La Habana que me quitaron
“Una octava más alta habla el cubano
del normal diapasón de su garganta.
Pero en el Malecón sólo el mar suena.”
Oscar Hurtado
Algún día pasé mis vacaciones en La Habana. Algún día corrí por el Malecón para alcanzar la puesta del sol, como si el sol pudiera esperarme, como si hubiera algo más importante que verlo hundirse en el mar mientras la ciudad se encendía poco a poco. Algún día escuché el requinto de un tres cubano y entendí que hay músicas que no se escuchan: se te meten en el cuerpo y luego no hay manera de sacarlas. Algún día escuché cómo las olas volaban sobre una ciudad, porque en La Habana hasta el mar parece tener vocación de pájaro y las olas, cuando se enfurecen, saltan el muro para recordarnos que ninguna frontera es suficiente.

Probé el mar de un almendro, comí maní en las calles, bebí Bucanero y me quejé del calor, porque una también tiene sus límites, aunque esté enamorada de una ciudad. Vi framboyanes en flor, de ese rojo que parece inventado por alguien que no conoce la prudencia. Escuché el cañonazo de las nueve, que todavía pone a la historia en hora; admiré a Wifredo Lam, me dejé conmover por la poesía de Dulce María Loynaz y seguí los pasos del detective desatado de Leonardo Padura, tratando de descifrar los misterios de una ciudad que nunca termina de contarse. Caminé sus calles con la curiosidad de quien llega de visita y la extraña familiaridad de quien, sin saber por qué, siente que ha estado ahí antes.
Lo extraño es que no he vuelto desde la pandemia. Y, sin embargo, La Habana me visita. Se aparece en una canción, en una fotografía, en el recuerdo de una tarde frente al mar o en esa nostalgia absurda que se siente por los lugares que no nos pertenecen, pero que de alguna manera nos adoptan. Entonces me pregunto: ¿por qué me la quitaron? ¿En qué momento dejaron de ser posibles esos viajes que una daba por hechos, esas ciudades que parecían estar siempre ahí, esperándonos con sus contradicciones, sus heridas, su belleza y su terquedad de seguir vivas? No nací ni crecí en La Habana. No tengo una infancia que reclamarle ni una casa a la que volver. No dejé mis primeros amores en sus calles ni aprendí a caminar bajo sus almendros. Y, aun así, la extraño como se extraña a alguien que se quedó viviendo dentro de una.
Quizá porque hay lugares que no necesitan ser nuestros para convertirse en parte de nosotros. Quizá porque una ciudad también puede ser un amor sin promesas, una amistad inesperada, una conversación que quedó pendiente. O quizá porque La Habana tiene esa manera suya de meterse en el corazón sin pedir permiso, con su música, sus ruinas hermosas, sus hombres que conversan en las esquinas, sus mujeres que sostienen el mundo con una mezcla de dignidad y cansancio, su mar indómito y esa alegría que no siempre significa felicidad, pero que se empeña en sobrevivir.
Yo solo sé que quiero volver. Quiero correr otra vez al Malecón, escuchar el tres, sentir el salitre en la cara y ver cómo las olas se levantan por encima del muro. Quiero quejarme del calor, comprar maní, mirar los framboyanes y dejar que la ciudad me cuente lo que ha pasado mientras estuve lejos. Quiero caminarla sin itinerario, perderme en sus calles y encontrarme en sus esquinas. Quiero volver a ese lugar que no es mío y que, sin embargo, extraño.
Porque yo, que no nací ni crecí en La Habana, todavía tengo algo pendiente con ella.
Quiero flotar en la vorágine de sus aguas.
Y que el mar, por una vez, no me devuelva a ninguna parte.


















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