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Picasso: el genio, el canalla y las mujeres que acabaron dentro del cuadro

Picasso: el genio, el canalla y las mujeres que acabaron dentro del cuadro

hace 16 minutos
3 min de lectura

Hay artistas que una admira, otros que disfruta y algunos que le provocan una deliciosa incomodidad. Pablo Picasso pertenece a esa última categoría: un hombre capaz de pintar como los dioses y de comportarse, según cuentan sus biografías y las mujeres que compartieron su vida, como si el resto de la humanidad estuviera ahí para alimentar su genio. O su ego. O ambas cosas, que en su caso parecen haber sido muy buenas amigas.


Nació un 25 de octubre de 1881 en Málaga y desde muy joven dejó claro que el dibujo no tenía secretos para él. Lo extraordinario fue que, cuando ya dominaba las reglas, decidió romperlas. Desarmó los rostros, torció los cuerpos, miró los objetos desde varios ángulos al mismo tiempo y, junto con Georges Braque, revolucionó la pintura con el cubismo. Picasso no quería reproducir el mundo como lo veíamos: quería enseñarnos que también podía mirarse de otra manera. Y vaya que lo consiguió.


Pero mientras reinventaba el arte, su vida sentimental parecía una obra en permanente demolición. Mujeres jóvenes, amantes, esposas, separaciones, celos y relaciones desiguales fueron parte de una biografía tan intensa como incómoda. Fernande Olivier, Olga Khokhlova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Françoise Gilot y Jacqueline Roque no fueron simples nombres en su historia: algunas fueron compañeras, otras modelos, otras artistas, y varias terminaron atrapadas en una relación donde el talento monumental de Picasso convivía con una necesidad de dominio que dejó heridas. Dora Maar, fotógrafa y artista por derecho propio, quedó para el imaginario popular asociada a sus retratos de mujer llorando. Como si una mujer con una obra y una vida propias pudiera reducirse a las lágrimas que un hombre pintó en su rostro.


Y aquí es donde la admiración se nos enreda. Porque una puede mirar Guernica y sentir que el mundo entero está gritando; contemplar sus retratos y maravillarse ante la libertad con la que hizo pedazos la perspectiva; detenerse ante sus dibujos y entender por qué cambió la historia del arte. Pero también puede preguntarse cuántas veces ese hombre que se atrevió a romper todas las convenciones estéticas fue incapaz de cuestionar las convenciones machistas que le permitían tratar a las mujeres como musas, posesiones o combustible creativo.


Françoise Gilot, la única de sus compañeras principales que decidió marcharse de él, escribió sobre su relación en Vida con Picasso. Su testimonio ayudó a desmontar la leyenda del genio intocable. Porque durante demasiado tiempo nos contaron que había que tolerar las miserias del artista en nombre de su obra, como si la genialidad viniera acompañada de una licencia universal para hacer daño. Y no, señores: el talento no es una absolución anticipada.


¿Deja eso a Picasso fuera de la historia del arte? Por supuesto que no. Tampoco convierte su obra en menos revolucionaria. Lo que sí hace es devolverle su dimensión humana, con todo lo brillante, contradictorio y desagradable que puede caber en una persona. Quizá el verdadero problema no sea que Picasso tuviera sombras, sino que durante décadas nos enseñaron a celebrarlas como si fueran parte indispensable de su grandeza.


Hoy, en su cumpleaños, brindo por el artista que nos enseñó a mirar de nuevo, por el hombre que sigue provocando discusiones y por las mujeres que, además de posar para sus cuadros, tuvieron que encontrar la manera de reconstruirse fuera de ellos.


Porque Picasso fue un genio, sí. Pero las mujeres de su vida no nacieron para ser notas al pie de su biografía. Y si él tuvo el privilegio de convertirlas en arte, nosotras tenemos el derecho de volver a mirarlas como lo que fueron: personas completas, con talento, deseos, contradicciones y una historia que no le pertenecía a él.


Al final, Picasso descompuso los rostros para enseñarnos a mirar desde distintos ángulos. Tal vez ya va siendo hora de hacer lo mismo con el suyo.




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