las contradicciones humanas. Y mientras la historia cambiaba de traje, el xolo seguía ahí, con su piel desnuda y su aire de saber cosas que nosotros apenas estamos tratando de entender.


En el siglo XX, particularmente a partir de la década de los cincuenta, su imagen cobró una nueva fuerza como símbolo de la cultura mexicana. Artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Rufino Tamayo, Raúl Anguiano y Francisco Toledo encontraron en él algo más que un animal peculiar: una criatura capaz de tender puentes entre el pasado prehispánico y el México moderno. Quizá por eso el xolo aparece una y otra vez en nuestra pintura, como si los artistas necesitaran recordarnos que la identidad no se inventa de la noche a la mañana; se hereda, se transforma y, a veces, se sienta a nuestros pies.


Diego Rivera lo incorporó a sus murales del Palacio Nacional y de la Secretaría de Educación Pública. Las fotografías de Lola Álvarez Bravo nos permiten asomarnos a esa intimidad en la que Frida y Diego compartían su vida con estos perros. Hay algo entrañable en esas imágenes: entre pinceles, discusiones, amores turbulentos y revoluciones artísticas, también había espacio para un compañero de cuatro patas. Porque una cosa es pasar a la historia y otra muy distinta es tener quién te acompañe mientras la haces.


Tamayo exploró la figura del perro en distintas obras, algunas con semejanzas al xolo, mientras que Francisco Toledo, con su imaginación irreverente y su particular universo animal, llevó a las criaturas a territorios inesperados, donde lo cotidiano podía volverse provocación, humor y deseo. Cada creador encontró su propio xolo, demostrando que los símbolos no son piezas de museo: siguen vivos mientras alguien encuentre en ellos algo que contar.


Hoy su silueta aparece también en el diseño, la ilustración y la cultura popular. Creadores como Christian Xavier Álvarez Robles han imaginado personajes como Xitlo, inspirados en este perro ancestral. El xolo ha cruzado fronteras sin dejar de ser profundamente mexicano. Y eso tiene su mérito en un mundo donde tantas veces confundimos lo moderno con lo importado y lo valioso con lo que viene envuelto en una marca extranjera.


A mí me gusta pensar que el xoloitzcuintle nos recuerda algo que a menudo olvidamos: nuestras raíces no son un adorno para colocar en septiembre, ni una postal que sacamos cuando queremos presumir de mexicanidad. Están aquí, en las formas que reconocemos, en las historias que contamos, en el barro que sobrevivió siglos bajo la tierra y en ese perro que sigue caminando entre nosotros con la misma dignidad con la que sus antepasados acompañaron a los muertos.


Tal vez por eso el xolo nos resulta tan poderoso. No necesita disfrazarse de nada. No pretende parecerse a otro. Es lo que es: una criatura de apariencia singular, historia milenaria y una presencia que no pide permiso para ocupar su lugar.


Y mientras nosotros seguimos buscando quiénes somos entre modas, tendencias y nostalgias, el xoloitzcuintle parece tenerlo bastante claro. Hay herencias que no se llevan en el apellido ni se guardan en un museo: se llevan en la piel.



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